artículo no publicado

Orígenes del teatro universitario, notas sueltas

¿Qué nos proponemos al juntar en una tarea dos palabras tan disímbolas como historia y teatro? Ante todo, hay que eludir las pesadísimas relaciones de autores, fechas, estrenos, directores y actores que tanto agobian las historias convencionales del teatro y que nada dicen. Fecha o nombre solo alcanzan sentido engastados en un contexto claro: ¿qué caso tiene que se lea algo como “Virginia Fábregas triunfó en Así pasan... de Marcelino Dávalos” si se tiene apenas una vaga y neblinosa idea de quién fue la Fábregas y ninguna de Marcelino Dávalos ni de su obra? No, los catálogos de nombres, la precisión de las fechas, el afán de mencionarlo todo no configuran una historia, sino un sórdido museo de tedio e insuficiencia.

Una historia bien orientada del teatro debe buscar ante todo lo general: las grandes líneas, la mecánica social y económica, los ideales estéticos y las convenciones de gusto que presidieron las prácticas, porque solo ellos pueden hacer inteligible el detalle de los nombres, las fechas y los participantes.

Pero no basta lo general. Es preciso además captar el latido, la singular palpitación de las vidas de escenario, el trasfondo individual, la concreción humana del esfuerzo teatral, es decir, el drama y la comedia detrás del drama y la comedia de los tablados.

Con esta doble palanca podemos operar aclarando el desarrollo del teatro universitario. Y no solo de él, porque la universidad no ha sido como un anacoreta que se flagela en el desierto ni su teatro es Robinson Crusoe construyendo con restos de un naufragio. Para ser cabalmente inteligible, el teatro universitario precisa a su vez de un contexto más amplio: el desarrollo del teatro moderno en México. Este desarrollo –que va del teatro de concha para el apuntador a las “escenificaciones-ballet” a las que estamos ya acostumbrados– ha sido una fascinante aventura, la historia de un derrumbe y una trabajosa liberación. Y, a su vez, ha sido parte –mínima, subsidiaria y lateral, pero parte al fin– de la gran revolución estética del siglo XX, una de las más extrañas, radicales y admirables que hayan visto los siglos.

Con estos presupuestos vamos a construir. Tercera llamada, se levanta el telón: estamos en 1910, don Justo Sierra declara la apertura de una nueva universidad a dos meses del estallido de la Revolución Mexicana. Comenzamos.

1. La universidad en tiempos de don Justo Sierra. Atrás, más atrás, remontar la corriente con Ulises, salmón de los regresos: ¿dónde empieza el teatro universitario? Detrás de la nuestra, está la Universidad Real y Pontificia y detrás, el fondo indígena. Siempre habrá un detrás. Afortunadamente, contamos con 1910, un parteaguas natural. Don Justo Sierra, en el discurso que señala el nacimiento de la nueva universidad, razonó: “¿Tenemos una historia? No. La universidad mexicana que nace hoy no tiene árbol genealógico; tiene raíces, sí.” Y aquí podemos detenernos y empezar nuestra historia.

La de don Justo Sierra es una universidad nueva, laica, liberal, nacionalista, organizada a partir de lo que había, que no era poco: se contaba con la ilustre y varonil preparatoria positivista, y la tradición no menos vigorosa de ingeniería, arquitectura y minería, y los abogados, tan mexicanos, dados a gobernar, sin mucha puntería, la nación, y las eminencias médicas cuyos nombres están perpetuados en la Colonia de los Doctores.

Necesitamos visualizar esa universidad. Primero, su tamaño: chiquita, unos seiscientos estudiantes dispersos entre los arcos de los viejos edificios coloniales. La ciudad, caminable, se reduce casi a lo que actualmente ocupa el primer cuadro. Imaginemos la vida de entonces: poquísima gente, marcadas diferencias de clase, señalada hasta por los atavíos: bastón, guantes, corsé, polainas, crinolinas de acaudalados; manta, huaraches, rebozos, de la muchedumbre desposeída.

Solemnidad y ritualización de maneras exteriores, rígido sentido del honor, enorme número de analfabetos. Inconcebible que alguien, sin importar edad, sexo o clase social, discurra por la calle con la cabeza descubierta. Más de cuarenta años de paz porfiriana. ~


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