artículo no publicado

La reina de Versalles

Un testimonio hilarante y patético que da cabal cuenta de la decadencia de un imperio americano que se niega a aceptar que ya no es billonario.

La cámara se detiene atentamente en cada detalle de la habitación: un piano, un perro disecado, un trono dorado –¿de oro?—. Un matrimonio –un viejo gordo y una rubia cuarentona siliconada— narran detalles de su vida en medio de esta grosera atmósfera de presunción. ¿Quiénes son, qué hacen aquí?

La respuesta llega de inmediato: el viejo es David Siegel y la rubia es su esposa, Jackie Siegel. David es el propietario y fundador de Westgate Resorts, la compañía número uno en ventas de tiempos compartidos del mundo… o al menos, la que solía encabezar el ramo. El documental narra el pináculo financiero de la familia Siegel, encarnado en una enorme construcción, su nueva casa: una réplica del palacio de Versalles enclavada en la zona más lujosa de Florida, con 90,000 pies cuadrados de extensión. La casa más grande de Norteamérica.

Todo marcha viento en popa: gastos excesivos, 75 millones de dólares –las cifras son tan exorbitantes que cuesta trabajo ponerlas en perspectiva— invertidos en la nueva mansión, un millón de dólares al año en compras de la señora Siegel. De la noche a la mañana, la burbuja que los Siegel habitaban, todo su emporio construido alrededor de ese pseudo fraude del tiempo compartido, se viene abajo con la crisis financiera de 2008 y 2009 que azotó a los Estados Unidos –el catarrito que se transformó en pulmonía mundial.

Es aquí donde el documental exhibe sus virtudes: la primera media hora es básicamente un recuento del mal gusto, de la nacada, de la ostentación de nuevo rico. Hay perros disecados, estampado de animales, senos operados, botox, niños caprichosos, decenas de personas al servicio de la familia, gordura. Pero al llegar la crisis también llega la mayor exploración: los Siegel comienzan a caer rápidamente –al menos en el tiempo cinematográfico— en una espiral de austeridad, recortes de gastos, despidos de miles de empleados y, finalmente, la necesidad de poner a la venta el símbolo máximo de su obscena fortuna: la réplica del palacio de Versalles.

Vemos mierda de perro por toda la casa, abandonada porque no hay servicio que la recoja; mascotas muertas por inanición o deshidratación; bruscos cambios de humor; miembros de la familia que se rehusan a ver que ya no son tan ricos. Todo enmarcado en la crisis norteamericana, en llamadas de teléfono estresantes y en banqueros inescrupulosos que, finalmente, solo cobran a millonarios inescrupulosos el dinero fácil que en algún momento les ayudaron a ganar. La reina de Versalles es un testimonio hilarante y patético a manos iguales que da cabal cuenta de la decadencia de un imperio americano que se niega a aceptar que ya no es billonario.

La Reina de Versalles se exhibe en Ambulante, gira de documentales, hoy en Cinépolis Diana y mañana en Cinépolis Plaza Carso.