Ursula K. Le Guin: Merece la pena intentarse | Letras Libres
artículo no publicado
Fotografía: Marian Wood Kolisch

Ursula K. Le Guin: Merece la pena intentarse

Ursula K. Le Guin (Berkeley, 1929-Portland, 2018) demostró con su fructífera trayectoria literaria que el ámbito de la ciencia ficción no estaba obligatoriamente destinado a escritores varones. La autora estadounidense que falleció el 22 de enero a los 88 años fue la primera mujer en ser galardonada con el título de “Gran Maestre” por la asociación de Escritores de Ciencia Ficción y Fantasía de Estados Unidos (la SFWA). Fue en 2003 y Ursula ya tenía 74 años. Más de siete décadas fueron necesarias para que su extraordinaria labor como inventora de mundos insólitos tuviera recompensa. Obras como La mano izquierda de la oscuridad (1969), Los desposeídos (1974) o El nombre del mundo es Bosque (1972) la catapultaron a una fama que ella acogía con timidez y rubor.

Los temas que Le Guin abordó en sus novelas iban desde los conflictos planetarios, los dragones, las luchas con espadas, las naves espaciales hasta los juegos de magia y hechicería. En todos ellos había, de forma subrepticia, una perspectiva de género que con el tiempo fue haciéndose más evidente. En Los desposeídos destaca un personaje excepcional, Shevek –un físico originario del planeta anarquista Antares–, que aboga por derrumbar aquellas barreras que propician el odio, la desigualdad y la postergada posición de la mujer en la estructura social. Los personajes de Le Guin –sean hombres o mujeres– intentan siempre evitar las actitudes machistas de la mayoría de los héroes que pululan en los universos fantásticos o de ciencia ficción. En este sentido, Le Guin afirmaba: “Si fundo o confundo a una persona ficticia conmigo misma, mi juicio sobre el personaje se convierte en un juicio sobre mí.” Esta reflexión pertenece a Contar es escuchar. Sobre la escritura, la lectura, la imaginación, el libro de reciente publicación en la editorial Círculo de Tiza que se ha convertido en un inesperado legado literario, en una larga conversación entre la autora y sus devotos lectores. Asuntos como la belleza, la vejez, el feminismo, la injusticia, el arte, la ecología o la política están presentes en una vasta producción que aglutina veinte novelas, doce libros de poesía y un centenar de relatos y novelas cortas traducidos a más de cuarenta idiomas.

Ursula K. Le Guin es, junto a Margaret Atwood, la gran dama de la ciencia ficción. Dos nombres de mujer que compiten con otros ilustres como Arthur C. Clarke, Isaac Asimov, Ray Bradbury o J. G. Ballard. Una de las diferencias de la obra de Le Guin con la de sus coetáneos es su componente humanístico, que rehúye del prejuicio para dar voz a perdedores o marginados de cualquier estrato social. “Ella defendía con vehemencia sus convicciones feministas, taoístas, muy cercanas al anarquismo, pero lo hacía siempre evitando lo previsible, lo evidente, lo vulgar”, comenta Eva Serrano, editora de Círculo de Tiza.

Ursula Kroeber –nombre de nacimiento de Le Guin– nació en Berkeley (California) y era hija de dos antropólogos, Alfred L. Kroeber y Theodora Kroeber Quinn. Muy pronto sintió una especial afición por la antropología, una disciplina que empleó de modo tangencial en sus obras de ficción. Esta dimensión antropológica, unida a la ética, hizo que sus relatos fueran más allá de las típicas historias de aventuras espaciales. En su libro La mano izquierda de la oscuridad se percibe una clara voluntad de trascender el género: los personajes hermafroditas poseen en potencia los dos sexos y pueden hacer el amor de forma indistinta con hombres y mujeres, según su atracción e interés. La identidad sexual, el papel de padres y madres o una idea muy precisa de lo queer se encuentran en todos sus relatos.

Le Guin estaba convencida de que experimentar con la imaginación y moldearla para alcanzar rincones inhóspitos del alma humana se parecía mucho a la vida misma. La ciencia ficción se erigía como gran metáfora de la existencia. Por eso sus relatos tenían públicos jóvenes y adultos. Su influencia llegó a autores y sagas tan valoradas como Harry Potter de J. K. Rowling. Al mismo tiempo, su literatura bebió de referentes como J. R. R. Tolkien y jamás ocultó que su serie Terramar (1968-2001) no habría sido la misma sin El señor de los anillos.

Contar es escuchar lo escribió ya siendo anciana, así que podría decirse que este libro resume su mirada, su forma de estar en el mundo”, apunta Eva Serrano. Algunos de los ensayos que componen este libro, en efecto, analizan la relación entre senectud y literatura. En el capítulo “Cuerpo viejo no escribe”, confiesa: “Escribir es una tarea ardua que no sume al cuerpo en una actividad satisfactoria y una forma de alivio, sino en la quietud y la tensión.” En la introducción a la obra, con su proverbial ironía, apuntaba que ella nació antes de que se inventaran las mujeres. Terminaba diciendo: “No estoy segura de que ya se hayan inventado las mujeres mayores, pero merece la pena intentarse.”~


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