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Luka Modric: el hombre que explica tres finales consecutivas

En tres semanas, sabremos si el Madrid de Zidane pasa definitivamente a la historia del fútbol o si esa tormenta imprevisible que es el Liverpool les agua la fiesta.

El gol de Joshua Kimmich a los seis minutos de juego no auguraba nada bueno. Si algo tenía que evitar el Real Madrid para no entrar en pánico era precisamente eso: un gol tan tempranero como el de la Juventus en cuartos que pusiera su ventaja de la ida en el filo. Un gol que pudiera envalentonar al rival y provocar dudas en los jugadores, incluso, peor aún, en el aficionado al que tanto se había llamado en los días previos a calentar el ambiente.

Al gol había que añadir algo más: Zidane había vuelto a arriesgar con una alineación cuando menos atrevida. El lateral derecho era Lucas Vázquez, un extremo. El medio centro defensivo era Mateo Kovacic, un hombre con tendencia a desocuparse de lo que pasa a su espalda. La media punta la ocupaba Marco Asensio, a sus 22 años, y la delantera corría a cargo de Karim Benzema, probablemente el hombre más discutido de la historia reciente del madridismo. Casemiro y Bale esperaban en el banquillo. Isco y Carvajal, directamente en la grada.

Se avecinaban los minutos que podían marcar la eliminatoria. El Bayern había sido muy superior en Munich pese al resultado y amenazaba con volver a serlo en la vuelta, una amenaza refrendada por fin con un gol. ¿Qué podía hacer el Madrid en esa situación? Aferrarse al balón. Moverlo de lado a lado. Calmar al rival y sedar su ímpetu. Hasta cierto punto, aburrirle, como hacía el Barcelona de Guardiola en sus años gloriosos. Ganar tiempo, en definitiva, y colocar las piezas. Resumiendo: darle la pelota a Luka Modric.

Y así, desde el inicio del minuto 10 de partido hasta mediados del 11, el Madrid monopolizó el juego. La tocó Modric, la tocó Benzema, la tocó –mucho y bien- Asensio, la tocó Kroos... hasta 28 pases en minuto y medio que culminaron en un cambio de juego perfecto del criticado Kovacic para Marcelo y centro del lateral más influyente del fútbol mundial para el remate de cabeza de Benzema. Hacer eso en plena crisis tiene un mérito indudable y solo se entiende desde la tranquilidad que dan al Madrid sus centrocampistas. Por supuesto, la dinamita está arriba, con Cristiano –el único jugador de campo que no tocó el balón en la jugada- pero el dique de contención hay que buscarlo varios metros más atrás.

Centrar en Modric todo el mérito de ese centro del campo quizá sea excesivo, pero es necesario echar la vista atrás de vez en cuando: el croata llegó al Bernabéu el verano de 2012 tras unas truculentas negociaciones con el Tottenham. Su precio –en torno a los 45 millones de euros- suena ridículo ahora pero por entonces causó un cierto escándalo. En aquella plantilla ya estaban, ocupando un puesto similar al suyo, Xabi Alonso, Özil y Kaká. El fracaso de Sahin estaba muy reciente. ¿Para qué se empeñaban Mourinho y Florentino en sumar un nuevo media punta al plantel? Probablemente porque no era un media punta, era otra cosa, aún inclasificable.

Llegaba, pues, Modric a un equipo donde la titularidad no estaba garantizada, donde la paciencia se agotaba con facilidad y donde sus seguidores llevaban más de diez temporadas esperando llegar a al menos una final de Champions League y viendo cómo su máximo rival, el Barcelona, lo hacía con cierta asiduidad. El impacto fue inmediato: desde entonces, van ya cuatro finales en cinco años. Tres –de momento- con victoria. Si Modric no es el fichaje de la década, lo parece. No marca grandes goles –así, de entrada, apenas puede uno recordar el que le marcó al United en Old Trafford cuando la eliminatoria parecía perdida- y tampoco se prodiga en asistencias... pero siempre hace lo correcto.

Ganar una Champions League es una combinación de muchísimos factores y tener la opción de ganar cuatro en cinco años ya roza lo estadísticamente imposible. El más importante es ese “hacer siempre lo correcto” del que hablábamos antes, pero, por supuesto, otro de esos factores es el arbitral. Es cierto que el Madrid no ha tenido un solo arbitraje en contra en todo este período. Es más, ha tenido varios francamente a favor, incluyendo el de este mismo martes. Ahora bien, eso, o es una conspiración o no merece análisis periodístico. Y yo no creo en las conspiraciones... porque vaya conspiración de pacotilla aquella que permite que Müller dispare solo delante del portero en el minuto 96 de un partido al que solo había que añadir cinco de descuento.

Lo cierto, lo invariable, es que por muchos errores que cometa el Madrid, el rival siempre comete uno más, aunque pocas veces uno tan escandaloso como el de Ulreich en el segundo gol de Benzemá, cuando prefirió no conceder un libre indirecto dentro del área a cambio de regalar un tanto que acabó decidiendo la eliminatoria. Yo entiendo que en la derrota se piense siempre en términos de hipótesis: “¿Y si hubiera pitado la mano de Marcelo? ¿Y si hubiera pitado el empujón de Carvajal o el de Ramos? ¿Acaso no eran muy parecidos al de Benatia sobre Lucas Vázquez? Yo, todo eso, como aficionado, lo entiendo, pero lleva a un bucle desagradable por el cual el mérito o el demérito en el deporte nunca depende de los deportistas.

Por eso, prefiero explicar a partir de Modric, de los noventa segundos de posesión, los veintiocho pases y el gol en el momento clave. Prefiero explicar a partir del error de Ulreich –imposible salir a rueda de prensa a protestar por cualquier error ajeno cuando tu portero ha cometido uno de ese calado- o a partir de la inoperancia de Müller o del error inmenso de cambiar a James por un delantero centro al que no le llegó ni un balón en todo el tiempo que estuvo sobre el campo. Puede que sea un análisis cojo, pero todo análisis lo es. Ahora bien, al menos, este habla de fútbol y no de despachos.

En tres semanas, sabremos si el Madrid de Zidane pasa definitivamente a la historia del fútbol o si esa tormenta imprevisible que es el Liverpool les agua la fiesta. Tiene toda la pinta de que será una final apasionante y al espectador imparcial es lo que debería importarle. El espectador parcial ya tiene una opinión sobre todo y es imposible matizársela. Entiendan que escribir en esos términos sería perder el tiempo.