Cuatro genios y el valor de serlo | Letras Libres
artículo no publicado

Cuatro genios y el valor de serlo

El destino de los científicos André Lwoff, François Jacob, Jacques Monod junto con el del filósofo Albert Camus quedaron entrelazados a partir de la Segunda Guerra Mundial.

En la primavera de 1940 Albert Camus es un desconocido con apenas 26 años de edad que ha emigrado de su natal Argel y se gana la vida formando las páginas del diario Paris-Soir, mientras escribe una novela en su tiempo libre. François Jacob es un estudiante de medicina de 19 años con ganas de finalizar su carrera. Jacques Monod, en cambio, está a punto de convertirse en fósil, pues a sus 30 años no tiene para cuándo terminar el doctorado en zoología por La Sorbona. El mayor de los cuatro, André Lwoff, dirige el departamento de fisiología microbiana en el Instituto Pasteur. Cuenta 38 años de edad. Entonces sobreviene la catástrofe bélica y las vidas de los cuatro “valientes genios”, según los llama Sean B. Carroll en su libro Brave Genius, se entrelazan para siempre gracias al destino imprevisto.

François Jacob me contó sus aterradoras experiencias en el norte de África. Fue uno de los primeros en unirse al ejército de liberación, formado en Gran Bretaña por Charles de Gaulle, de manera que asistió a los heridos en las duras batallas del África ecuatorial, más tarde se unió al general Leclerc durante los combates en Túnez y Libia. Finalmente regresó a su natal Francia en el desembarco en Normandía, luego de unos meses de vuelta en las islas británicas a fin de consolidar el entrenamiento y formación de la Segunda División Armada francesa, junto con otros 16 mil soldados. En su avance una madrugada escucharon a lo lejos las temidas “trompetas de Jericó”, sirenas que los aviones StuKa hacían chillar con objeto de sembrar el pánico antes de dejar caer sus poderosas bombas de 500 kilogramos a una velocidad espeluznante. “Eran verdaderos topos de la muerte”, asegura Jacob. Segundos después su compañía era bombardeada. Intentó rescatar a algunos compañeros pero en la siguiente oleada fue barrido por una docena de esquirlas que se incrustaron en un hombro, la espalda y le dañaron un pulmón. Vivió para contarlo.

Monod se unió al grupo más duro de la Resistencia, el FTP (Francs-Tireurs et Partisans). Su inteligencia le permitió ascender y convertirse en miembro importante del comando general de las Fuerzas Francesas del Interior. Desde ahí organizó el almacenamiento seguro de explosivos y parque, planificó sabotajes a fin de perturbar el tránsito de tropas enemigas, así como atentados que destruyeron cuantiosas provisiones. Logró salvarse gracias a su disfraz de profesor distraído, alejado del mundanal ruido tras la fachada del Instituto, bajo la dirección de André Lwoff, quien también colaboró ocultando y facilitando el escape de combatientes.

La amistad de Camus con Monod es un ejemplo de solidaridad genuina frente a la adversidad, de genio creativo para sortear la muerte y de profundo compromiso con la condición humana. Jacques Monod escribió un libro clásico de la biología moderna, El azar y la necesidad, inspirándose en la frase de Demócrito: “Todo en el Universo es producto del azar y la necesidad”. Albert Camus y su obra literaria, sus reflexiones filósoficas, su quehacer político y sus aficiones deportivas también representaron una valiosa inspiración para Monod.

El gusto de Camus por los deportes no debe darnos la impresión de que era un hombre atlético. De hecho, nunca pudo enlistarse en el ejército debido a su debilidad física, producto de una tuberculosis adquirida a los 17 años de edad. Entonces se convirtió en un decidido colaborador del periódico de la Resistencia, Combate, y en 1942 se las arregló para publicar su primera novela, El extranjero, así como un largo ensayo, El mito de Sísifo. En éste rechaza el nihilismo y se plantea: ¿Vale la pena vivir?, ¿cómo alguien pretende desarrollar una vida plena si enfrente se encuentra la ineludible muerte? Camus aprendió el poder de las palabras al jugarse la vida durante el proceso de impresión de cada número del periódico clandestino y, de esa manera, supo inocular su significado en los corazones de los ciudadanos timoratos. Les pide que no confíen en vanas esperanzas acerca de la vida después de morir. Algunos reclaman: “¿Y entonces, qué nos queda?” Camus responde: “Nos resta la razón y el valor de hacer las cosas mientras puedas”. Incluso Sísifo, el condenado a empujar una roca colina arriba todos los días, es dueño de su destino, pues en algún momento ha decidido que esa tarea es digna de satisfacer la voluntad de una persona: él mismo. Por tanto, no es un fracasado sino un hombre feliz.

El profesor Jacob me confesó que, al igual que Monod, había adoptado un estilo “a la Camus”. “Hacer ciencia significa poner en práctica la forma más sublime de la revuelta cotidiana en contra de la incoherencia que pulula en el Universo”; aseguró, “y eso es lo que hizo Camus, rebelarse contra la estupidez humana”.

Monod, Lwoff y Jacob ganaron en 1965 el Premio Nobel de Fisiología y Medicina por sus contribuciones a la naciente fusión de la biología con las téncnicas de análisis y manipulación genética. Ocho años antes lo había recibido Camus en Literatura. Los cuatro permanecieron unidos bajo una sola idea: compartir con nosotros su genio y coraje por la vida.