artículo no publicado

La UEFA arruinó la Eurocopa

Mientras menos equipos más futbol: al incluir a 24 países, la calidad de la Euro se fue en picada.

Desde 1984, la Eurocopa había sido al Mundial lo que un espresso es a un americano de Sanborns. Hasta 1996, ocho equipos, divididos en dos grupos, batallaban por alcanzar la semifinal directa, en un torneo breve que enfrentaba a la crème de la crème de Europa. A diferencia del Mundial, cuyo caracter cada vez más incluyente resulta en partidos flojos o desiguales durante la fase de grupos, ver la Eurocopa era una delicia: su exclusividad garantizaba que, desde el arranque, la mayoría de los encuentros sería entre equipos de primer nivel. Basta echarle ojo al grupo A de la primera ronda de 1988, que incluía a Alemania, España, Italia y la Dinamarca de Laudrup y Elkjaer. Ni una sola combinación entre esos cuatro titanes daba un partido aburrido. Quien destacara sería un semifinalista fascinante.

A partir de 1996, y hasta el 2012, la Euro amplió la clasificación a 16 países, divididos en cuatro grupos, donde solo los dos mejores equipos alcanzaban los cuartos de final. En contraste con el Mundial, que en 1994 aún permitía que pasaran los mejores terceros de grupo a octavos, la Euro se distinguía por un nivel de futbol constantemente alto. Podemos quejarnos de que Grecia consiguió el campeonato de 2004 con una estrategia aburrida, pero sería injusto tildarla de chata o ineficiente. Tampoco tuvo un caminito a modo para llegar a la final. Los griegos le ganaron dos veces al anfitrión, empataron con España, eliminaron a la Francia de Zidane y, más adelante, a una República Checa intratable, con Baros, Koller y Nedved arriba. Campeones dignos sí fueron.

Qué diferencia con Portugal, una selección que calificó empatando con Hungría, Austria e Islandia (favoritos de la afición; maestros del jogo feito). Después de calificar como mejor tercero, Portugal nos sometió al partido más soporífero del torneo en ese empate a ceros con Croacia que Quaresma tuvo la piedad de concluir. Contra Polonia definieron otro partido guango en penales y en la semifinal rebasaron a un equipo galés sin Ramsey. Finalmente dieron su primer gran partido en la final contra Francia. Cinco empates al hilo, una victoria contra un equipo mediano y un partido heroico: con eso bastó para tener al ganador más deslucido en la historia de la Eurocopa. Y para sepultar las virtudes que durante décadas hicieron de la Euro un torneo tan reñido, especial y entretenido.

¿Qué pasó entre el 2012 y el 2016? La UEFA incluyó a 24 equipos en el torneo y abrió la clasificación a octavos de final, colocando a los mejores terceros en las llaves y permitiendo que pueda pasar a la siguiente fase un equipo con tres empates seguidos, como Portugal.  

La Euro y, desde 1998, el Mundial, son torneos que deben estar armados para premiar la consistencia más que la chiripa o la clasificación de panzaso. Calificar a la siguiente fase debe ser tan complicado como sea posible: solo así gozaremos de octavos, cuartos y semifinales entre los mejores equipos (salvo contadas excepciones, como Corea del Sur en el 2002: beneficiada por dos transas infames). No se puede evitar que una selección como Portugal clasifique a semifinales empatando en octavos y cuartos en tiempo regular, pero sí es posible que un equipo que jugó mal la primera ronda no levante el trofeo después de dos partidos de bostezo, una semifinal afortunada y 120 minutos estupendos. La solución es muy sencilla. En la mejor versión de la Eurocopa no habrían octavos y Portugal hubiera regresado a casa después de empatar por tercera vez consecutiva. Además, de cualquier manera hubiéramos disfrutado las sorpresas de Islandia y Galés, segundo y primer lugar de sus respectivos grupos. Lo contrario nos dio un torneo más largo pero mucho menos emocionante que las Euros anteriores. La culpa no es del portugués sino de la UEFA que lo hizo campeón.