artículo no publicado

Acapulco en el sueño de Francisco Tario

El “vértice de todas las fuerzas caóticas de la Naturaleza”, dijo Tario de Acapulco. Sin embargo, fueron las fuerzas de la ambición las que lo obligaron al exilio.

Es un lunes de diciembre por la mañana en Acapulco y el puerto está en calma. Para los de acá, la temporada alta no comenzó en esta penúltima semana de 2017: inicia hasta el 25 de diciembre, cuando empiezan a llegar quienes acostumbran celebrar el año nuevo cerca del mar. Es un turismo, ahora, sobre todo nacional, porque la violencia del puerto ha ido alejando a Acapulco de ese paisaje multicultural que lo caracterizaba. Y esta experiencia extrema de llegar a una ciudad con los más altos índices de asesinatos en la república parecen solo valorarla los mexicanos.

Visiblemente, la Marina y el Ejército custodian la zona hotelera, es cierto, pero los lugareños ya saben que cuando un hecho criminal se prepara la vigilancia desaparece por minutos y reaparece cuando todo terminó. Regresan con las ambulancias, a recoger al muertito o a los muertitos, y a fingir que tienen el control de la plaza.

El domingo, para no ir muy lejos, según el diario El Sur hubo ocho ejecutados... Para tranquilidad de los visitantes permanece el mito de que en Acapulco al turista no se le ataca. Que así sea.

En las rejas solares de la Costera Miguel Alemán hay una exposición fotográfica dedicada al escritor fantástico Francisco Tario a cuarenta años de su fallecimiento (ocurrido en Madrid el 30 de diciembre de 1977), que remite a esos primeros destellos de un Acapulco soñado, el de los años cuarenta y cincuenta del siglo XX. Se ve a Tario en traje de baño (calvo, musculoso), como un Adonis en la arena; esquía con su mujer, Carmen Farell, en la bahía; posa en la isla de La Roqueta con sus hijos, Sergio y Julio; está en la playa con amigos toreros como Luis Miguel Dominguín o Manolete, en celebraciones nocturnas diversas, o en grandes cenas con los empresarios Melchor Perusquía o Gabino Álvarez, y sus esposas... La muestra abre con un collage surrealista que construyeron juntos el escritor y Lola Álvarez Bravo, fotógrafa del libro Acapulco en el sueño (1951): un hombre (el propio Tario) elegante- mente vestido, con traje gris, sombrero y un velís, tomado al mástil en un buque que naufraga entre olas tempestuosas.

Pasa por la costera un moderno Acabús que ofrece llevar al pasajero al Cine Río. Lo tomo, dado que esta fue una de las razones por las que Tario llegó al puerto: montar un par de salas cinematográficas, el Cine Río, al que me dirijo, y otra en el zócalo, el Rojo (o Salón Rojo), y aun echó a andar una tercera, el Bahía (al aire libre). Luego huyó. Lo obligaron a huir. A vender y huir. De Acapulco y del país. Por eso terminó sus días y sus noches en España.

Voy, pues, no ya en un autobús ruidoso (curiosidad acapulqueña que por el juego de luces, vidrios polarizados y música son como discotecas ambulantes, diversión en alta velocidad para algunos turistas) sino en el reluciente Acabús hacia el Cine Río, en busca del fantasma.

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En efecto, como Joyce en Dublín, Francisco Tario trajo el cine a Acapulco. Un tríptico publicitario de la época ilustra las bondades de una de sus salas. El moderno y flamante Cine Río “con su amplísimo local y grandes comodidades para el público viene a ser el más legítimo orgullo de Acapulco, ya que gracias a él, el puerto se coloca a la altura de las grandes capitales en materia de espectáculos”.

Hay en el folleto vistas del interior, con sus respectivos pies de foto: el vestíbulo “tiene un precioso decorado combinando las líneas simples de lo moderno con el toque tropical proporcionado por las plantas”; la fuente de refrescos, administrada por el empresario Guillermo Álvarez, “para comodidad del público es un lugar agradable, fresco y acogedor”; en el foro, “la pantalla se oculta tras los lujosos cortinajes de amplios pliegues”; en este nuevo centro social, con capacidad para tres mil espectadores, “pasan exclusivamente las mejores producciones nacionales y extranjeras para satisfacer al conocedor público de Acapulco”. Se presumen también los “modernísimos aparatos Simplex de proyección nítida e inmejorable sonido rca Victor”. Y se precisa que el Cine Río fue proyectado y construido por Carlos Crombé, especialista en salas cinematográficas, arquitecto en la Ciudad de México del Cosmos, el Colonial, el Odeón, el Alameda y el Olimpia, entre otros.

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Julio Francisco Peláez Farell, quien firma sus cuadros como Julio Farell, es hijo de Francisco Peláez Vega, cuyo nombre de pluma fue Francisco Tario. Por la inaugu- ración de la exposición fotográfica dedicada a su padre (seleccionada de su álbum familiar), este diciembre de 2017 estuvo unos días en Acapulco. Para él, regresar al puerto es siempre una vuelta a la infancia. Es un hombre mayor y en los últimos años ha tenido problemas de salud. Cuando se mete al mar, es otra vez niño. Los males desaparecen. Y nada como un delfín.

Recuerda que en diciembre, las vacaciones escolares largas por entonces, hacían el viaje de la Ciudad de México a Acapulco; y lo inmediato al llegar a la casa, que estaba entre el frontón y la plaza de toros (cerca de las playas Caleta y Caletilla), era despojarse de la ropa de calle y quedarse en traje de baño. Luego, correr al mar. Solían ir temprano a la isla de La Roqueta, en su momento casi una playa privada, adonde los llevaba un lanchero llamado Felipe; hacia las tres de la tarde regresaban para alistarse, él y su hermano mayor, Sergio, para ir al cine. El padre les aconsejaba tomar antes una siesta, para no dormirse en las butacas. Tenían el juego de que su papá programaba películas que pudieran ver: y si era de vaqueros, se vestían de vaqueros; si era de gánsters, así se disfrazaban ellos y sus amigos.

A la entrada del Cine Río había una fuente. Cerca de ella estaba la máquina para hacer palomitas, quizá la primera que llegó a México; Tario decidió que los ingresos de esas ventas fueran a una cuenta bancaria a nombre de sus hijos.

Para Julio, los días en Acapulco fueron entrañables: “La casa en la que vivíamos no era grande pero el jardín era enorme. Tenía papayas, mangos, limones, guanábanas, cocos... Había cuatro palmeras que estaban plantadas como en rectángulo; mi hermano y yo poníamos cuerdas y hacíamos funciones de lucha libre para los niños de los alrededores, cobrándoles la entrada. Yo era el Santo y mi hermano, el Cavernario Galindo.”

Hay una filmación, disponible en YouTube, en donde la familia pasea por La Roqueta. “Yo recordaba a mi mamá de fotos y verla así, en movimiento, me impactó, pues era como si la tuviera yo enfrente, arreglándose el cabello como acostumbraba hacerlo.”

Era un Acapulco familiar, donde todos se conocían. “Era un pueblito. Había actores con casa aquí. A Johnny Weissmüller, el primer Tarzán, lo encontrábamos en la plaza de toros. Hay una foto de mi mamá en el Fuerte de San Diego con Lex Barker, Lana Turner y Robert Mitchum. Era una constante diversión. La costera creo que llegaba adonde estaba el Club de Pesca. No era la ciudad que es ahora. Tuve aquí una infancia privilegiada.”

–¿Por qué se fueron de Acapulco?

–Yo pienso, no está comprobado, que fue la mafia cinematográfica la que presionó a mi padre para que vendiera los cines. De un día para otro vendió además la casa de Acapulco; y en la Ciudad de México, en Etla 24, se deshizo de su piano Steinway con teclas de marfil, muy querido por él. De pronto nos dijo que arregláramos nuestros asuntos porque nos íbamos a vivir a España. Yo creo que hasta lo amenazaron. Lo recuerdo enojado hablando por teléfono con alguien. Se ve que le quisieron comprar y dijo no. Y lo empezaron a boicotear. Fue como una retirada forzosa.

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Según Julio Farell, la casa de Acapulco fue vendida de modo intempestivo a mediados de los años cincuenta, junto con los cines. No obstante, en 1960 el pintor Antonio Peláez (hermano de Tario) escribió esta carta desde el puerto a los exiliados: “Desde anteayer estoy en Acapulco, en vuestra casa, de verdadero descanso por primera vez. Son como las diez de la noche y es raro, muy raro, verse aquí sentado en esta mesa de vidrio, rodeado de lo que estoy rodeado, mientras vosotros os halláis tan lejos. Llueve torrencialmente y no salí en todo el día; lo pasé leyendo, dibujando un poco y cocinando tortilla de patata y carne asada. Bueno, a lo que andaba: pues ahí está el catre azul, la silla verde, la rosa, la amarilla, las cuijas, la planta en el macetón, el quinqué y la vela, mis viejos cuadros, el indio y la india de madera; sí, es bien peculiar... y viene una musiquita de no sé dónde, entrecortada, que trae bellos y viejos recuerdos. No estoy deprimido, pero sí un poco triste. También yo busco ya menos explicaciones a la vida y a las cosas; son así, ni bonitas ni feas... y ya. Claro, de golpe uno se sobresalta al descubrir estas palmeras gigantes del jardín que era hasta hace días el fondo para amables fotos familiares.”

La casa les seguía perteneciendo, pero ya no podían volver a ella. ¿Por qué? ¿Qué fue lo que ocurrió?

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De forma indirecta un libro de Andrew Paxman, En busca del señor Jenkins (2016), proporciona algunas claves para entender lo sucedido. Dice Paxman que el empresario textilero, azucarero y cinematográfico William Oscar Jenkins llegó por mera casualidad a Acapulco en 1946. Por una neumonía, el médico le aconsejó viajar a la costa. Pidió Jenkins a su chofer que lo llevara a Veracruz, el puerto más cercano a Puebla, donde residía. Pero había un norte, por lo que el plan varió y terminaron aventurándose hacia Acapulco. Primero se quedó en casa de un amigo (en una ladera cercana a Caleta y Caletilla) y que acabó comprando. Luego puso el ojo en un emplazamiento de artillería en desuso, en la cima de un puente, y convenció a las autoridades de venderle ese terreno. Su amistad con Miguel Alemán le habrá facilitado ese proceso. Construyó ahí una residencia de tres niveles, con balcones alrededor y ocho habitaciones en el piso más alto, donde se podían alojar hasta treinta huéspedes. Para acortar la distancia entre Puebla y Acapulco, junto con el empresario Rómulo O’Farrill, compró un avión. Y se hizo además de una embarcación para pescar a la que llamó Rosa María, como una de sus nietas. Conforme crecía su afición por la pesca, fue sustituyendo cada yate por otro más grande: el Rosa María ii, iii y iv.

Esto no lo cuenta Paxman, pero es muy posible que así haya sido: en algún momento, Jenkins supo que había unos cines en Acapulco que no le pertenecían. Quizá no lo hizo él mismo, sino por medio de su administrador local, José Aguirre, quien dirigía la Compañía de Inversiones de Acapulco. Debe haber intentado comprar esas salas y recibió la negativa del dueño, un tal Francisco Peláez Vega, que era muy feliz en Acapulco. Después, Jenkins seguro pidió a sus socios en el negocio de la distribución, Manuel Espinosa Yglesias o Gabriel Alarcón, que bajaran la calidad de las cintas enviadas al Rojo, el Río y el Bahía. El último recurso fue la amenaza física. Ya lo habían hecho antes, incluso en Puebla; se habla además de asesinatos. Siempre se salían con la suya.

Este desencuentro entre Jenkins y Tario provocó que el segundo cediera la plaza y se fuera incluso del país, para vivir y morir en Madrid.

La neumonía de Jenkins, que lo trajo a Acapulco, fue la triste casualidad por la que Francisco Tario tuvo que exiliarse.

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Llego al fin, en el Acabús, al Cine Río. Así se llama la estación que tiene como logotipo el perfil de un proyector cinematográfico. Hay gran movimiento. Muchas tiendas de telas y ropa, un mercado...

–Perdone, ¿dónde está el Cine Río?

–Está usted en Cine Río.

Queda el nombre que bautiza toda la zona, mas no la construcción que así se llamaba. Está la idea o el espíritu de lo que fue una gran sala cinematográfica. Y queda al fin el registro del paso de un buscador de fantasmas por este puerto que hoy, en el conteo cotidiano de los asesinatos, se llena de ellos. ~


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