Críticos y pirómanos | Letras Libres
artículo no publicado

Críticos y pirómanos

Juan Villoro

La utilidad del deseo

Barcelona, Anagrama, 2017, 388 pp.

 

Hay escritores –quiero decir poetas, narradores, dramaturgos, etcétera– que son también notables críticos. Desde luego, no siempre es el caso, pues igualmente hay escritores que en ningún momento sienten la necesidad de dar testimonio de sus autores y obras favoritos. En ocasiones, la crítica literaria del escritor-crítico está supeditada a sus designios creativos y sirve, sobre todo, para entender su propia obra, no tanto la ajena (suele suceder con los muy grandes: cuando Tolstói escribe sobre Shakespeare, por ejemplo, en realidad escribe sobre Tolstói). A veces, sin embargo, el creador lleva dentro de sí un verdadero crítico, alguien que, al mismo tiempo que realiza una lectura comprometida y personal de una obra, no subordina esta a un fin individual y busca, ante todo, su mejor comprensión sin otro propósito que el de ofrecer su interpretación a otros lectores. Es la mejor clase de crítica: la que nace de la admiración y el entusiasmo e intenta compartirlos. Es, en todo caso, la que ha elegido practicar Juan Villoro en La utilidad del deseo, como antes en De eso se trata y Efectos personales.

Villoro escribe una de las mejores críticas literarias en español y podría haberse dedicado enteramente a ella, pero, claro, quién quiere ser comentarista cuando se puede ser futbolista, por recurrir a una de sus pasiones como metáfora; menos aún cuando se puede ser futbolista y comentarista. En las primeras décadas de este siglo, y tras las desapariciones de Paz, Monsiváis y Fuentes, Villoro fue emergiendo como una de las figuras de referencia de la literatura mexicana. Carismático y con gran facilidad de palabra, en algún momento parecía imposible voltear a cualquier lado y no verlo: Villoro en la televisión, comentando el Mundial o explicando las pirámides de Teotihuacán; publicando incansablemente artículos en los periódicos; acompañando a los zapatistas; presentando un nuevo libro de crónicas o cuentos; apadrinando a jóvenes narradores; ingresando a El Colegio Nacional; estrenando obras de teatro; presentándose en el Vive Latino; tuiteando aforismos; redactando la Constitución de la Ciudad de México, etc. Sobra decir que esta casi omnipresencia implica beneficios y también algunos peligros. Uno de ellos es que el personaje opaque al escritor y la obra. Su proverbial ingenio provoca, en ocasiones, un fenómeno similar al que él mismo observa en Monsiváis en uno de los ensayos recogidos en este libro: “en su condición de humorista, corrió el albur de ser visto como un ‘hombre de ocurrencias y no de ideas’, según señaló Octavio Paz en la célebre polémica que sostuvieron en 1977. En ocasiones, el humor despierta a la reflexión; en otras, la inhibe”. Así como el público de Monsiváis a veces ya solo esperaba el chiste y estaba predispuesto a reírse de lo que fuera, así el público de Villoro a veces parece ya solo aguardar el comentario ingenioso y la frase brillante.

En La utilidad del deseo están algunas de las mejores páginas que ha escrito, no solo de crítica, y yo pondría este libro junto a los otros suyos que prefiero: El testigo y Llamadas de Ámsterdam, dos obras maestras de la novela en los extremos del género, y el libro de cuentos La casa pierde. El ensayo de crítica literaria es un género arduo que es necesario dominar con maestría para hacerlo atractivo al lector. Arranca, de entrada, con un hándicap: ¿por qué alguien habría de ponerse a leer un texto que trata de otro texto cuando podría perfectamente ponerse a leer una novela, un cuento o un poema? ¿No sería, de hecho, mucho más razonable? Creo, sin embargo, que habría por lo menos dos razones para justificar la lectura de un texto crítico: que nos descubra una obra que ignorábamos o nos haga comprender mejor una que ya conocíamos, y que esté tan bien escrito como el texto de creación, que sea él mismo literatura. Ambas condiciones se cumplen aquí. Uno quiere correr a releer a los rusos después de “Las palabras de los héroes. Apuntes sobre literatura rusa” o los textos sobre Gógol y Dostoyevski; ve bajo una nueva luz a López Velarde y Joyce tras la lectura de “‘Históricas pequeñeces’. Vertientes narrativas en Ramón López Velarde”, con su magnífico final, digno del mejor relato. En definitiva, solo la forma puede transformar la crítica literaria en literatura. Villoro sabe ir al fondo de un texto, analizarlo e iluminarlo sin recurrir a abstrusas teorías ni utilizar una jerga críptica y pseudocientífica, como tanto gusta a cierta crítica, especialmente académica, cuya inanidad se disfraza de oscuridad y falsa sofisticación. Mucho podrían aprender los críticos de la lección de profundidad y claridad que encierra este libro.

Por esta misma excelencia, llama la atención que su autor asuma a veces posiciones de un cierto populismo cultural-literario, de un igualitarismo políticamente correcto (no vaya alguien a pensar, dios me libre, que somos unos elitistas), como cuando declaró hace poco en el sitio web de Letras Libres a propósito de la idea de canon: “la idea del canon es una idea imperial de Bloom y toda noción de canon es autoritaria. Los lectores debemos apelar a hacer lecturas más horizontales y menos verticales; me parece que uno de los grandes déficits de la crítica es que se funda en exceso en la noción de jerarquía”. Por supuesto que toda noción de canon, como de clásico y tradición, tiene algo de autoritaria (no porque se base exclusivamente en un principio de autoridad y quiera imponerse a la fuerza, sino porque exige, de entrada, un cierto reconocimiento cuya justificación debe verificarse luego en la lectura). No hay auctor sin auctoritas, y esta es siempre vertical. No hay crítica literaria sin noción de jerarquía y, de hecho, si la crítica actual presenta un déficit es justamente el ocasionado por la erosión de dicha idea (no hay que discriminar a nadie; todos los escritores y las obras son dignos de la misma atención, especialmente aquellos a los que nunca se les ha prestado atención, etcétera). No hay, sin embargo, de qué preocuparse porque, en los hechos, la crítica que ejerce Villoro obedece a las ideas de canon, autoridad y jerarquía, y es sobresaliente en buena parte por eso.

En el prólogo, recordando el origen boscoso de los libros y los separadores de madera, Villoro reflexiona: “escribo de otros con una ilusión parecida, pensando que deben ser leídos y, algo aún más desmesurado, que acaso lo serán por lo que aquí se dice. Lo que sale del bosque, regresa al bosque. Leer libros: una forma de que arda la madera”. Así es: la literatura prende el fuego y provoca el incendio; es la honrosa misión de la crítica propagarlo. ~