No es otro previsible libro sobre emprendedores

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En español se llama Cincuenta innovaciones que han cambiado el mundo, pero el título en inglés es más afortunado: Cincuenta cosas que han conformado la economía moderna. De otro modo, uno podría pensar que el mundo que conoce el economista Tim Harford, profesor en el Nuffield College de Oxford, está demasiado inclinado hacia la comodidad: los videojuegos, el aire acondicionado, los grandes almacenes, el iPhone no son, en apariencia, la realidad económica de una parte importante de la población. Sin embargo, pronto Harford justifica su lista: ciertos objetos e ideas –algunos sencillos como la hoja de afeitar, otros sofisticados como el reloj y unos más, de un alcance insospechado, como la sociedad de responsabilidad limitada– pueden retratar nuestro sistema económico de una manera más transparente que cuando uno echa mano de conceptos demasiado amplios (nos pasa todo el tiempo con “capitalismo” que, en el afán de que explique tanto la minería, la narrativa de la última década y nuestro odio por los lunes, termina por esconder al diablo en los detalles).

Es comprensible entonces que desde el inicio, este volumen traiga a cuento a los luditas, aquellos tejedores que destruían telares mecánicos en los albores de la Revolución industrial. Nuestro entusiasmo por el continuo avance tecnológico ha hecho que, a la distancia, pensemos en ellos como en gente incapaz de ver las ventajas de las nuevas máquinas y sus “áreas de oportunidad”. Pero Harford es lo suficientemente agudo para tomar en serio su descontento: cada innovación, si lo es en realidad, trae consigo un reajuste del terreno de juego, que, a su vez, no puede entenderse sin la línea que divide a los ganadores de los perdedores. Este balance permite al autor evaluar las innovaciones más allá de la manida celebración de que ponen objetos más baratos y funcionales al alcance de nuestros bolsillos. “No deberíamos caer en la trampa de pensar que los inventos no son más que soluciones”, asegura. “Son mucho más que eso. Configuran nuestra vida de manera impredecible y, a pesar de que resuelven un problema para alguien, a menudo crean un problema para otra persona”. Incluso el arado, que hace miles de años hizo posible la civilización y la economía moderna, propició que los primeros agricultores tuvieran una peor salud que sus antepasados recolectores y está asociado a otras creaciones humanas, como la tiranía y la misoginia, que no nos llenan precisamente de orgullo.

Harford cuenta las historias del alambre de púas (que sirve para explicar la propiedad), del librero de Ikea (y su relación con el ahorro en el transporte de mercancía), de la criptografía asimétrica (y las transacciones por internet), del proceso Haber-Bosch (y cómo intensificó la producción agrícola). Todos los inventos de este libro esconden un problema económico, que involucra una compleja red de relaciones sociales, casualidades, olvidos, regulaciones, vacíos legales, cabos sueltos a la espera de la siguiente demostración de ingenio. En ocasiones parece que habla de cosas muy simples, como la búsqueda en Google, o la comida precocinada, pero la descripción de cómo era el mundo precedente deja en claro lo transformadoras que han sido. ¿Qué significaba tener una duda e investigarla antes de Google?* ¿Qué ha sido del tiempo que antes gastábamos preparándonos la comida, y siendo más precisos: que las mujeres gastaban preparándonos la comida al resto?  Inventos como el elevador –y ni siquiera el mecanismo en sí, bastante antiguo, sino el freno que hace seguro el viaje en elevador– han transformado la arquitectura, las concentraciones urbanas, nuestra representación de las jerarquías.

Resulta inevitable que, concluido el libro, algunos objetos cotidianos adquieran un halo de extrañeza. Después de leer la historia del sifón en S, uno difícilmente podría no maravillarse de perfecta sencillez de su lavabo, pero también está consciente de un problema: el saneamiento público no es algo que vaya a resolverse gracias al mercado, sino que se necesita de voluntad política. Al asombro a veces lo acompaña cierta sensación de espanto. En su capítulo dedicado al uso de antibióticos en la ganadería, el autor nos advierte que las bacterias se están volviendo cada vez más resistentes, en parte, porque hay más incentivos económicos para suministrar antibióticos sin distinción que para hacerlo de la forma adecuada. ¿Deberíamos preocuparnos? Sí y mucho. Esa doble mirada sobre el papel del mercado y del Estado recorre la mayoría de estas historias. En unos casos las trabas burocráticas han retrasado la innovación; en otros, la ausencia de reguladores nos ha conducido al desastre; en unos más, ciertos objetos que ahora nos parecen éxitos de la iniciativa privada no habrían llegado a nuestras vidas sin las investigaciones públicas que los antecedieron. No existe una obligación única que el Estado debería tener para alentar la innovación, ni garantía de que las recetas que funcionaron en el pasado sigan siendo útiles hoy día (la propiedad intelectual que en determinado momento pudo estimular la creatividad ahora parece ser un obstáculo).

Más que el canon de las innovaciones, este libro describe el contexto en el que cincuenta inventos geniales aparecieron para cambiar el aspecto de nuestras ciudades, nuestros intercambios económicos, nuestra apuesta por el bienestar. ¿Vivimos mejor ahora que hace un siglo? En términos generales, sí, pero la insistencia de Harford en cómo los costos y los beneficios se han distribuido de manera desigual entre la población no debería tomarse como una mera anotación al margen. 

 

*Hacerse esa preguntas, y muchas otras, añadiendo automáticamente “Voy a tener suerte” cuenta como evidencia.

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es músico y escritor. Es editor responsable de Letras Libres (México). Este año, Turner pondrá en circulación Calla y escucha. Ensayos sobre música: de Bach a los Beatles.


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