artículo no publicado

Ritmo Delta, de Daniel Sada

¿Quién es Daniel Sada? Entre otras cosas, el autor más incómodo de la última narrativa mexicana. Pocos escritores más esquivos, menos dóciles, para la crítica literaria. Libro a libro, el problema crece. ¿Dónde ubicar a Sada? ¿Qué tanto vale su obra? Cuesta situarlo en nuestro canon. Cuesta, incluso, tasar justamente su valor. Existen tantas razones para exaltarlo como para censurarlo. Hay en su obra un ritmo titánico, casi salvaje, que arrastra vicios y virtudes. Al principio, su cauce parecía tan controlable que se le quiso ubicar al centro del canon. Era el heredero de Yáñez y Rulfo, la cabeza tardía de nuestra novela rural. El cauce rebasó los diques y Sada naufragó hacia los márgenes. Dueño de una sensibilidad anacrónica, fue revalorado como un excéntrico. Allí mora desde hace tiempo, en un extremo de nuestra literatura. Hay quienes lo celebran y quienes lo refutan. Ante la polaridad, un acuerdo: no sabemos qué tan bueno es, reconocemos su importancia.
     El incómodo se acomoda. En Ritmo Delta, Sada cede a la tentación de justificarse. Ha escrito su obra maestra, ha tropezado después de ella y ahora hace un alto en el camino. No compone un ars poetica sino una novela abstraída, una suerte de defensa. La trama despide un argumento: contra la fabricación de bestsellers, a favor de la escritura. Se denuncia la ficción fácil, se defiende la literatura ardua. Para ello Sada olvida su tema más caro, la identidad, y construye su novela más sesuda. Los personajes, mudados ya a la ciudad, se acostumbran a cubículos y editoriales. Roberto Pastrana trabaja en la editorial más poderosa del medio. Produce bestsellers, rechaza la literatura. Tiene un abuelo sabio y el abuelo escribe sobre sueños y telepatía. Uno de sus libros, apoyado por el nieto, deviene un éxito de ventas. La trama explota en numerosas subtramas, deliberadamente anodinas. Prevalece el tono paródico habitual en Sada, la reflexión literaria. Se habla de géneros dramáticos, de convenciones gramaticales, de mecánica narrativa. Explota la metaliteratura, sobresale el tallerista. El incómodo se acomoda.
     El listón pende demasiado alto. Sada vive con el peso de haber escrito algunas de las novelas mexicanas más importantes de fin de siglo. Contra ellas se bate. Desde ellas se le juzga. Ritmo Delta es, en esa escala, una novela apenas admisible. En otro autor sería una conquista; en Sada es casi otro tropiezo. Sus defectos son los de Luces artificiales: una trama demasiado amplia, personajes inconvincentes, una ciudad lesiva. El tránsito del campo a la ciudad no tiene ya importancia, salvo en Sada. Su prosa expresaba notablemente el desierto. Es demasiado lenta para reflejar la ciudad. Eso y la trama. Sada se empeña en narrar una historia amplia, zigzagueante, cuando su prosa vuelve inútil toda anécdota. Es una prosa demasiado pródiga para no ser sofocante. Funciona cuando narra anécdotas mínimas, como en Una de dos y Albedrío, o grandes estampas estáticas, como en Porque parece mentira la verdad nunca se sabe. Fracasa en la ciudad, en las intrigas de medio fondo. Pasa mucho en Ritmo Delta, se avanza poco. Nada se afianza: ni el juego metatextual ni el asunto de los sueños y la telepatía. Por un segundo se dibuja una novela de formación, con un anciano ciego que guía a su nieto, y al siguiente la prosa aplasta el esbozo. La prosa, la maldita prosa.
     Eso es Daniel Sada: no tanto un narrador como una prosa. Llamarlo estilista es denigrarlo. Es uno de los formalistas más extremos del idioma, el más arriesgado de los mexicanos. Vale por su prosa y no es sencillo hablar de ella. Cuando no se ajusta a una métrica, es azarosa, carece de sistema. La elasticidad es norma: varían la extensión de las frases y, en esta novela, el ritmo de un capítulo y otro. Su vocabulario es exuberante, como su puntuación, como su oído. Es una prosa tan grande que es, también, inmensurable. Se arrojan etiquetas para apresarla: barroco, coloquial, piporresco. Se disparan referencias obvias: Siglo de Oro, José Lezama Lima, Joao Guimaraes Rosa. Peor aún: unos y otros se asombran ante el trabajo de orfebrería, como el espectador que, ante un cuadro, imagina cuántas horas llevó al pintor registrar cada detalle. No soy piadoso: me importa poco el sacrificio. Ignoro si Sada sufre contando sílabas o componiendo cada una de sus páginas. No tiene importancia literaria. Toda buena prosa supone un esfuerzo, batirse contra el idioma. Sada es sólo escatológico: vuelve explícito su martirio. La importancia de su prosa reside en otra parte.
     En otra parte que no es, tampoco, su barroquismo. Nuestro idioma tiende a enredarse y no son pocos los que se han divertido enredándolo otro poco. Sada no es el más extremo. En el México contemporáneo, Sergio Fernández ha llevado más lejos el rigor barroco y Jesús Gardea la complejidad sintáctica. Nadie, sin embargo, ha ido más lejos que Sada en su juego con el lenguaje popular. Ése es su hallazgo y no es poca cosa. En el origen de toda literatura hubo una disyuntiva: el habla y la escritura. El dilema palideció sin resolverse y ahora prevalece una prosa aséptica, acrítica. Se ignora el lenguaje popular y se escribe en un estilo literario ya domado, o se registra vana, torpemente el murmullo de las calles. No hay tensión salvo en unos pocos escritores. Sada escribe atado a ese problema originario, sopesando la carga popular o culta de cada palabra. Acude a un narrador cervantino, especulativo, que reflexiona en voz alta sobre la raíz de cada frase. Funde lo norteño y lo académico en una prosa única, tan lejana de una fuente como de la otra. Una prosa intelectual, insólitamente consciente. Una prosa tensa, la más lenta del idioma. Una prosa humorística que experimenta, por fortuna, desde la parodia.
     Mérito mayor: ser un estilo. Sada es eso: una prosa, un ritmo, una manera de especular sobre el lenguaje. Basta leer una de sus páginas para reconocer su estilo. Es tan particular que no es difícil anticiparlo. Ser un estilo es, también, un lastre: raramente se sorprende. Sada asombra mucho menos que antes. Su experimento es radical pero la costumbre lo ha hecho parecer modesto. Su temperamento es excéntrico y, sin embargo, tiene ya algo de familiar. Mezcla poco explosiva: crea una obra de lectura difícil, guarda pocas sorpresas. Ocurre con él lo que con Mario Bellatín: su originalidad se ha agotado, el juego ha durado demasiado. Sada, al revés de Bellatín, está al tanto de la fatiga. Escribió su obra cumbre y desde entonces ha pretendido renovarse. Mudó sus historias a la ciudad, creó una novela medianamente intelectual. Las variaciones han sido explicables pero insuficientes. Hay que dinamitar el estilo, ir contra uno mismo. Sada es una prosa y sólo volverá a asombrar batiéndose contra ella. Es necesario, apremiante, el suicidio. ¿Se inmolará Daniel Sada? Ésa es una de las pocas preguntas interesantes de la literatura en castellano. -

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