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La experiencia Caravaggio casi ni se siente

No deben solo mirar mis cuadros, no deben solo contemplarlos, deben sentirlos” es la frase impresa en la etiqueta que hace de boleto de entrada para la exposición Caravaggio. Una obra, un legado del Museo Nacional de Arte (Munal). La cita del pintor (1571-1610) augura una experiencia más allá de lo visual y apela a olvidar momentáneamente el raciocinio. Y es que Michelangelo Merisi, mejor conocido como Caravaggio, transformó los modos de pintar y representar el mundo con sus imágenes realistas y naturalistas pero, sobre todo, develó en ellas sentimientos, emociones y teatralidades a través de su característico claroscuro.

Álvaro Enrigue escribió en Muerte súbita (2013) que “Caravaggio fue a la pintura lo que Galilei a la física: alguien que abrió los ojos y dijo lo que estaba viendo; alguien que descubrió que las formas en el espacio no son alegorías de nada más que sí mismas y eso es suficiente; alguien que entendió que el verdadero misterio de las fuerzas que controlan nuestra manera de habitar el mundo no estriba en que sean elevadas sino elementales”. Habrá que recordar que, en medio de una Europa dividida por el protestantismo a finales del siglo XVI e inicios del XVII, nuevas formas de concebir ese mundo lleno de dualidades y antagonismos ocuparon un lugar en las imágenes. Un estilo diferente se gestaba en el arte y, con él, una herramienta eclesiástica de coerción y persuasión para acercar a los fieles a situaciones menos idealizadas y más próximas a lo anecdótico o cotidiano. Esto se relacionó a su vez con la necesidad de vincular de manera realista la materialidad de la naturaleza y su caducidad, de apelar a lo sensible y emotivo y de realzar la belleza de lo

perecedero. En estas representaciones,

Caravaggio fue todo un maestro.

La exposición comienza desde los pasillos del museo que procuran disminuir la ansiedad de los espectadores formados en una larga fila para ver La buona ventura (1595) –única pieza de Merisi en la exhibición y una de sus primeras pinturas–. Una línea dorada y los rostros de los personajes de La buona ventura anticipan lo que podrá apreciarse en la sala. Durante la misma espera, un video narra el episodio representado en el cuadro, las dificultades para sacar la obra de Caravaggio de Italia –hace 42 años que no se veía una de sus pinturas en México– y su importancia en la historia del arte. La directora del museo, Sara Baz, promete que “el espectador [podrá] disfrutar de la pieza de Caravaggio prácticamente en soledad, en un diálogo de tú a tú”.

Una vez dentro de la sala, la curaduría de Alivé Piliado y Abraham Villavicencio divide la exposición en tres secciones. Las dos primeras, “De Italia a México: el legado de Caravaggio” y “Las innovaciones estéticas: naturalismo, tenebrismo, teatralidad”, pretenden mostrar la influencia del caravaggismo en el arte europeo y novohispano por medio de dieciséis piezas de la colección pictórica del Munal. Obras de Rutilio Manetti, Sebastián López de Arteaga, Luca Giordano, José de Ribera (el Españoleto), Francisco de Zurbarán, Cristóbal de Villalpando, Baltasar de Echave Rioja, Juan Cordero, entre otros autores menos conocidos, intentan confirmar el influjo de Merisi en la técnica

y la pintura al óleo, en el uso de luces y sombras, en las temáticas cotidianas y las interpretaciones accesibles de la Biblia, y en el predominio de la naturaleza y sus dualidades –lo sagrado y lo mundano, la belleza y el deterioro, la longevidad y la finitud–. Sin embargo, los largos textos de sala, los formatos expositivos tradicionales y el apremio de los custodios por hacer que los espectadores avanzáramos hicieron casi imposible comprender de manera orgánica el diálogo de estas piezas con la de Merisi.

La tercera sección está dedicada de manera exclusiva a La buona ventura. Por entonces, el joven Caravaggio todavía no consolidaba las innovaciones estéticas que se le atribuyen, es decir, las que supuestamente influyeron en los artistas de las dos primeras secciones. Es verdad que la imagen presenta un momento dinámico (con una mirada seductora y mientras le ofrece leerle su suerte, una muchacha gitana logra engañar a un joven noble), también lo es que la pintura –pese a no ser una escena histórica, mitológica o religiosa y moralizante– explota las debilidades y contradicciones humanas por medio del detalle realista de los cuerpos –como la suciedad en las uñas de la gitana– o de sus acciones –como en la representación del hurto de un anillo (tan imperceptible que yo sigo sin poder identificar).

Los textos de sala y la información enmicada nos dicen que la intención del artista es evidenciar las complejidades morales –pues él mismo era un transgresor–, y que lo emotivo y lo sensorial son lo más importante a la hora de enfrentarnos a un Caravaggio, pero esta experiencia de La buona ventura es todo menos una de “soledad y diálogo de tú a tú”. Desafortunadamente, el Munal sigue apostando a la información excesiva y extenuante que termina por hacer a un lado la invitación a sentir, y que suponía que los espectadores no deben ser eruditos para conmoverse, emocionarse, afectarse. Pero no ocurrió así. El Arte otra vez se escribe con mayúscula.

La propuesta final del recorrido, Caravaggio experience, es una instalación multisensorial: 57 obras del artista se proyectan en lo alto y ancho de los muros, suena música de Stefano Saletti y se expiden aromas que tampoco logré identificar por la cantidad de gente reunida en el espacio. Se agradece la intención de acercar al público mexicano a la pintura de Caravaggio, pero me pregunto si necesitamos del show para disfrutar el legado de la historia del arte. ~