artículo no publicado

Revolución, estrépito y sinfonía

Me salto el elogio que hace Blok del profeta Vladimir Soloviev y encuentro algo que no subrayé entonces pero ahora me parece más interesante que lo demás. Dice Blok que Francia,

el país más amusical del mundo llenó la tierra con los sones de su música. Esos sones fueron soberanos e inspiraban temor. Los ejércitos revolucionarios de Napoleón dejaron oír el redoble de sus tambores; todos los demás instrumentos habían enmudecido.(p. 63)

Blok lo dice en sentido figurado pero no es una mera figura aquello de la Revolución francesa y las guerras napoleónicas en relación con la música que va del siglo XVIII al XIX. En la Feria de Guadalajara del 2006 me compré un libro muy instructivo al respecto: El rumor de las batallas (Paidós, 2004). Martin Kaltenecker, el autor, documenta que a mediados del XVIII los músicos no tenían mucho respeto por la tradición (lo cual me recuerda haber leído que Carl Philipp Emmanuel Bach consideraba a su padre, Johann Sebastian, un buen hombre anticuado, un artesano basto y provinciano) y que la partitura más vieja que conservaba Mozart era de un tal Leonardo Leo, muerto en 1744. Fue l´accélèration de l´histoire que trajo consigo la Revolución la que le dió a los aristócratas –y después a los músicos– un deseo de atesorar actualizando o de romper tradicionalmente, porque el tardío siglo XVIII era “actualista”, estaba à la page y los melómanos se sorprendían de que gustase (o que les gustase) la música de la generación anterior.

Todo aquello cambió tras 1789: la humanidad, al iniciar una nueva época, se hacía responsable del pasado y los modernos tomaban a los antiguos en sus hombros. Hacia 1800, por ejemplo, a Haydn lo empiezan a llamar el “Shakespeare de la música” y las biografías de músicos al borde del olvido (como Mozart) empiezan a escribirse y a venderse bien, como lo prueba el hecho que a Stendhal le interesase comercialmente ese género. El espíritu revolucionario rescata mucha música del pasado, como el olvidado Stabat Mater de Pergolesi.

Y las revoluciones y el napoleonismo (no olvido que vengo de Blok) cambian a la música, según Kaltenecker. La música se vuelve más ruidosa literalmente, hay variaciones de cantidad en el espacio sonoro. Se estimula la espesura de los temas, cambian de registro: se les aumenta el volumen, como ocurre en la Sonata para piano Hob. XVI.30 de Haydn, en las Variaciones sobre “Je suis Lindor” de Mozart o en las Op. 35 de Beethoven. Y aparecen los símiles (en Chateaubriand) del Faubourg Saint–Jacques amotinado como si fuesen gente moviéndose al son del violín. Un compositor alemán muy entusiasta de la Revolución, J.F. Reichardt va a las sesiones de la Convención a escuchar las voces de los jóvenes oradores como si buscase talentos para la ópera. Mirabeau era el “trombón de la Revolución”, etc.

Afirma Kaltenecker:

Así, la Revolución engendró, quizás, o amplificó un manierismo del ruido en la música, un diktat del volumen sonoro, y que se refleja en primer lugar en esos efectivos instrumentos masivos de los que hemos tratado.(p. 124)

No siempre es muy convincente El rumor de las batallas pero sea bienvenida cualquier cosa que nos lleve de los libros a los discos.

La libertad guiando al pueblo, Delacroix, 1830