Imágenes del deseo que nos levanta | Letras Libres
artículo no publicado

Imágenes del deseo que nos levanta

Sublevaciones es el nombre de la propuesta curatorial que presenta Georges Didi-Huberman, filósofo e historiador del arte, en el Museo Universitario de Arte Contemporáneo de la UNAM. Se presentó primero en el museo Jeu de Paume (entre octubre de 2016 y enero de 2017) en París, y su carácter itinerante la ha llevado a Buenos Aires, Barcelona, la Ciudad de México y próximamente visitará Quebec y São Paulo. A las piezas permanentes de la exposición se suman otras del lugar que visita, de modo que los contextos locales se integran al discurso, invitando a los espectadores a identificarse con obras que sientan propias. Así dialogan grabados, materiales gráficos, fotografías, videos, instalaciones y documentos que van desde la Revolución francesa hasta los movimientos políticos y sociales de los siglos XX y XXI en diferentes países, incluido, en esta ocasión, México.

Más que una visión histórica, las casi trescientas imágenes que componen la puesta en escena son un recorrido de tiempos contingentes, de aglutinaciones anacrónicas y heterogéneas del mundo que quedaron impregnadas en “huellas, cicatrices y cenizas” (Didi-Huberman, “La imagen arde”, 2006). Por ello, más que una historia, quizá sean el anhelo de una memoria. Se debe entender, como sugiere Eliza Mizrahi en el catálogo de la exposición, que estas “no son necesariamente racionales, lineales o lógicas, y [que] en muchos casos resisten la interpretación”. En suma: son discontinuas. Su selección no pretende delimitar una cronología o un lugar específico, sino evidenciar rasgos sensibles en torno a la sublevación.

De acuerdo con Didi-Huberman (“La emoción no dice ‘yo’. Diez fragmentos sobre la libertad estética”, 2008), mirar imágenes confirma que estamos implicados en ellas y que las necesitamos para explicarnos. ¿Qué nos levanta?, ¿qué nos mueve? Son las fuerzas, nos dice el curador, el deseo que se vuelve energía y resistencia. Levantarnos de la cama es una sublevación, una insumisión frente al abandono o el abatimiento, un pequeñísimo gesto rebelde que requiere del anhelo para suceder. A veces, cuando nos enfrentamos a una pérdida y su dolor, los gestos crecen y se vuelven acciones, el chispazo del deseo se convierte en movimiento y se desencadena una expansión de la fuerza indisciplinada que se escapa, se despliega o se destruye. Sin embargo, advierte el curador, la sublevación es el movimiento que eleva pero que no llega a ser revolución porque fracasa o se convierte en otra cosa.

Al principio, Sublevaciones se aproxima al tema por medio de sugerencias más sensoriales, menos directas: los objetos son impulsados por otras fuerzas que los conducen al levantamiento. En un video de Roman Signer (Red tape, 2005) se ve una cinta roja propulsada por una bocanada de aire que la desenrolla, la enreda de nuevo y la eleva en movimientos impredecibles pero ávidos de transgresión. Esta imagen enuncia la idea central: la sublevación como potencia transformadora, aunque en este caso el énfasis no está en el objeto, sino en la fuerza que lo levanta y lo impulsa a ejercer un acto.

Después de la introducción simbólica y sutil, el cuerpo cobra un papel fundamental y concreto como agente de emancipaciones: un brazo en movimiento, un puño que golpea, una boca que grita, un grupo de personas jalando en equipo, la furia en el gesto, el dolor en los rostros, cuerpos desnudos en huelga, la manifestación en voz y en texto –que también es cuerpo–, o la ausencia de este (su desaparición). Por supuesto, la exposición no solo revisa el cuerpo del individuo, sino también los que integran una colectividad –va de ida y vuelta, entre uno y otro–. Con ello, pretende tocar las subjetividades individuales y señalar que estas pueden contagiarse del rechazo y la ira ajenas. Didi-Huberman quiere que las imágenes sean vistas con una fluidez narrativa que involucre procesos, sin olvidarse de los contextos específicos (aunque no se detiene en ellos). Propone así que la historia es la unión de tiempos y memoria, que la sublevación nos es común a todos, incluso si proviene del lugar más íntimo.

Sin embargo, y pese a su ambición, la muestra deja fuera preguntas cruciales alrededor del tema: si la sublevación es levantarse, rebelarse contra eso que oprime, ¿qué pasa, por ejemplo, con las sublevaciones (elevaciones) que oprimen (a uno mismo o a los demás)? La complejidad de diferentes contextos y culturas hace pensar en levantamientos que atentan contra valores moralmente deseados por otros. ¿Qué decir, entonces, de los levantamientos con los que estamos en desacuerdo?, ¿hay sublevaciones más válidas que otras?, ¿por qué algunas son aceptadas y otras no?, ¿de qué depende esa aceptación?

Esto es relevante porque la exposición incorpora sublevaciones ya legitimadas e institucionalizadas. Las que conciernen a México no hablan de alzamientos o revueltas nuevas. Forman, en cambio, un corpus de imágenes que va desde los manifiestos en náhuatl de Emiliano Zapata hasta un video transmitido por YouTube en el que se aprecian operaciones de rescate en la Ciudad de México durante el sismo del pasado 19 de septiembre. El recorrido también incluye obra gráfica de Siqueiros, fotografías de los movimientos estudiantiles y el Halconazo, a las mujeres indígenas de Graciela Iturbide, los psiquiátricos de Casasola, el desmantelamiento del escudo nacional de Tercerunquinto, los papalotes de Toledo por los 43 estudiantes desaparecidos y a la comandanta Esther hablando en el Palacio Legislativo de San Lázaro.

A diferencia de estos clásicos y de la notoria ausencia de los recientes levantamientos de las mujeres en México (en forma, por ejemplo, de protestas), es novedosa la inclusión de las fotografías de nota roja de Enrique Metinides (Secuencia 7: Rescate de un suicida en la cúpula de El Toreo, 1971) como muestra de que la sublevación se puede dar en el individuo frente a su propia vida. Así, el peso de lo que oprime no necesariamente es político y público, también está en lo privado, y aun en lo poético. ~