artículo no publicado

El Scrabble, los territorios y el idioma del amor

¿Existe algo llamado “el idioma del amor”? Si existe, debe ser algo que se construye desde cero en cada nueva historia, como una partida de Scrabble jugada con todas las fichas a la vista.

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Hay ciertos talentos o aptitudes que confunden. La policía inglesa acudió en varias ocasiones a Arthur Conan Doyle, con la idea de que si Sherlock Holmes era tan sagaz al investigar crímenes su autor podría serlo también. No lo era. Mucha gente elige como presidente de su país a empresarios exitosos, convencida de que si han sabido gestionar tan bien sus emprendimientos privados harán lo mismo con los públicos. Suele ser todo lo contrario. En general se cree que quienes nos dedicamos a escribir deberíamos ser invencibles en el Scrabble. No siempre es así.

El Scrabble fue uno de los dos juegos a los que, en los últimos años de su vida, Rodolfo Walsh jugó mucho con quien era su compañera, Lilia Ferreyra. El otro juego era el go. La propia Ferreyra lo recordó en un artículo de 2008, cuando se cumplían 31 años del asesinato de Walsh:

“Al cabo de un tiempo [Rodolfo] notó que casi siempre llegábamos al mismo resultado: en promedio, él ganaba las partidas de go y yo, las de Scrabble. Ahí había una contradicción que lo intrigaba. Se suponía que si él era el que ‘dominaba las palabras’ no debía perder al Scrabble; y que si yo era la que ‘dominaba el territorio’ (me orientaba mejor que él cuando andábamos por las calles) no debería perder al go, cuya base espacial son los territorios”.

Walsh, quien entre sus múltiples oficios terrestres había ejercido el de traductor inglés-español, creyó entonces dar con el motivo de sus derrotas en el juego de las palabras: el valor de las letras correspondía a su frecuencia en el idioma inglés y no en castellano. Creyó necesario, entonces, traducir el Scrabble. “Obsesivo —apuntó Ferreyra—, hizo tablas y cálculos, y con paciencia infinita borró con una hojita de afeitar el valor de cada ficha y pintó el nuevo”. El final de la historia es curioso. “Reiniciamos las partidas con el Scrabble argentino y en promedio siguió perdiendo. Quedó la perplejidad”.

 

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“Él me mostró sus fichas, así que yo le mostré las mías”. Esa es la traducción literal del título de un artículo (“He Showed Me His Tiles, So I Showed Him Mine”) publicado hace poco en The New York Times. La versión en español, publicada por el mismo periódico, llevó sin embargo un título mucho más simple: “El Scrabble del amor”. Su autora, Christie Tate, recurrió al Scrabble para graficar el modo en que la terapia la ayudó a superar los problemas recurrentes de su vida sentimental.

Cuenta Tate que la capacidad analítica de su terapeuta la convenció de que debía ser un buen jugador de Scrabble, y por ello le pidió que le enseñara a jugar. Durante la primera “clase”, el psicólogo le propuso que “jugaran abierto” y dejó caer sus fichas a la vista de ella. “Así podemos explorar distintas opciones juntos”, dijo. Ella hizo lo mismo. A eso alude, por supuesto, el título original en inglés. De algún modo, repitieron en el Scrabble lo que ella había estado haciendo (exhibir sus fichas y explorar opciones juntos) durante los años que llevaba haciendo terapia.

Pero ¿por qué ella quería mejorar en el Scrabble? Por un desconcierto parecido al de Walsh. “Había empezado a jugar Scrabble con mi nuevo esposo y, para mi sorpresa, me estaba dando una paliza con ventajas de decenas de puntos. Como licenciada en filología inglesa me consternaba que el hombre con el que me casé, que posee grandes aptitudes para los negocios y no lee, pudiera vencerme en un juego lingüístico”.

Esa curiosa contradicción parece encontrar sus raíces en la prehistoria del juego. Alfred Mosher Butts, su creador, perdía más de lo que ganaba al enfrentar a su esposa Nina, según destacó el propio New York Times en el texto que dedicó a Butts tras su muerte en abril de 1993.

 

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Como Christie Tate, quien también acudió a terapia en busca de ayuda para sus conflictos amorosos fue Denise, el personaje interpretado por Lena Waithe en la serie Master of None. En una escena del capítulo 8 de la segunda temporada, titulado Thanksgiving (“Acción de gracias”), Dev (Aziz Ansari) le pregunta “cómo va todo con Michelle”.

—Muy bien —responde Denise—. Hacemos terapia de pareja. Aprendemos a comunicarnos y el idioma del amor.

—El idioma del amor —repite él, sorprendido.

—Sí, eso existe —enfatiza ella.

Los propios Ansari y Waithe ganaron el Emmy al mejor guion en una serie de comedia por ese capítulo, Thanksgiving.

(A la realidad, como escribió Borges, le gustan las simetrías y los leves anacronismos. Una chica que Ansari conoció durante la fiesta de los Emmy, y con quien tuvo una cita una semana después, lo denunció por comportamiento sexual inapropiado. La acusación, además, fue difundida una semana después de que Ansari recibiera el Globo de Oro como mejor actor de serie cómica luciendo en el pecho el pin de “Time’s Up”, el movimiento contra el acoso sexual y los abusos machistas en Hollywood. El caso puso el foco del debate en la cuestión del consentimiento y en los límites entre un caso de abuso y una simple mala cita; asuntos que, desde luego, exceden largamente este artículo.)

 

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Desconozco si, en efecto, alguna rama de la psicología maneja el concepto de “idioma del amor”, o algún otro parecido. A mí la expresión me recuerda inevitablemente un pasaje hacia el final de Puras mentiras, la magnífica novela de Juan Forn:

“La mayoría de las cosas que sé de vos, decía, las buenas y las malas, las fui sabiendo a medias. Porque vinieron en un idioma que no tuve demasiado tiempo para aprender. Y creo que a vos también te pasó algo así […] El primer amor tiene esa clase de poder: es el que define para siempre cómo será el amor para cada uno. Por eso es que somos extranjeros en esa tierra el resto de nuestras vidas. Porque todo lo que viene después lo interpretamos en ese idioma. Ese que, en el primer amor, todavía no conocíamos y después sentimos irremediablemente que ya nadie habla como su lengua natal. Porque ¿quién vive el amor con aquella persona con la que tuvo su primer amor?”

Intuyo que esta idea de Forn no solo es poéticamente bella, sino que también es cierta. Y que aprender a comunicarse y el idioma del amor, como dice el personaje de Denise en la serie, es precisamente construir ese idioma, darle forma, crearlo casi desde cero, a partir de los restos de idiomas de amores previos, de las fichas que conviene mostrarse mutuamente para explorar distintas opciones juntos. Y no basta con estudiar las fichas y pretender traducirlas al idioma nuevo, por mucho que se realicen tablas y cálculos. Hace falta poner los pies en el barro, transitar los territorios.

María Moreno, en un artículo en el que habla también de los juegos entre Rodolfo Walsh y Lilia Ferreyra, titulado precisamente “El Scrabble y sus metáforas”, apunta que él “no la había investido con el saber de los territorios por una tarea militante que los privilegiaba, sino como una virtud personal luego de esos loteos íntimos en donde los enamorados se reparten los dones del mundo”. Es ahí, en esos loteos íntimos en los que se “juega abierto”, donde el amor edifica su idioma, un lenguaje que no tiene nada que ver con números que pueden borrarse con una hojita de afeitar.

 

 

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