Virxilio Vieitez: El legado y la dignidad

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Resulta interesante comprobar cómo incluso Paul Strand, uno de los padres del fotoperiodismo y de los “grandes caballeros whitmanianos” de la fotografía norteamericana, como lo describió Susan Sontag, en plena madurez de su oficio fotográfico y tras hacer ese prodigioso libro de retratos titulado Un paese regresa a la pregunta más esencial de todas, la más sencilla: ¿Cuál es la perspectiva ideal para el fotógrafo; el conocimiento absoluto, la intimidad con el personaje retratado o el desconocimiento, la superficialidad total? O por exponer la pregunta de otro modo: ¿Es acaso el fotógrafo el que “roba” mediante la argucia o el amor (en algunos casos es lo mismo) el alma al retratado contra su voluntad gracias a las habilidades propias de su oficio o de su afecto o es más bien el alma del retratado la que se pone de manifiesto por sí sola, la que “emana” del cuerpo del retratado como una exudación a pesar de la voluntad del fotógrafo? Cabe suponer que en el primero de los casos (en el de que sea el “arte” del fotógrafo el responsable) el fotógrafo estaría haciendo lo mismo que un artista plástico, un pintor, “decidiendo” en cierto modo quién es la persona a la que retrata, en el segundo sería la naturaleza misma del retratado la que se encargaría de hacer esa tarea.

Virxilio Vieitez (1930-2008), retratista por encargo, es un caso extraordinario y no solo por su calidad (de eso ya hablaremos más adelante) sino por su neutra aproximación inicial al oficio. En ese sentido se le podría emparentar con uno de los más célebres fotógrafos por encargo de la fotografía norteamericana, Lewis Hine, con sus series de Ellis Island o los retratos de los niños trabajadores. La mayor parte de las primeras series que realiza en los años cincuenta y sesenta están destinadas a ser en realidad las “neutras” fotografías de las cartillas escolares, los documentos de identidad y los libros de familia. Esas mismas fotografías que hoy se pueden admirar en la fantástica exposición antológica que acaba de inaugurar la Fundación Telefónica de Madrid (abierta hasta el 19 de mayo) son las fotografías que los paisanos de Soutelo de Montes le encargaban a su amigo fotógrafo Virxilio a cambio de unas monedas o, quién sabe, unas berzas para llevar al ayuntamiento a la hora de renovar su libro de familia. ¿Qué hace, por tanto, a Virxilio Vieitez en su versión de retratista de encargo un fotógrafo tan extraordinario? En La cámara lúcida Roland Barthes se hacía una pregunta no muy distinta cuando falleció su madre: ¿Puede ser la fotografía un arte total? ¿Puede una fotografía contener la totalidad de un ser humano? Barthes, con esa capacidad suya tan peculiar para convertir un ensayo en una investigación policial (todo planteamiento bartheano tiene siempre algo de thriller) decide buscar entre el álbum de fotos familiares una fotografía en la que esté contenida la “totalidad” de su madre, en la que accidentalmente se haya puesto de manifiesto la “totalidad de su ser” y la encuentra, sí, pero en un retrato en el que su madre tenía cinco años: “observé a la niña y encontré por fin a mi madre”. Algo parecido sucede en estos aparentemente inocuos retratos de Virxilio Vieitez; es como si la materia de los retratados en estas instantáneas estuviese de algún modo misterioso sobresaturada; de manera evidente es una fotografía para un documento oficial (tras los retratados está la sempiterna sábana para crear el fondo blanco necesario para el documento) pero al mismo tiempo el resultado sobrepasa de tal manera su función que Vieitez se convierte en esa especie de chamán que se consideraba al fotógrafo en el comienzo del género; un “canalizador” y un “cazador”, un disparador certero que “apresaba” el alma y un oportunista en el sentido más radical de la palabra; alguien que aprovecha la oportunidad para retratar al individuo en un momento de “inesperada desnudez esencial”.

Hay que ser realmente muy ingenuo para pensar que cualquier persona habría podido hacer unos retratos como estos. Y sin embargo el fotógrafo que los hacía no era ningún “ilustrado”, no conocía a sus “padres” como Strand, Lewis Hine, Dorothea Lange, Walker Evans, August Sander. En el Suotelo de Montes en los años sesenta era imposible ver fotografías de Cartier-Bresson, de Doisneau o de Koudelka y sin embargo hay, sobre todo en las series de retratos de familia y en las de las celebraciones, mucho de todos ellos.

¿De dónde sale ese “saber” no ilustrado de Virxilio Vieitez? Hace pensar en (o más bien, si no pareciera una afirmación demasiado atrevida, uno casi se atrevería a decir que “demuestra”) la existencia de aquello que Jung denominó un “inconsciente colectivo” pero en versión fotográfica. El hecho de que dos fotógrafos de tradiciones y formaciones tan radicalmente diversas como Cartier-Bresson y Virxilio Vieitez hayan realizado fotografías casi literalmente idénticas sin haber compartido más que el mismo material solo se explica bajo la posibilidad de la existencia de un clima común, de una forma mental colectiva. En un momento de lucidez extrema Simone Weil dio en la diana con una revelación sobre la condición de ciertas obras de arte: “Cuando son buenas, muestran de una manera extraordinaria las peculiaridades del carácter del artista que las ha creado y, sin embargo, cuando son verdaderas obras maestras, su carácter es totalmente anónimo.” Algo así es lo que ocurre con estas fotografías que hasta hace no mucho tiempo, poco más de una década, estaban enlatadas en un garaje de Soutelo de Montes y que ahora brillan con el inesperado fulgor de una perla rescatada de la ría (gallega). No fue hasta 1998 que se realizó la primera exposición reseñable de Virxilio Vieitez en la fotobienal de Vigo y hace muy poco que España descubrió que tenía entre sus filas una rara avis de la altura de este gallego que muy bien puede medirse con los grandes maestros de la fotografía europea y sobre todo desde un lugar absolutamente único: el de la pura intuición. Uno podría pensar que en una exposición de la Galicia rural de finales de los años cincuenta a finales de los setenta se va a encontrar con el varapalo acostumbrado de una España negra y empobrecida y sin embargo lo que se encuentra es, a pesar de la pobreza y la negritud, una dignidad tan apabullante que los retratados parecen “saturar” por completo las imágenes con una densidad humana insólita. ¿Se manifiestan gracias a la pericia y el arte de un fotógrafo intuitivo o, como pedía Strand, lo hacen mediante la gracia oportunista de una cámara que estaba en el momento preciso en el que el retratado se ha manifestado con una desnudez esencial casi en contra de su voluntad? En los retratos de Virxilio Vieitez hay una parte esencial de la dignidad del retratado que proviene precisamente del “legado” genético, de la similitud familiar. Nada más lábil y etéreo, nada más difícil de describir que “el parecido”, o por decirlo más castizamente, que “el aire” de familia. Vieitez pone su cámara con la gracia de la oportunidad en la que ese “aire” de familia está mágicamente saturado, como si asistiésemos en realidad a un recuerdo encarnado con una rugosidad y una consistencia tales que ya no pudiéramos dudar nunca de su realidad. ~

 

La retrospectiva de Virxilio Vieitez se puede ver en el Espacio Fundación Telefónica en Madrid hasta el 19 de mayo

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