artículo no publicado

La derecha nos rebasa por la izquierda

Los análisis sobre el conservadurismo obvian a menudo el componente social. La profunda desigualdad en diversas zonas del país explica en buena medida el rápido ascenso de las iglesias pentecostales.

Es domingo y hay casa llena. Los últimos feligreses en llegar no encuentran dónde sentarse. No se van. De pie, abarrotan la puerta de entrada. En realidad no importa, porque los que llegaron puntuales tampoco escuchan misa cómodamente sentados y en silencio, a la usanza católica. Hombres y mujeres saltan, hiperventilan, aplauden, sudan. El canto y la música hacen retumbar las paredes del templo. Un joven de pronto se desploma, se queda temblando en el piso mientras los niños toman el pasillo de la nave central. La Iglesia Evangélica Pentecostés Tzotzil es una construcción de buen tamaño, nueva –un trío de pastores solicitó su registro en los primeros días de diciembre de 2000– y exitosa pero modesta, al menos en apariencia.

Este templo de San Cristóbal de Las Casas es parte de la avanzada pentecostal que sigue ganando terreno y almas en el sur del país. En Chiapas el 58% de la población es católica. Siguen siendo mayoría, pero por muy poco, y los números ya se invirtieron en municipios como Chalchihuitán, donde apenas una quinta parte de los habitantes se aferra a un catolicismo que agoniza.

Las estadísticas pueden consultarse esta nota de Animal Político.

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 Lo mismo ocurre en Quintana Roo, Tabasco y Campeche, ambos vecinos de una Guatemala cada vez más protestante. La conversión es tan sorpresiva que el Pew Research Center dedicó una cuarta parte de sus encuestas sobre religión a la zona sur de México.

La muestra base fue de mil quinientas entrevistas, pero el centro de investigación agregó quinientas más en Chiapas, Tabasco, Campeche y Quintana Roo.

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No se suponía que esto iba a suceder. El guion histórico de la modernidad pronosticaba que la religión iría retrocediendo a paso lento pero inexorable. Aún en los dosmil los politólogos repetían sobrados de confianza: “eso dicen los indicadores”. Solo las abuelitas van a misa los domingos, la mayoría de los entrevistados reconoce que –si acaso– se asoma a su iglesia una o dos veces al año –en las bodas y los funerales–, los jóvenes admiten que se casaron por la iglesia, sí, pero a regañadientes y por el chantaje de las mujeres mayores de la familia (nadie quiere hacerle pasar un disgusto a la abuela). La cosa era tan definitiva que incluso hubo que inventar maneras de adjetivar el catolicismo: nominal, no practicante, bautizado pero no creyente. Las clases de historia y los libros de texto hacían su parte para explicar el fenómeno: la separación entre el Estado y la Iglesia católica fue un golpe fatal para la religión. Benito Juárez puso a México en el camino correcto y –salvo por la Guerra Cristera, de la que muy pocos hablaban entonces– nuestra república ha seguido por buen rumbo. México es una república representativa, democrática, laica y federal, coreábamos el artículo 40 de la Constitución con nuestras voces infantiles en la primaria. ¿Quién de nosotros, al menos en el centro y el norte del país, iba a imaginarse que la oleada pentecostal ya había cruzado la frontera del sur y que reproducía sus templos –como les gusta decir a los científicos sociales– a tasas geométricas, exponenciales?

Un puñado de académicos empezó a ponerle atención al milagro pentecostal. Una de las pioneras, Virginia Garrard-Burnett, historiadora de la religión y profesora de la Universidad de Texas en Austin, ha decidido llamarlo “la pentecostalización de América Latina”. México era, desde la Conquista y hasta la mitad del siglo XX, un bastión católico. El protestantismo era hasta hace poco una amenaza extranjera y hostil –explica–, sus incursiones, aunque loables por sus esfuerzos de alfabetización y salud, fueron un fracaso. El escasísimo número de adherentes a la religión eran en su mayoría ingleses y estadounidenses radicados en países latinoamericanos.

El boom empezó a mediados del siglo XX, cuando pastores como Billy Graham usaron los estadios y la televisión para alcanzar a cientos, millares y más. El obituario de Graham, publicado en El País en febrero pasado, asegura que sus cuatrocientos sermones fueron escuchados por 215 millones de personas.

 Garrard-Burnett considera que la versión pentecostal del protestantismo se convirtió en “la alternativa espiritual al comunismo”. Por primera vez, los templos fueron sostenidos, no por misioneros, sino por la gente local. El mismo Inegi confirma la tendencia, a la que ya deberíamos referirnos como una segunda evangelización que, por si fuera poco, ocurrió en el transcurso de una sola generación.

Hay que hacer a un lado las coordenadas de la Guerra Fría para comprender el atractivo actual de los pentecostales en América Latina. El 73% de sus creyentes dijo haber participado, al menos una vez durante los últimos doce meses, en obras caritativas para los pobres (en contraste con el 48% de los católicos); entre los motivos principales de su conversión mencionan que les gusta pertenecer a una iglesia más cercana a la gente; el 58% de ellos explica que no tuvieron que acercarse al templo, los miembros de la nueva religión los buscaron personalmente. Los pentecostales regalan comida, donan ropa, consiguen trabajos para los demás, y no beben alcohol (Religion in Latin America. Widespread change in a historically catholic region, Pew Research Center, 2014). Eso les permite destinar el dinero que solía irse en tragos a mejorar, aunque sea poco, su situación. (Garrard-Burnett menciona que el precio unitario del alcohol en Guatemala es de siete quetzales, es decir, el salario promedio de un campesino.) Sobrios, los hombres dejan de golpear a sus esposas e hijos, lo que explica por qué las mujeres son fieles convencidas

 y por qué buena parte de la población más marginada del país (las localidades rurales de los Altos de Chiapas y el cinturón de precariedad que rodea a la Ciudad de México) abandona el catolicismo para sumarse a la nueva fe. El fracaso de sucesivos gobiernos en la distribución de bienes y servicios públicos abrió el boquete por el que se coló el pentecostalismo.

La evangelización política

“Quien piense que la ultraderecha sigue siendo primitiva y corta de argumentos, se equivoca”, reprende a los laicos –y con razón– el sociólogo Bernardo Barranco. No recuerdo la última vez que escuché en las noticias que la Iglesia católica condenara a la excomunión a un personaje público. Quizá fue en la secundaria. En cambio, tengo presentes las megamarchas del Frente Nacional por la Familia (FNF) y el partido evangélico Encuentro Social (PES) en contra del matrimonio igualitario, y su retórica contra la llamada “ideología de género”. Sus ideales son contrarios a los míos, sin embargo, no es difícil reconocer como propias buena parte de sus palabras. Hablan de la ideología, no de la herejía, de género. Ideología es una palabra moderna que a liberales y marxistas les gusta echarse en cara. Por otra parte, quienes se oponen a las demandas de la comunidad LGBT+ rara vez se pierden en un anticuado sermón –lleno de ira divina y citas bíblicas– contra la sodomía. Por el contrario, dicen defender los derechos de los niños y ágilmente se desprenden y revierten contra sus adversarios la acusación más temida por los liberales: tú eres el intolerante que me censura.

Si no puedes vencer el sistema, secuéstralo. Así opera el nuevo “activismo católico conservador”, explica el abogado y sociólogo argentino Juan Marco Vaggione: se apropian del lenguaje de los derechos humanos, invierten en investigación científica, ocupan puestos académicos.

 A partir de los noventa, de acuerdo con Vaggione, los miembros de la Iglesia católica se presentaron como parte de la sociedad civil y empezaron a crear asociaciones. El feminismo mexicano hacía lo mismo en aquellos años: la tercera ola del movimiento no solo se distingue por interseccional, sino por trabajar desde la academia y las ONG.

El Programa Interdisciplinario de Estudios de la Mujer inició en 1983, el Programa Universitario de Estudios de Género de la UNAM y el Grupo de Información en Reproducción Elegida se fundaron en 1992 y tres años después, siguiendo a Vaggione, el papa Juan Pablo II estableció que los católicos debían hacer lo mismo en la encíclica Evangelium vitae.

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 Ahora que lo escribo no puedo creer que hayamos sido tan ingenuos como para pensar que el catolicismo aceptaría ser aplanado por la historia y se retiraría digna y silenciosamente. Nada de eso, la derecha religiosa nos rebasa por la izquierda.

Los pentecostales, pese a sus diferencias con el Vaticano, comparten la misma estrategia (con una salvedad, mientras que la ultraderecha católica funciona como grupo de interés, negocia con legisladores y se manifiesta en las calles como lo hacen las feministas y los activistas LGBT+, un grupo de pentecostales tiene su propio partido). Basta con revisar el perfil de los políticos PES para corroborar su disfraz laico. La diputada Nancy López Ruiz se reconoce orgullosa de haber dirigido “el esfuerzo más significativo de empoderamiento social y político de las mujeres en el estado de Chiapas”.

 Cualquier desprevenido podría tomarla por una feminista liberal y hasta de izquierda. En cambio, Edith Martínez Guzmán es licenciada en psicología y tiene estudios de posgrado en ciencias de la familia y comunicación en el matrimonio: vaya, no es una monja, sino una especialista de la moral sexual tradicional que ha impartido cursos en la Universidad Anáhuac, fue consejera de Inmujeres y dice haber ayudado a muchos jóvenes “con trastornos sexuales”. La cuenta de Twitter del partido publica con frecuencia infografías sobre su compromiso con la participación política de las mujeres, aunque el 90% de sus dirigentes estatales sean hombres, y su sitio web declara que “más que una organización política, son un semillero de valores democráticos”. El PES, vale la pena decirlo, fue primero una asociación civil.

Hay quien describiría a su presidente, Hugo Éric Flores, como un hábil operador, o bien, como el perfecto chapulín político. Inició su carrera en el pri. Durante seis meses fue oficial mayor de la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales en el gobierno de Felipe Calderón. (“¿Es usted amigo de Calderón?”, le preguntó Fernando del Collado; Hugo lo desconoció de inmediato: “No, tiene muchos años que no lo veo”). Según Bernardo Barranco ha apoyado al Bronco

“La presencia política de los evangélicos en México” en Milenio.

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 y hace unos meses decidió que el PES se aliaría con Morena para las elecciones de 2018. Incluso ha hecho alianzas con los católicos, pese a las diferencias históricas. Para Hugo Éric Flores, el eje izquierda-derecha hace agua, porque su vocación es conquistar terreno político, convertir escaños laicos en pentecostales y evangelizar a la sociedad mexicana.

Lo cierto es que no supuso un gran esfuerzo para el PES firmar el Proyecto de Nación de Morena, que ni una vez hace alusión a la interrupción legal del embarazo o a los derechos LGBT+. Después de todo, los neopentecostales están convencidos, como Andrés Manuel López Obrador, de que México requiere una renovación moral y, de cierta manera, el liderazgo popular del candidato presidencial coincide con el compromiso por los marginados del que presumen los políticos del pes –y que le ha ganado adeptos a las iglesias evangélicas–. Pero no hay que confiarse: los evangélicos han sido parte de dictaduras –como la del pastor militar Efraín Ríos Montt en Guatemala– y en 2016 impulsaron la salida de Dilma Rousseff del gobierno brasileño. El PES, y los votantes-feligreses

No todos los pentecostales apoyan al PES. Hay más diversidad dentro de la religión de lo que dictan nuestros prejuicios.

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 que simpatizan con el partido, no solo está en contra de la despenalización del aborto, el matrimonio igualitario y la adopción de menores por parejas de la comunidad LGBT+. En comparación con los católicos, son más conservadores en estos temas, y muchos de ellos rechazan la educación sexual en las escuelas –prefieren que se enseñen “los valores universales de la Biblia”–, creen que una esposa le debe obediencia al marido, reprueban el divorcio. La sexualidad de todos, no solo la gay, es su blanco prioritario.

¿Y qué gana Morena con esta coalición?

Los laicos y ateos haríamos bien en afinar el oído. El 12 de diciembre pasado, Enrique Ochoa Reza dijo que todos los mexicanos “somos guadalupanos” y, a finales de marzo, José Antonio Meade se reunió con el FNF. ¿Serán señales de que el PRI no está con los pentecostales y permanece fiel a la Iglesia católica?

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 Las experiencias del 2006 –cuando AMLO perdió por poco más de doscientos cuarenta mil votos– y del 2012 –cuando lo hizo por más de tres millones– fueron lecciones duras para el tabasqueño. Esta vez, dice, ganará por un amplio margen. Calcula que para lograrlo necesita a los pentecostales del Estado de México y el sur del país, y está decidido a conseguirlos por medio del PES –sería un contrasentido que descuidara a sus votantes de Chiapas y Tabasco–. Pero sus electores potenciales son tan variados que está obligado a hacer malabares. A mediados de abril, al salir de una reunión con la Conferencia del Episcopado Mexicano, dijo que invitará al papa Francisco al proceso de pacificación del país. Meses antes aseguró que Morena defenderá la diversidad sexual. “En este movimiento hay millones de católicos, millones de evangélicos, millones de librepensadores”, repite una y otra vez. La apuesta de AMLO es no dejar caer ninguna de las pelotas que tiene en el aire.

Entiendo el argumento de los morenistas: no dudo de que los legisladores de izquierda, las secretarías de mujeres y las de diversidad sexual del partido promuevan las políticas de género y LGBT+. Eso no quita que la estrategia electoral tenga un costo: seguirle abriendo camino al partido evangélico en las instituciones del gobierno. De ahí que Bernardo Barranco insista en denunciar que la lógica de corto plazo de las elecciones pone en riesgo al Estado laico –algo que advierte en distintos partidos–. Hoy el PES tiene apenas una decena de diputados federales. Su coalición con Morena les permite contender por ocho senadurías y 75 diputaciones de mayoría relativa.

El PES consiguió competir en cinco de trece diputaciones chiapanecas, seis de 41 mexiquenses, dos de cinco morelenses, cinco de nueve tamaulipecas, un tercio de las tabasqueñas –una de ellas, por cierto, en el distrito de Macuspana–, entre otras.

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 Es probable que no consigan todas, pero también lo es que se harán de algunas que no ganarían si compitieran solos y, con ello, que incrementen sus números en el gobierno federal. “Con diez diputados hicimos muy poco, queremos más”, dice Hugo Éric Flores. #OccupyLaDemocraciaLiberal. Es su cruzada. ~

 

 


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