artículo no publicado

La vida antes y después de un penal

La jornada más reciente de la Liga de Campeones trajo sorpresas y decisiones arbitrales discutidas.

Con todo el mundo hablando del penalti de Benatia a Lucas Vázquez en el minuto 93 del Real Madrid-Juventus, es preciso que al menos alguien se ocupe de todo lo que sucedió antes y de lo que puede ocurrir después, aunque eso suponga escribir y borrar varias veces un mismo artículo. Porque el caso es que estas líneas estaban pensadas desde que acabaron los partidos de ida para hablar de Pep Guardiola, concretamente para intentar comprender el 3-0 que había recibido su equipo en Liverpool y que le dejaba prácticamente fuera de la competición.

Podían pasar dos cosas: que el City efectivamente acabara siendo eliminado o que completara la proeza de remontar el cruce. Ambos escenarios merecían un comentario extenso pero no lo van a poder tener. Quedémonos al menos con algunos apuntes sobre la peligrosa deriva del entrenador catalán: conforme pasan los años y se resisten los triunfos europeos –cosa que tarde o temprano se le resiste a cualquiera, por otro lado-, su carácter se va agriando hasta límites insospechados. Guardiola vuelve a marchas forzadas a sus inicios, a ese hombre temperamental que era repetidamente expulsado en Segunda B cuando empezaba su carrera y entrenaba al filial del Barcelona.

Aparte de la impotencia del Manchester City ante un buen Liverpool pero claramente inferior en presupuesto y plantilla, quedarán para siempre las imágenes de un técnico desquiciado por los errores arbitrales. ¿Hubo tales errores? Sí, por supuesto, siempre hay errores arbitrales a mano en toda derrota y Guardiola, al que tanto se los han echado en cara en sus más importantes victorias, debería ser el primero en poner dichos errores entre paréntesis cuando le perjudican.

Por lo demás, la sensación es que, siendo como es un hombre obsesionado con la táctica, con la preparación del partido, con el movimiento de fichas, con la asimilación del campo de fútbol a un tablero de ajedrez, Guardiola no acaba de entender que, después, la realidad se niegue a doblegarse ante su planificación. Que un jugador yerre el pase, que otro haga mal la cobertura, que el árbitro pite algo que no es o, simplemente, que el contrario acierte más de lo previsto.

Sin embargo, lo de Guardiola quedó en nada ya el martes por la noche cuando se formalizó la debacle del Barcelona en Roma. No es que el 4-1 de la ida hubiera sido el más lucido del mundo –incluyó dos goles en propia meta y probablemente un penalti no pitado- pero seguía siendo un 4-1 y a los equipos grandes es imposible remontarles esos resultados. Otra cosa es que el Barcelona sea realmente un equipo grande en Europa. No hablo de su historia porque su historia habla por sí misma sino de los últimos años. Igual que el Madrid se pasó un lustro sin poder pasar de octavos de final, el Barça lleva cuatro de los últimos cinco años estancado en la fase de cuartos.

Los problemas que llevan a un fracaso así son múltiples y difíciles de analizar desde fuera. En efecto, el dineral gastado durante los últimos meses en fichajes ha servido para poco o muy poco, lo que apunta directamente a la dirección técnica. Juegan los mismos de siempre: los Rakitic, Alba, Piqué, Iniesta, Messi, Suárez, Busquets... todos ellos rozando o por encima de los treinta años. Los nuevos fichajes han costado cientos de millones para nada. Quizá para tomar el relevo si hay paciencia, pero cuando alguien debuta con dudas es complicado quitárselas de repente a la tercera temporada.

El problema principal del Barcelona es, sin duda, su fragilidad mental. Recuerda en exceso a aquel Barcelona crepuscular de Ronaldinho, cuando el Getafe le metía un par de goles en la vuelta de unas semifinales de Copa del Rey y en vez de crecerse, el equipo se venía abajo muerto de miedo. Sus últimos resultados fuera de casa son esclarecedores: 3-0 contra la Roma, 3-0 contra la Juventus, 4-0 contra el París Saint Germain y 2-0 contra el Atlético de Madrid. Solo se salva el agónico 1-1 que rescataron Iniesta y Messi casi de la nada en Stamford Bridge.

Ahora mismo, en Europa, el Barcelona no solo es un equipo que pierde sino un equipo al que resulta relativamente fácil vapulear. ¿Hay explicación táctica para ello? No lo sé, estas derrotas han llegado con dos entrenadores en principio muy diferentes. ¿Es un problema de profundidad de plantilla? Ya hemos dicho que los fichajes podrían aportar más, pero al fin y al cabo la Roma se clasificó con goles de Dzeko, llegado después de fracasar en Manchester; de Di Rossi a sus treinta y muchos años... y de Manolas. No creo que ninguno esté en la agenda de Pep Segura para el año que viene.

Probablemente, estemos ante un caso de inseguridad y bloqueo mental. El equipo que manejaba con calma las adversidades, ahora se diluye como un azucarillo al primer contratiempo. No lo hace en España, donde su superioridad no se pone en duda, pero en Europa, sin su público detrás para elevar la autoestima, la cosa se complica muchísimo. Se podría fantasear con un resultado distinto de haberse quedado Neymar en el club, pero el mismo Neymar estuvo en 2016 en el Calderón y en 2017 en el Parque de los Príncipes y en el Juventus Stadium y los resultados no fueron mejores.

Todo esto, ya digo, merecería un análisis más exhaustivo y así estaba pensado... hasta que la Juventus se puso 0-3 en el Bernabéu. La Champions League volvía a convertirse por una semana en la vieja Copa de Europa, con su tensión, su igualdad, sus minutos de locura y sus aficionados pegados al televisor. Es complicado asistir a una eliminatoria más difícil de analizar: probablemente, el Madrid no mereció ganar 0-3 en Turín y si lo hizo –genialidades de Cristiano aparte- fue por la autoexpulsión de Dybala y la rendición de la Juve, que no supo detener la hemorragia y llevarse un resultado asequible para la vuelta, como sí hizo por ejemplo el Bayern el año pasado.

Por otro lado, tampoco mereció el Madrid ir perdiendo 0-3 en la vuelta, así que una cosa por la otra. Obviamente, no es que los de Zidane jugaran un gran partido, pero no fue una debacle más allá de algunos groseros errores defensivos. Tras el tercer gol visitante, el dominio local fue absoluto. La Juventus parecía agotada y se limitó a encerrarse en su área y despejar todo a balonazos, confiando quizá en un cuarto gol milagroso que les diera el pase.

Esas cosas, por supuesto, pasan a menudo en el fútbol y por eso existen las casas de apuestas, pero no es lo habitual. Cuando uno renuncia a completar la remontada y lo fía todo al despeje agónico, lo normal es que acabe cometiendo un error que te deje fuera del torneo. Entiendo la frustración del aficionado juventino y más aún la de un capitán como Buffon en su última oportunidad de llevarse al menos una Champions League, pero lo que decidió la eliminatoria no fue la decisión del árbitro de pitar un penalti en el minuto 93. De hecho, ni siquiera los jugadores italianos se atreven a decir que la jugada no fue falta sino que alegan que “no debería haberse pitado”.

Tal vez deberían ser más autocríticos y seguro que lo serán con el tiempo porque anoche era imposible. La verdadera pregunta no es “¿cómo se atreve un árbitro a decidir una eliminatoria en el minuto 93 por una falta que no es directamente un intento de asesinato?” sino “¿en qué demonios estaba pensando la defensa de la Juve para dejarse ganar el segundo palo y permitir que Lucas Vázquez estuviera completamente solo en el área pequeña esperando el balón?”. Tan solo y esperando tanto tiempo que la pelota botó tranquilamente, el jugador colocó el cuerpo para rematar y aún tuvo que ser arrollado por el defensa para evitar el gol cantado.

Podemos discutir cuarenta años sobre la decisión del árbitro pero el desastre defensivo es incontestable, impropio de un gran equipo y desde luego imperdonable en el minuto 93 de un partido.

Convertido el 1-3 por Cristiano y clasificado el Madrid, queda ahora pensar en el futuro, es decir, en las semifinales. Algo lleva tiempo diciéndome que el ganador no saldrá de ninguno de los equipos mencionados hasta ahora: que ni Roma ni Liverpool llevarán la sorpresa tan lejos y que el Madrid no ganará su cuarta Champions en cinco años. Queda, por exclusión, el Bayern de Munich. Con el septuagenario Heynckes al mando, el Bayern se ha olvidado de narrativas e historias y se ha dedicado a lo de siempre: a ganar, como si entre 2013, cuando el propio Heynckes lideró el triplete de los de Baviera, y 2018 hubieran pasado cinco días y no cinco años.

La plantilla es mucho más pobre que entonces, básicamente porque no parece haber nadie en el momento de forma en el que estaban Robben, Ribery y Müller aquella temporada... pero el Bayern es el Bayern y le va tocando. Desde que Ancelotti cesara en el cargo, el equipo es una máquina sin florituras pero sin apenas errores. Desde luego, no sería una sorpresa que este año cayera su sexta Champions, aunque nadie esté dispuesto a ponérselo fácil.