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La pesadilla priista empresarial ataca de nuevo

En días recientes, Javier Lozano aseguró que existen presiones empresariales para que Meade decline en favor de Anaya; López Obrador apoyó esa versión. Pero la historia de desencuentros entre el priismo y los empresarios no es nueva.
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En "Mexican business and the state: The political economy of a “muddled” transition" Blanca Heredia analiza el conflicto que a fines de los años setenta y principios de los ochenta enfrentó a los empresarios locales mexicanos con el Estado e identifica tres principales etapas: conflicto enconado (1972-1976); reconciliación y estrecha cooperación (1977- 1981) y nueva confrontación en 1982. 

En el discurso nacionalista y populista de la administración de Echeverría, señala Heredia, las élites empresariales percibieron una amenaza directa hacia el sector privado, que solo se vio enconada con el secuestro y asesinato de Eugenio Garza Sada el 17 de septiembre de 1973. Fue durante este periodo cuando los empresarios impulsaron la creación de institutos de investigación y universidades que les sirvieran como semilllero ideológico y medios de difusión y fue también durante los años del gobierno de Echeverría cuando los empresarios (medianos y/o locales) empezaron a apoyar abierta y decididamente al PAN.  

En Porfirio Muñoz Ledo: Historia oral 1933-1988, el político recuerda que, siendo subsecretario en la Oficina de la Presidencia de la República –responsable del discurso ideológico, de los informes de gobierno y de las reformas administrativas– en 1972, Echeverría le pidió que fuera a Chihuahua a un encuentro con un grupo grande de empresarios que habían convocado a varios intelectuales mexicanos para discutir sobre los problemas del país. Muñoz Ledo cuenta que llegó a la hacienda y que ahí estaban por lo menos cien empresarios: Eugenio Garza Lagüera, Marcelo Garza Sada, Rogelio Garza Sada, Eloy Vallina, Aníbal Iturbide, Rómulo O’Farril y Manuel Espinosa Yglesias, entre otros. Empezó a explicar cuál era la situación en el gobierno, hacia dónde se dirigía (reactivación económica, apertura de mercados internacionales, descongestionamientos políticos, apertura democrática, etcétera) y de pronto, un empresario se puso de pie y le dijo: “Pues estamos en contra por tal y tal y tal”. Muñoz Ledo les hizo saber su sorpresa: “Oye, ¿pues qué está pasando aquí, mano?, no es el lenguaje, así no nos llevamos”. La anécdota, contada en una serie de entrevistas llevadas a cabo entre el 17 y de 20 de diciembre de 1987, termina con un Muñoz Ledo muy seguro del conciliábulo entre la “infame derecha mexicana” y los empresarios.   

Traigo a cuento esta breve historia de desencuentros entre el PRI y los empresarios porque el viejo PRI, reencarnado ahora en Javier Lozano, expanista y vocero de José Antonio Meade Kuribreña, ha decidido desempolvar esas rencillas, asegurando que existe una fuerte presión de una corriente empresarial para que su candidato y Margarita Zavala declinen en favor de Ricardo Anaya, pues no quieren que Andrés Manuel López Obrador gane la elección del próximo 1 de julio. Y esa joya de rencor memorioso es tan irreprimible que ese priista que algunos llevan dentro no se resiste a revivir, una y otra vez, “el conciliábulo entre la infame derecha mexicana y los empresarios”.  Old habits (priistas) die hard.