El camino a la utopía está hecho de buenas intenciones | Letras Libres
artículo no publicado

El camino a la utopía está hecho de buenas intenciones

En una canción de 1997, David Byrne habló sobre sus sentimientos complejos hacia el país en el que habita desde los nueve años. En “Miss America”, de su disco Feelings, Estados Unidos aparece representado como un personaje femenino al que Byrne dice amar a pesar de su crueldad y sus perversiones.

Unos veinte años después, el músico, nacido en Escocia en 1952, se descubrió harto del goteo cotidiano de noticias sobre la destrucción del medio ambiente, el ensanchamiento de la desigualdad económica o la propagación de ideologías autoritarias e intolerantes. Emprendió entonces un ejercicio optimista: documentar iniciativas que marchan en sentido contrario. Reasons to Be Cheerful, el resultado de ese esfuerzo, no es una simple colección de noticias para sentirse bien. Es un sitio web que difunde iniciativas que ofrecen rutas alternas ante ese paisaje desalentador, seleccionadas conforme a ciertas exigencias: haber sido puestas en práctica con éxito y poder ser replicadas universalmente, y no solo en determinados países o ámbitos culturales. Las redes de bicicletas de uso compartido o el programa de tratamiento de adicciones del barrio de Gastown, en Vancouver, son algunas de las que ha recogido hasta ahora.

Byrne presenta Reasons to Be Cheerful como “una especie de remedio, y posiblemente de terapia”. No es su propósito explícito salvar el mundo, pero sí recordar que, contra lo que puede pensarse de solo mirar las noticias, “están sucediendo algunas cosas positivas”.

A comienzos de marzo, Byrne lanzó American Utopia, su disco más reciente, que está a medio camino entre la música y el activismo alegre. Si el título no pretende describir al Estados Unidos del presente como una utopía, tampoco quiere reflejar puro desencanto. Según un comunicado de prensa, es un álbum que “cuestiona el estado actual de la sociedad y ofrece consuelo por medio de canciones”.

Estas canciones, sin embargo, no contienen letanías aleccionadoras ni consignas sobre fondeo colectivo y creación de comunidades. “Desearía ser una cámara / Desearía ser una tarjeta postal”, canta Byrne en “Everybody’s coming to my house”, una sucesión inquietante de clichés suburbanos que filosóficamente concluye: “Solo somos turistas en esta vida / Solo turistas, pero la vista es bonita.” Este desplazarse entre el lugar de la cámara que captura un paisaje y el del paisaje mismo es representativo de una idea que atraviesa todo el disco: que el estado actual de la sociedad puede cuestionarse adoptando un punto de vista diferente.

Es así como en “Every day is a miracle” escuchamos a Byrne cantar: “El pollo imagina un cielo / Lleno de gallos y maíz abundante / Y Dios es un gallo muy viejo / Y los huevos son como Jesús, su hijo”, y a través de ese nuevo desplazamiento nos recuerda que la religión puede sonar pedestre y ridícula si se reescribe como fábula. Por otra parte, en “Dog’s mind”, dice: “Un perro no puede imaginar / Lo que es manejar un automóvil / Nosotros, a la vez, estamos limitados / Por lo que somos / Somos perros en nuestro propio paraíso / En nuestro propio parque temático”, líneas que sugieren que las preocupaciones humanas –como nuestra obsesión por construir paraísos que asemejan parques temáticos–, vistas desde fuera, parecen tan desencaminadas como las de un perro que quiere conducir.

En “Bullet”, Byrne adopta el punto de vista de la bala que atraviesa el cuerpo de un hombre: “La bala entró en él / En su estómago lleno de comida / Muchas buenas comidas degustó / Pero la bala siguió atravesándolo”. Con esta perspectiva cercana, imposible, de la tragedia de un hombre asesinado, subraya lo lejano de cualquier escenario utópico.

Si el cuestionamiento se logra mediante juegos y experimentos líricos, el consuelo se expresa a través de la música. En el disco predominan tonadas alegres, ritmos rápidos, bailables, con ocasionales tintes tropicales. Como en otros momentos de su carrera, Byrne colaboró con Brian Eno en la composición de algunos de los temas. Cuando el productor musical Mattis With escuchó las primeras versiones de esas canciones, sugirió que Byrne las tratara como un principio, no como un producto terminado.

En una entrevista reciente con el New York Times, Byrne dijo que en Estados Unidos “hay un espíritu inventivo y un sentimiento de que la gente puede reinventarse”. Tal vez con esto en mente, Byrne y With realizaron una especie de casting. Les mandaron las pistas a distintos músicos y productores, con una petición sencilla: que reimaginaran las canciones, solo conservando la estructura, el tempo y el tono. De entre estas propuestas eligieron las más interesantes. Nombres como Rodaidh McDonald y Daniel Lopatin contribuyeron así con un punto de vista musical fresco que hizo sonar diferente a lo que, sin ellos, habría sido un disco más de Byrne y Eno.

Sería fácil cerrar este texto en este punto, concluyendo que la clave de la utopía de Byrne está en la confluencia de miradas distintas que así, en conjunto, permiten entender el mundo de maneras novedosas.

Pero no. En la citada entrevista con el Times, Byrne decía: “Hay muchas cosas que me encantan de Estados Unidos. Hay muchas que desprecio por completo. A veces las dos se mezclan.” Siendo American Utopia un intento por explorar esas dos caras de la moneda con una intención crítica y renovadora, es imposible dejar de aludir a un episodio que ocurrió días antes del lanzamiento del disco. Cuando Byrne anunció la lista de colaboradores que habían participado en él, más de una persona notó que no hay mujeres entre ellos. Byrne se disculpó de manera sentida en las redes sociales, y alegó que la omisión no lo representa a él ni a su trabajo previo (cosa que, hay que decirlo, parece cierta: desde Tina Weymouth, la bajista de Talking Heads, la banda con que incursionó en la música a mediados de los setenta, hasta la guitarrista St. Vincent, con quien lanzó en 2012 el álbum conjunto Love this giant, Byrne ha colaborado regularmente con mujeres). Pero aun si es un acto involuntario, la ausencia de mujeres en American Utopia es relevante, y así lo reconoció Byrne: “Es duro darse cuenta de que, sin importar cuánto esfuerzo dediques a empujar al mundo en la dirección que crees correcta, a veces eres parte del problema.”

A mediados de marzo, Byrne anunció que había invitado a artistas locales de ciudades “generalmente subestimadas y pasadas por alto” de Estados Unidos a grabar videos con versiones de los temas que componen American Utopia con el fin de darle “a la creatividad escondida en tantos rincones un lugar para ser vista y escuchada”. ¿Puede este ejercicio de inclusión contrarrestar la notoria omisión? Probablemente no, pero constituye un paso hacia adelante. Hay, es cierto, una contradicción de términos en la idea de una utopía defectuosa e incompleta. Construir una utopía, o alcanzar al menos una leve mejoría, será un asunto difícil. Un disco que rinde testimonio de esos anhelos y de sus dificultades prácticas es, en este contexto, una razón para estar alegres. ~


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