artículo no publicado

Núñez Lanz: La pureza del pecado

El régimen de terror impuesto por Tomás Garrido Canabal, el Stalin tabasqueño que se propuso extirpar de un solo golpe la fe católica y la ebriedad, sigue despertando curiosidad entre los novelistas aficionados a los dilemas de conciencia. Cuando aún quedaban rescoldos de esa dictadura, Graham Greene exploró en El poder y la gloria las angustias devotas de un cura borrachín empecinado en impartir los sacramentos bajo amenazas de muerte. Su novela podría ser catalogada como un drama teológico, pues la encrucijada en que coloca al protagonista pone a prueba los cimientos de su fe, como les ocurrió a los cristianos primitivos en tiempos del Imperio romano.

Con un enfoque crítico más liberal y ajustado a la sensibilidad contemporánea, el joven mexicano Alfredo Núñez Lanz ha reconstruido la tiranía de los “camisas rojas” en El pacto de la hoguera (Era, 2017), una lúcida y amarga novela que desentraña la madeja subterránea de rencores y frustraciones oculta bajo las consignas ideológicas de la época. Sin soslayar la persecución religiosa, un elemento central de la trama, Núñez Lanz expone los efectos devastadores de la intolerancia política y moral sobre la vida íntima de sus protagonistas, dos jóvenes criados como hermanos bajo el mismo techo. Narrada por ambos en relatos cruzados, la novela cuenta, por un lado, la doble vida de un homosexual acomodaticio y débil de carácter, Amador, que simpatiza por conveniencia con la camarilla gobernante, y, por el otro, la rebelión solitaria de un disidente, José, que trafica bebidas alcohólicas prohibidas por el régimen (sin saber que el propio gobierno controla ese comercio clandestino) y rescata la imagen de una virgen chamuscada para convertirla en objeto de culto. Enamorado en secreto de su fraternal amigo, Amador no se atreve a salir del clóset ni a desafiar al régimen y su paulatino envilecimiento es una consecuencia de esa claudicación. Afiliado a los “camisas rojas”, aparenta ser un anticlerical convencido, mientras solapa las actividades clandestinas de José, con la remota esperanza de seducirlo algún día. Pero José nunca da señales de corresponderle y su precoz matrimonio con una muchacha, Dolores, provoca un resentido berrinche de Amador, que lo delata por contrabandear alcohol. Tras haber cometido esa traición, que lo aleja para siempre del buen amor, desahoga su torturada libido violando efebos en complicidad con otro camarada de la policía política.

La principal virtud literaria de Núñez Lanz es su destreza verbal. Cautiva al lector desde el primer párrafo con un estilo elegante y preciso, dosifica sabiamente los recursos del lenguaje poético sin hacerse notar y cuando el relato lo amerita maneja el diálogo con soltura. Un prosista con ese dominio de la lengua se gana de antemano la voluntad del lector. La trama, en cambio, despierta expectativas que no cumple del todo. Núñez separa demasiado pronto a sus protagonistas y elude la interesante confrontación que se hubiera producido si Amador le declara su amor a José. La malicia narrativa consiste en aprovechar todos los filones de un conflicto y en este caso creo que el autor pudo sacarles más jugo. Con una o dos vueltas de tuerca, la novela hubiera ganado mucho. La abrupta muerte de Amador en el enfrentamiento de los “camisas rojas” con los “camisas doradas” en Coyoacán corta de un tajo los nudos dramáticos en vez de desenredarlos.

Lo que salva la novela es la convincente articulación entre la vida íntima y el despotismo político y la agudeza para exponer los efectos de la presión social en la deformación del carácter. Núñez Lanz actualiza sin rubor un viejo tema romántico: la imposibilidad de amar en un mundo sojuzgado por el control policiaco de las conciencias. Como Luis Cernuda en Los placeres prohibidos, reivindica la pureza del deseo satanizado por la moral dominante, en este caso la de ambos bandos en pugna. En la atmósfera sórdida y opresiva donde transcurre la novela, lo único puro es, paradójicamente, lo que el orden social considera más sucio: el pecado nefando que José no se atreve a cometer. El tono elegíaco del narrador subraya esta idea y añade un valor agregado a una novela que a pesar de sus yerros tiene méritos para conquistar a un público amplio. ~


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