Una extraña enfermedad | Letras Libres
artículo no publicado

Una extraña enfermedad

Emmanuel Carrère

El Reino

Traducción de Jaime Zulaika

Barcelona, Anagrama, 2015, 520 pp.

Se puede decir que, a la hora de concebir sus libros, Emmanuel Carrère parece encontrar gusto en llevar las cosas al límite, tanto para sí mismo como para el lector. Plantea biografías que se convierten en autobiografías que, a un tiempo, conducen al lector a una situación a menudo incómoda, enfrentado a la duda de qué debe entender como aceptable de aquellas páginas. Carrère es un maestro en mostrar cómo él mismo por momentos parece perder pie en los abismos a los que se asoma, cómo a veces da la impresión de que se va a despeñar, aunque al rato lo veamos otra vez firme sobre el suelo que compartimos, alguien con quien el lector se puede identificar. Y es entonces cuando, una vez que le hemos vuelto a dar la mano, vuelve a parecer que cae, y sentimos entonces que nos arrastra. En este sentido, Carrère exige realmente una lectura adulta, apartada de ideas convenidas.

Algo así hizo en su obra anterior, Limónov, mediante el retrato de un escritor y activista simpatizante de cualquier clase de estética no democrática, por decirlo de alguna manera. Carrère consigue, sin embargo, hacer con él una descripción magnífica del mundo poscomunista, y, aunque a veces transmite simpatía por el personaje, el lector se ve obligado a reafirmarse en sus convicciones. Algo parecido sucede con el retrato que hizo del asesino Jean-Claude Roman en su libro El adversario, el texto por el que Carrère pasó a ser conocido por un público amplio. O, en Una novela rusa, en la investigación que le lleva a seguir la pista de un interno en un manicomio, una trama que le sirve para tratar sobre su propia familia y una historia suya amorosa y fracasada. En El Reino, su última obra, busca al “adversario” en sí mismo: el Emmanuel Carrère que durante casi tres años, a comienzos de los noventa, se convirtió al catolicismo. En ese periodo el autor se casó por la Iglesia, bautizó a sus hijos y se hizo un hombre de misa diaria. ¿Cómo pudo pasar él, una persona culta, guionista y escritor conocido, por una experiencia así, inesperada, extrema y causante –perdida la fe–, de un sentimiento posterior de vergüenza? Fueron los años durante los cuales escribió la biografía de Philip K. Dick, Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos, un autor que está presente en bastantes momentos de El Reino, y que también se dejó llevar por lo visionario y lo místico. Carrère podría haber guardado silencio sobre esos años suyos de vida religiosa, pero, como he indicado, es característico de este autor, con experiencia en el psicoanálisis, orientar su escritura precisamente hacia aquello que resulte más incómodo o turbador, aquello que uno preferiría pasar por alto. El Reino, pues, empieza con una primera parte, que en sí misma ya es una novela, donde relata su conversión y la pérdida final de la fe, que es descrita como una enfermedad por la que ha pasado. Y a partir de aquí empiezan varios centenares de páginas de investigación sobre los primeros cristianos, un relato histórico que es a la vez una indagación personal, en un intento de comprender la raíz de aquella extraña “enfermedad”, tan presente en nuestro mundo. Carrère, que practica una escritura en primera persona, una literatura del yo, busca un “yo” entre los textos de los primeros cristianos que le sirva de asidero o punto de partida, y lo encuentra en el evangelista Lucas, un médico de habla griega, un hombre culto que se convierte en el acompañante de san Pablo. Igual que hizo Renan, en su descripción del personaje de Jesucristo y de los primeros cristianos desde el punto de vista de un no creyente –son interesantes los momentos en que Carrère trae las polémicas de Renan al libro–, El Reino reconstruye, a partir de los viajes de Lucas y Pablo, el origen de aquella religión. Lo hace con un tipo de escritura que combina la parte de estudio histórico con las reflexiones y experiencias del autor. El lector va descubriendo en estas páginas las rivalidades que existían entre las primeras comunidades cristianas, y es en particular ilustrativo en este relato el celo de algunos grupos judíos por evitar que su credo se convirtiese en algo de no circuncidados, esa universalización o catolicidad que se iba a producir, a la vez que lo judío se ponía de moda, por así decirlo, en el mundo helenizado.

Hay, de todos modos, un punto de vista que recorre el libro y que me resisto a compartir con Carrère. Es una objeción que quizá exceda los márgenes de lo que debe ser una reseña literaria, pero que debo traer aquí. Una y otra vez, implícita o explícitamente, Carrère contrapone la figura del creyente a la del descreído: hay que elegir entre creer o ser un hombre íntimamente desesperado, un irónico, un intelectual tan prepotente como desvalido, un ser perdido en su propia agudeza, alguien que tiene que acabar tumbándose con tristeza en el diván del psicoanalista. El autor no parece reconocer una zona alternativa, igual que hace san Agustín, a quien él mismo cita: o fe o pirronismo –es decir, el escepticismo más o menos nihilista–. Carrère parece pensar que Grecia sin las místicas orientales, como la de Jesucristo, es una vía incompleta, una lucidez ciega, un camino sin salida. Carrère prefiere el Corinto lleno de templos y prostitutas a la Atenas que escucha la predicación de san Pablo con total indiferencia. Frente a esta elección podemos preguntarnos: ¿por qué hay que presuponer que el respeto a la facultad racional no puede ser a un tiempo la vía de la compasión, de la atención al débil o de eso que hoy convenimos en llamar “amor”? No se trata de elegir entre fe y fracaso, sino entre fe y una fe mejor, no sectaria. En conclusión, El Reino es un libro admirable, inteligente e ilustrativo de principio a fin, siempre que uno sepa defenderse de su falacia. ~