artículo no publicado

Meade: el malentendido

La campaña de José Antonio Meade Kuribreña (Ciudad de México, 1969) arrancó entre “despistes” y “malentendidos”. Luis Videgaray Caso, el poderoso secretario de Relaciones Exteriores de México (SRE) y extitular de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público (SHCP), lo presentó frente al cuerpo diplomático acreditado en México como “uno de los hombres más talentosos, más preparados, con una trayectoria impecable”. El gesto, ocurrido un par de días antes de que el Partido Revolucionario Institucional (PRI) anunciara de forma oficial a su aspirante a la presidencia de México, fue calificado como un destape: el nombramiento público de Meade como el candidato presidencial.

El mensaje de Videgaray rompió con las tradiciones que definieron al partido por décadas, procesos que sus afiliados respetan como rituales sagrados. Unas horas después, Videgaray escribió en su cuenta de Twitter que los múltiples elogios a su amigo, compañero de aulas y predecesor y sucesor en las secretarías de Hacienda y Relaciones Exteriores habían sido provocados por un malentendido: “No hay que confundir eso con otra cosa.” Pero el tuit no bastó para calmar a la indignada militancia priista ni el revuelo en la opinión pública. El propio presidente Enrique Peña Nieto afirmó que el mensaje de su canciller no era lo que parecía. “Andan bien despistados todos”, dijo.

El “malentendido” y los “despistes” que causaron las declaraciones de Videgaray se hicieron realidad cuatro días después. El 27 de noviembre de 2017, Peña Nieto anunció cambios en su gabinete en un solemne acto frente a los medios de comunicación. Cuando quiso despedir a Meade y desearle el mejor de los éxitos, se equivocó al mencionar la dependencia pública que abandonaba el que horas después se convertiría en el candidato presidencial. Dijo “cancillería”, que actualmente ocupa Videgaray, en vez de “Hacienda”, la secretaría que dejaba Meade. Quizás ese también fue un despiste.

José Antonio Meade se convirtió así en el primer candidato priista a la presidencia mexicana que nunca había militado en el partido. El objetivo, según repitieron numerosos analistas, era ofrecer un “rostro ciudadano” alejado de la profunda impopularidad del gobierno de Peña Nieto, que ha tocado los niveles más bajos desde que se miden estos índices en México. Siete de cada diez mexicanos desaprueban su gestión y el 79% considera que el presidente ha perdido el control en varias zonas del país, de acuerdo con una encuesta de Grupo Reforma difundida en diciembre de 2017.

De este modo, Meade se volvió “El Bueno”, para decirlo en la más estricta etimología priista. El bueno, el ungido, el elegido. En aquel anuncio “malinterpretado” frente a los cuerpos diplomáticos, Videgaray lo comparó con el fundador del partido, Plutarco Elías Calles, porque ambos ocuparon cuatro secretarías en dos gobiernos. Una declaración desafortunada si la estrategia era marcar distancia de la denostada administración de Peña Nieto, y que tampoco parece adecuada si el objetivo era ganar simpatía entre las bases priistas, que tienen a Plutarco Elías Calles como una de sus vacas sagradas.

No es fácil entrar al edificio que por décadas ha sido el símbolo del partido que ocupó sin interrupción la presidencia de México entre 1929 y 2000. La sede del PRI, al norte de la Ciudad de México, está entre la avenida Insurgentes –la más larga de América Latina– y la calle Luis Donaldo Colosio Murrieta, bautizada como el candidato presidencial asesinado en marzo de 1994. A unos pasos hay un centro comercial y por sus calles pasean prostitutas en uno de los corredores creados ex profeso para este oficio por el gobierno capitalino en 2010.

Al cruzar la puerta, llaman la atención los enormes retratos de los expresidentes y antiguos altos mandos del partido, las frases motivacionales pintadas en los escalones y el solemne auditorio principal nombrado –como era de esperarse– en honor a su fundador, Plutarco Elías Calles. Da la sensación que uno ha viajado en el tiempo, a los años en que el candidato priista era aclamado por multitudes y elogiado por todo tipo de sindicatos y asociaciones, en anuncios que hacían que los periódicos duplicaran –o incluso triplicaran– sus páginas. El recorrido del visitante ajeno es vigilado con celo por el guardia, que lo escolta al objetivo que indicó a su entrada.

Si hay un sitio que no se parece a esta sede es el alma máter de Meade, donde conoció a su esposa, Juana Cuevas, y a Luis Videgaray Caso; un lugar indispensable para entender su trayectoria y su destino.

El campus Río Hondo del Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM) está a dieciocho kilómetros al sur de la sede priista. Para el aventurado que quiera caminar esa distancia, el recorrido dura tres horas. La universidad donde estudió Meade está a unos pasos del acomodado barrio de San Ángel; la rodean elegantes casonas del siglo XVIII. Incluso antes de que México fuera México, cuando era la Nueva España, este sitio ya era el hogar de algunas de las familias más poderosas del virreinato. Francisca Erskine Inglis, marquesa de Calderón de la Barca y destacada cronista del México decimonónico, elogió la belleza del lugar: un “escape” para las clases altas del bullicio del centro de la ciudad.

Eso no ha cambiado desde entonces. El ITAM es un sobrio edificio de fachada discreta, y presume con orgullo haber formado a muchos de los estrategas de la política económica de los últimos treinta años. No huele a orines como algunas calles cercanas a la sede del PRI, ni se pasean las prostitutas a su alrededor y a plena luz del día. Lo que hay son árboles, guardaespaldas, aceras empedradas y una prueba material de la abismal distancia entre ricos y pobres en México.

Un taco en las calles aledañas a la sede del PRI puede costar menos de cuatro pesos y, por un poco más, se puede escuchar un concierto improvisado por algún músico callejero. En los restaurantes más famosos de San Ángel –a un mundo de distancia– la comida cuesta entre seiscientos y ochocientos pesos por persona. Un mexicano puede gastarse, sin problema, en un par de horas, el equivalente a siete salarios mínimos en una de sus mesas.

El ITAM tiene amplias zonas verdes y letreros en inglés que animan a los estudiantes a viajar al extranjero y tomar cursos de entrepreneurship (emprendimiento, en español). Mientras tanto, un poco más al oeste de San Ángel, está Tizapán, un barrio mucho menos lujoso, donde quizá sí se puede comer un taco como hacen los mexicanos que pertenecen a los 53.6 millones de pobres del país. Los separan solo unas calles, pero la clase alta, que estudia en la exclusiva universidad, y la baja, que limpia sus baños y atiende sus cocinas, rara vez se tocan.

Meade, hijo de Dionisio Meade y García de León, un connotado priista, y descendiente de Daniel Kuri Breña, uno de los fundadores del Partido Acción Nacional, entró a las aulas del ITAM en 1987 para estudiar economía. Ahí conoció a Ernesto Cordero (un amigo tan cercano que en aquellos años universitarios se escapaban de vez en cuando para ir a comer tacos a Polanco, recuerda uno de sus exalumnos). Cordero, años después, se convertiría en su predecesor en la Secretaría de Hacienda durante el gobierno de Felipe Calderón.

En ese campus también conoció a Luis Videgaray Caso y a Virgilio Andrade, el polémico exsecretario de la Función Pública, designado por Peña Nieto para investigar el posible conflicto de interés por la adquisición de casas a Grupo Higa. Andrade aseguró que no había evidencias de corrupción, pese al escándalo.

En la misma escuela, Meade conoció a quien se convertiría en su esposa, Juana Cuevas Rodríguez, estudiante de economía y en la actualidad madre de tres, voluntaria y promotora de arte popular, según su biografía en Instagram. La primera foto que compartió en esa red social fue una imagen de ella junto a su esposo, con la leyenda: “Así comienzan ahora nuestros días. ¡Rumbo a Jalisco! #LoMejorEstáPorVenir”.

Pero el porvenir, hasta ahora, no ha sido gentil con el candidato. Las encuestas indican su pronunciada caída. La de Reuters-Parametría, difundida a inicios de mayo, le da solo un 14%, a once puntos de Ricardo Anaya y a veinticinco del puntero, Andrés Manuel López Obrador. Meade, un hombre al que sus cercanos definen como tímido, defendió que la distancia podía remontarse, pese al creciente escepticismo de sus allegados y el sorprendente cambio de la dirigencia priista a dos meses de la elección, cuando el exgobernador de Guerrero, René Juárez, ocupó el cargo en sustitución de Enrique Ochoa Reza, designado en su momento por el presidente Peña Nieto.

El nombramiento de Ochoa Reza en el 2016, quien sucedió a Manlio Fabio Beltrones –sonorense al igual que Plutarco Elías Calles–, tras la breve transición de Carolina Monroy del Mazo, causó revuelo en las filas priistas. La camarilla del presidente de México –el llamado Grupo Atlacomulco, por el pueblo del que provienen la mayoría de los políticos que de forma casi endogámica se han repartido el poder en el estado que aporta la mayor cantidad de recaudación de impuestos a la federación– había tomado el poder dentro del PRI. La colaboradora de un exalcalde priista michoacano reconoce que “con Beltrones nos tenían desde la mañana operando”, mientras que Ochoa Reza –también michoacano, aunque no muy reconocido por esos rumbos– no había puesto suficiente empeño en apoyar a las “bases del partido”.

El derrumbe del candidato no militante del PRI podría explicarse por la contradicción entre aparentar una imagen “ciudadana” –como su coordinador de campaña, Aurelio Nuño, se ha cansado de explicar– y la silente indignación de los grupos más duros del priismo. Los más cercanos al ahora exsecretario de Gobernación Miguel Ángel Osorio Chong daban por sentado que la candidatura a la presidencia se resolvería con una votación de la militancia, como ocurrió en las elecciones de 2000 y 2006. No ocurrió así. Por su parte, la exgobernadora de Yucatán Ivonne Ortega fue de las pocas que se atrevieron a manifestar su postura en voz alta, y no lo hizo por medio de columnas anónimas en los periódicos. Su rebeldía se acabó en unos días, cuando refrendó su apoyo al recién ungido representante de lo que en el siglo xx algunos llamaban “El Partidazo”.

“Meade no es priista”, repitieron como su mayor cualidad quienes con seguridad promovieron su candidatura. “Meade no es priista”, afirmaban los sectores más duros, a quienes no solo no les convencía el brillante economista y doctor en Yale, sino que consideraban impensable que se tomara en cuenta a una persona que no era militante del partido.

Una fotografía muestra al primer “candidato ciudadano” del PRI a pocos días de su nombramiento oficial junto a Osorio Chong en una comida en la Ciudad de México. El apoyo a Meade por parte del ahora aspirante a senador ha sido discreto. Un estratega de Sinaloa advierte que los votantes en los estados que otrora se habían decantado por el PRI y en raras ocasiones por el pan han cambiado en esta elección; en la tierra de Calles, un periodista local afirma que hay una sorprendente cifra de simpatizantes de López Obrador.

La campaña ha estado marcada por polémicas y desencuentros. A Meade lo escolta un equipo de doce agentes de seguridad que se asegura de evitar que el candidato sea rodeado de micrófonos al termi- nar los eventos. Un cordón de seguridad no permite que los reporteros se le acerquen ni que ocurran encuentros no planeados, pero eso no ha impedido que se cuelen los abucheos. “Sabíamos que había descontento, pero no esperábamos que fuera tanto”, reconocen en la campaña. Así lo recibieron, con abucheos, en un evento en Guadalajara organizado por el empresario Jorge Vergara. En el Museo de Memoria y Tolerancia, Meade fue cuestionado por víctimas de delitos, que abundan en un país que suma más de doce años de guerra declarada contra el narcotráfico. A sus esfuerzos por explicar que las instituciones mexicanas tienen la capacidad de resolver los crímenes, uno de los activistas gritó: “¿Usted vive en un país y nosotros en otro?”

Los crecientes rumores de división dentro de la campaña han ocasionado una operación para evitar el hundimiento de la candidatura de Meade. En los llamados “trascendidos” se perciben las abundantes tensiones dentro del partido. Incluso hay quien asegura que Peña Nieto quiso nombrar como nuevo dirigente del PRI a Aurelio Nuño, pero decidió responder a “las necesidades de la militancia”.

Meade ha recibido el apoyo velado de Manlio Fabio Beltrones y el gobernador michoacano, el perredista Silvano Aureoles, presidente de la Cámara de Diputados cuando Peña Nieto aprobó su programa de reformas. En Chiapas, donde el gobernador es Manuel Velasco –hijo y nieto de connotados priistas–, el partido de López Obrador podría ganar el poder estatal. En Guerrero, el conductor de una radio independiente, José R., señaló el creciente apoyo del antes priista y ahora perredista Ángel Aguirre al bando lopezobradorista, crucial para ganar votos en un estado golpeado por la violencia y el narcotráfico.

El rechazo entre los operadores priistas se resume en que no lo consideran “uno de los suyos”. Al chico tímido que comía tacos en Polanco lo encuentran lejano a los pueblos perdidos de la sierra de Guerrero, el calor infernal del desierto del norte o la selva del sureste. Meade, en los programas y debates, se muestra didáctico y confiado en sus argumentos, pero inseguro y dubitativo en los actos masivos.

La otrora poderosa maquinaria priista, que no dudaba en presumir de su logotipo y bandera, es difícil de detectar a simple vista en los copiosos anuncios electorales. Meade repite que su currículum es intachable, como lo dijo Videgaray cuando se deshizo en cumplidos en noviembre, pero carga con el lastre del gobierno de Enrique Peña Nieto.

Los retratos de los políticos –que mantuvieron las siglas del PRI, sin ocultarlas ni necesitar otras, durante casi todo el siglo xx–, aquellos que adornan las paredes de la sede del partido, contrastan con la timidez de Meade, siempre tomado del brazo de Juana.

Ni siquiera abundan los letreros en su apoyo en el Estado de México, de donde proviene el presidente Peña Nieto. Para cerciorarse de ello basta un breve recorrido por alguna de las carreteras que unen a los municipios colindantes de la capital. La impopularidad del llamado grupo tecnócrata, al que pertenece, se explica a partir del costo que la crisis económica de 1994 tuvo en millones de mexicanos, quienes no han perdonado a muchos de sus responsables. “Yo fui secretario de Hacienda con dos presidentes y me tocó servir a dos presidentes [Calderón y Peña Nieto] que desempeñaron el trabajo con honestidad”, insiste Meade ante un grupo de periodistas en una entrevista en televisión. “Esa confianza no está ahí”, reconoce.

El candidato es cuestionado, una y otra vez, sobre por qué no atacó los sucesivos escándalos de corrupción que cercaron al actual gobierno cuando ocupó no una sino dos veces la Secretaría de Hacienda. Meade responde recitando los mecanismos para perseguir un delito, pero sus explicaciones no parecen ganarle seguidores, de acuerdo con las encuestas.

Meade, que creció en el barrio de Chimalistac, muy cerca del ITAM (y de la unam, donde cursó la carrera de derecho), parece tan distante de las multitudes que bañaban a sus antecesores en las campañas priistas como lo están los doce kilómetros que separan a Buenavista, donde se ubica la sede del PRI, del campus donde conoció a los funcionarios que lo han acompañado a lo largo de su carrera.

En cambio, la sede está a unas calles del Monumento a la Revolución, uno de los sitios que representan la naturaleza camaleónica del priismo. Sus cuatro pilares resguardan los restos de Plutarco Elías Calles, Francisco I. Madero, Pancho Villa y Lázaro Cárdenas del Río. Solía ser el lugar donde el PRI celebraba sus aniversarios con multitudinarios mítines cada 4 de marzo hasta que otro sonorense, Luis Donaldo Colosio Murrieta, dio un discurso ahí semanas antes de su asesinato.

La comparación que Luis Videgaray Caso hizo de Meade con Elías Calles parece desatinada. El tiempo responderá si tuvo la razón o fue otro despiste. Lo cierto es que la campaña de Meade se puede resumir como un malentendido. El hombre de sonrisa insegura que aparece en las televisiones bajo el logo tricolor del PRI nunca militó en sus filas. La presumida unidad no se ha reflejado en su campaña. La maquinaria priista, capaz de llegar al último rincón del país, parece ausente. Un gran malentendido. José Antonio Meade Kuribreña es economista, abogado, doctor por Yale, funcionario, está casado, es padre de tres hijos, es católico y también ha sido profesor. Pero para la militancia le falta un título en su largo currículum. No es un priista. No es el PRI. ~


Tags: