artículo no publicado

Las palabras y sus extravíos

Gabriel Zaid

Mil palabras

Ciudad de México, Debate, 2018, 392 pp.

 

¿Qué hace Gabriel Zaid cuando descansa de libros como Dinero para la cultura (2013), donde aúpa la crítica política a la reflexión cultural, o de ambiciosos libros útiles, pero inclasificables, como Cronología del progreso (2016)? ¿A qué se dedica cuando no cavila sobre la lectura, ejerce la crítica literaria o escribe, perfecciona y borra esas máquinas de un sereno callar y un riguroso decir que son sus poemas? La respuesta no es difícil: escribe Mil palabras.

El título de su nuevo libro sugiere los antojos del autor (suena a Mis palabras), sin ser indiferente a los sabrosos relatos que con cierta mágica autonomía surgen unos de otros como cajas chinas en Las mil y una noches o al difícil equilibrio entre rigor filológico, imaginación crítica y humor de Los 1,001 años de la lengua española de Antonio Alatorre. Ello, sin descartar que el padre putativo más genuino de sus avatares quizá sea Sebastián de Covarrubias, a quien el mismo Zaid define como “un aficionado a las palabras y sus extravíos”.

La prosa de Zaid avanza inquieta, curiosa, inteligente, imparable y expedita, sin despreciar el escrúpulo de la estadística, entretenidas digresiones o refinados guiños etimológicos que conducen a otras lenguas y de paso a otras geografías, para entregarnos esta aguja de marear (nombre antiguo de la brújula): un norte para orientarnos en el lenguaje de hoy, sin olvidar el telón de fondo de una larga peregrinación que conduce con naturalidad al latín o se remonta hasta el indoeuropeo.

Un libro así acepta sin dificultad múltiples lecturas: de un tirón, tiene la gracia de enriquecer a quien abre sus páginas con reseñas variopintas de palabras cuyo hilo conductor suele ser la intersección entre lengua y cultura. Ahí quedan capítulos espléndidos sobre la propensión capitalista a vincular el éxito con la ascética a través de una renuncia sistemática al mundo en pos del progreso improductivo; los avatares mexicanos y latinoamericanos de la célebre frase “Si Kafka hubiera nacido en México (Argentina, Bolivia, Chile, Cuba, etc.), sería un escritor costumbrista”, impensable en geografías donde la burocracia no ha hecho de las suyas; las tensiones alrededor de los orígenes despectivos de defeño, merced al resentimiento de quienes vieron crecer los privilegios del otrora Distrito Federal en el decenio de 1982 a 1992; la plataforma política que dio paso en México al lenguaje inclusivo (“los niños y las niñas”) contra la tendencia a la simplificación del género masculino inclusivo (“el día del niño”), tendencia que Zaid supone natural, pero que no puede ser ajena al condicionamiento histórico: cuando las mujeres tenían escasa representatividad dentro de la esfera pública, los lenguajes públicos fueron propensos a la simplificación, pero no hoy que la balanza se inclina en otro sentido; el simbolismo asociado a la derecha y a la izquierda, a partir de una mirada acuciosa a la disposición de la grifería en los baños, donde el agua fría está de un lado y la caliente del otro; los mexicanismos encubiertos como Mustang o latinismos irreconocibles bajo la pátina de su uso popular, como “a huevo” (procedente de opus est).

Quien por la mucha prisa ante los demasiados libros confunda este volumen con un diccionario (al fin y al cabo, los capítulos se presentan en orden alfabético y al final hay un índice de palabras comentadas), tampoco quedará defraudado, porque en cada ocasión encontrará una lección muy completa de los usos de muchas voces. Sus disquisiciones sobre estar y ser son amenas y redondas: se respaldan en abundante documentación y no aburren; cuando trata el concepto de cultura, pese a citar una cincuentena de autoridades distintas, quien lee progresa por el campo minado de la erudición sin apenas notarlo. Se lea de cabo a rabo o se consulte esta o aquella entrada, lo cierto es que quien empiece a ojear difícilmente podrá posponer la lectura.

Pero su cercanía con el diccionario no pasa de ser un trampantojo. Cada entrada tiene, por así decirlo, su propia personalidad. En “Hígado con higos”, la distinción entre hepático e hígado da lugar a inesperadas digresiones: la mención de Ortega y Gasset de un “hígado aderezado con higos”, la ejecución de la receta para comprobar el buen sabor de la mezcla, la búsqueda del manual de cocina de Apicio, un cocinero del si- glo I d. C., para descubrir que la receta no era de hígados con higos, sino de animales cebados con higos, hasta llegar a los gansos que son obligados a consumir enormes cantidades de grasa para producir en sus cuerpos, merced a terribles dolores hepáticos, el hígado hipertrofiado que será convertido en foie gras; el salto a higa es natural (señal obscena que se hace al sacar el dedo pulgar de la mano empuñada entre los dedos índice y medio) y conduce a una graciosa santa Teresa que le hace higas a sus visiones aconsejada por su confesor. Capítulos como “Camellos del Corán” recuerdan mucho la prosa especulativa de los mejores cuentos de Borges y la disquisición sobre baldaquino, el techo de tela que protege una imagen religiosa, ronda los linderos de la falsificación literaria (la palabra que López Velarde nunca escribió, pero que Zaid inserta con donaire en uno de sus poemas porque “la palabra baldaquino suena a López Velarde”); también está presente la crónica bibliográfica (“Hacia un diccionario de mexicanismos”) y la crítica apasionada (“Jitomate: solanácea” contra un experimento malhadado de la efímera Comisión Nacional para la Defensa del Idioma Español o “Mala suerte”, sobre la primera edición del Diccionario de mexicanismos de la Academia Mexicana de la Lengua).

¿Qué nombre dar a este género? ¿Divagaciones lingüísticas? ¿Minucias del lenguaje, como en su momento Victoriano Salado Álvarez y luego, en homenaje, José Moreno de Alba? Si no fuera por el carácter selectivo de los términos, le acomodaría simplemente el nombre de Enciclopedia por el enfoque totalizador con el que se concibe la relación entre la lengua y la cultura. Se trata, en todo caso, de una contribución más a una larga cadena de sabios que vieron en la lengua a un aliado irrenunciable de la cultura: Zaid, como san Isidoro, aprecia la digresión etimológica (que empieza en el indoeuropeo y termina donde haga falta, imparable como un tren haya o no estación ni pasajeros) y de Sebastián de Covarrubias toma el gusto por la noticia amena, donde coincide la erudición (nunca áspera) y la noticia popular; de Salado Álvarez y Moreno de Alba aprendió la cautela y precisión del dato duro. Pero son su curiosidad, rigor e inteligencia las que dotan a este libro de personalidad propia: el ingenio y la destreza para encontrar en la lengua una síntesis de la cultura y en la cultura una síntesis de la lengua. ~


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