artículo no publicado

Desconocidos íntimos

Dos personas que se conocen con un trago en la mano y entablan una amistad en la que nunca falta el alcohol, difícilmente pueden congeniar en otras circunstancias. Las amistades etílicas por lo general se enfrían o mueren del todo cuando uno de los amigos deja de beber y el otro sigue tomando, no solo porque el bebedor se vuelve una peligrosa tentación para el abstemio (todas las terapias antialcohólicas recomiendan evitar a ese tipo de amigotes) sino porque al perder su vínculo espirituoso, ambos experimentan la sensación de haber intimado con un extraño. La embriaguez no soporta el examen crítico de la sobriedad, en especial cuando el sobrio es un desertor de la euforia inducida. En una cantina o en una fiesta, un abstemio desempeña, sin quererlo, un papel análogo al de un prefecto en el patio escolar. Por más que trate de integrarse al jolgorio, lo excluye su pertenencia a una tribu potencialmente hostil. Sus cuatazos del alma se han vuelto irreconocibles y como un duchazo de agua helada sobreviene la aclaración de un malentendido: ni él tiene la personalidad que le atribuían ni ellos se han mostrado nunca tal como son.

Un borracho cínico me rebatiría que para no desvanecer ese espejismo, nadie debería estar sobrio jamás. Si el vino rompe las ataduras del alma y nos predispone a una convivencia alegre, ¿qué importa el carácter ilusorio de esa concordia? Los apologistas de la ebriedad creen que dos extraños solo dejan de serlo cuando se ponen juntos una papalina, pues sin esa prueba de confianza, las relaciones humanas nunca pasarían del trato superficial. Según su lógica, la amistad nacida al calor de las copas sería la más profunda y sincera que existe, pues un borracho no puede ocultarle nada a los demás. Abandonar el vicio, en cambio, equivale a romper con la hermandad de los hombres sin tapujos, de los nobles bohemios que hablan con el corazón en la mano, para refugiarse en un mutismo cauteloso y mezquino.

Los creyentes en la franqueza insobornable de la embriaguez y en su infalible auxilio para abrir los corazones ignoran dos factores que obstaculizan o envilecen las amistades embotelladas: la tendencia del alcohólico a instrumentalizar a los amigos para no quedarse bebiendo solo y la imposibilidad de conocer a los demás cuando el embotamiento mental se interpone entre los bebedores como una cortina de humo. Para mucha gente débil en busca de aceptación social, el alcohol es una prótesis del carácter y, por lo tanto, las emociones distorsionadas bajo su influjo no son dignas de crédito. Charles Lamb pertenecía a esa subespecie de bebedores. Se embriagó durante más de una década con un grupo de amigos a los que nunca llegó a conocer, y en su ensayo “Confesiones de un borracho” declaró con melancolía: “El tiempo tiene un excelente tino para disolver las relaciones humanas cuando no poseen más vínculo que ese líquido cemento.”

Si la mayoría de los dipsómanos solo hacen amigos cuando empinan el codo, ¿de verdad llegan a intimar con ellos? ¿No los necesitarán más bien para hacer chorcha en torno de una botella, cuando en realidad les importa un comino lo que sientan o piensen? El mutuo desconocimiento entre viejos compañeros de farra refleja que su comunicación es muy defectuosa, quizá por un exceso de verborrea. El alcohol podrá soltarles la lengua, pero no romper su atrincheramiento psicológico. Las francachelas serían una formidable terapia si tuvieran el efecto purificador del psicodrama (en mi juventud yo buscaba ese tipo de catarsis y algunas veces la encontré), pero hay motivos para creer que la mayoría de los beodos se utilizan mutuamente como meros comparsas en la expansión de sus egos.

Por supuesto, algunos amigos se entienden de maravilla tanto en la sobriedad como en la embriaguez y esta reflexión no vale para ellos. Tampoco pretendo negar que la vida sería muy árida sin la magia blanca y la magia negra de la bebida. Pero como la omnipresencia del alcohol en la vida social adultera las amistades con una tara genética, no desnuda el alma propia ni ayuda a escrutar la ajena. Pese a la fraternidad exaltada de los borrachos, la mayoría de sus francachelas son reuniones entre desconocidos íntimos que necesitan compañía para esconderse mejor. ~


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