artículo no publicado
Ilustración: Manuel Monroy

Rescatar la economía del neoliberalismo

El neoliberalismo y sus prescripciones habituales –siempre más mercado, siempre menos Estado– son, en realidad, una perversión de la ciencia económica.

Hasta a los más acérrimos críticos del neoliberalismo les cuesta definirlo. En términos generales, denota una preferencia por los mercados sobre el gobierno, por los incentivos económicos sobre las normas culturales o sociales y por la iniciativa privada sobre la acción colectiva o comunitaria. Se ha usado para describir un abanico amplio de fenómenos, desde Augusto Pinochet a Margaret Thatcher y Ronald Reagan, de los demócratas de Clinton y el Nuevo Laborismo británico a la apertura económica de China y la reforma del Estado del bienestar en Suecia.

Es un término “atrapalotodo” para cualquier cosa que huele a desregulación, liberalización, privatización o austeridad fiscal. Hoy lo denigramos habitualmente como un atajo para las ideas y prácticas que han producido una mayor inseguridad y desigualdad económica, que han llevado a la pérdida de nuestros valores e ideales políticos y que incluso precipitaron nuestra actual reacción populista.

Vivimos, aparentemente, en la era del neoliberalismo. Pero, ¿quiénes son los defensores y diseminadores del neoliberalismo?, ¿quiénes son los neoliberales? Es curioso pero casi hay que regresar a los primeros años de la década de los ochenta para encontrar a alguien que reivindique de manera explícita el neoliberalismo. En 1982 Charles Peters, el veterano editor de The Washington Monthly, publicó un ensayo titulado “Un manifiesto neoliberal”. Es una interesante lectura 35 años después, ya que describe un neoliberalismo que no tiene nada que ver con el actual que criticamos. Los políticos a los que Peters nombra como ejemplos del movimiento no son Thatcher y Reagan, sino Bill Bradley, Gary Hart y Paul Tsongas. Los periodistas y académicos que menciona son James Fallows, Michael Kinsley y Lester Thurow. Los neoliberales de Peters son liberales (en el sentido estadounidense de la palabra) que se han desprendido de los prejuicios que tenían a favor de los sindicatos y el gobierno grande y contra los mercados y el ejército.

El uso del concepto “neoliberal” explotó en los noventa, cuando se asoció a dos aspectos, ninguno de los cuales menciona Peters. Uno fue la desregulación financiera, que culminó en el crash de 2008 –el primero que experimentó Estados Unidos desde el periodo de entreguerras– y en la debacle del euro que todavía persiste. El segundo es la globalización económica, que se aceleró gracias a los flujos libres de las finanzas y a un nuevo y más ambicioso tipo de acuerdo comercial. La financiarización y la globalización se han convertido en las manifestaciones más visibles del neoliberalismo en el mundo de hoy.

Que el neoliberalismo sea un concepto resbaladizo y cambiante, sin ningún lobby explícito de defensores, no significa que sea irrelevante o irreal. ¿Quién puede negar que el mundo ha experimentado un cambio decisivo hacia los mercados desde los ochenta? ¿O que los políticos de centroizquierda –los demócratas en Estados Unidos, los socialistas y socialdemócratas en Europa– adoptaron con entusiasmo algunas de las creencias centrales del thatcherismo y el reaganismo, como la desregulación, la privatización, la liberalización financiera y la iniciativa privada? Buena parte de nuestra discusión sobre políticas contemporáneas sigue impregnada de normas y principios supuestamente basados en el homo economicus.

Pero la laxitud del concepto neoliberalismo significa también que su crítica a menudo yerra el tiro. No hay nada malo en los mercados, el emprendedurismo privado o los incentivos, cuando se aplican de manera adecuada. Su uso creativo está detrás de los avances económicos más significativos de nuestro tiempo. Mientras acumulamos críticas contra el neoliberalismo, nos arriesgamos a despreciar algunas de sus útiles ideas.

El verdadero problema es que la economía mainstream se convierte en ideología con demasiada facilidad, lo que limita las opciones que parece que tenemos, mientras que nos ofrece soluciones uniformes. Entender bien la economía que hay detrás del neoliberalismo nos permitiría identificar –y rechazar– la ideología cuando se camufla de ciencia económica. Y, lo que es más importante, nos ayudaría a desarrollar la imaginación institucional que tanto necesitamos para rediseñar el capitalismo para el siglo XXI.

Por lo común, se piensa que el neoliberalismo se basa en unos principios clave de la ciencia económica mayoritaria. Para apreciar esos principios, sin la ideología, hagamos un experimento mental.

Un reconocido y reputado economista llega a un país que nunca ha visitado y del que no sabe nada. Lo llevan a una reunión con los más importantes legisladores del país. “Nuestro país tiene problemas”, le dicen. “La economía está estancada, hay poca inversión y no hay crecimiento a la vista.” Lo miran expectantes: “Por favor, díganos qué debemos hacer para que nuestra economía crezca.”

El economista admite su ignorancia y explica que sabe muy poco sobre el lugar como para dar recomendaciones. Necesitaría estudiar la historia de la economía, analizar las estadísticas y viajar por el país antes de poder decir algo. Pero sus anfitriones insisten. “Entendemos su reticencia y desearíamos que tuviera tiempo para todo eso”, le dicen. “Pero ¿no es la economía una ciencia y no es usted uno de sus profesionales más distinguidos? Aunque no sepa mucho sobre nuestra economía, seguro hay algunas teorías generales y prescripciones que puede compartir con nosotros para guiarnos en nuestras políticas económicas y reformas.”

El economista está ahora en una encrucijada. No quiere imitar a esos gurús económicos a los que tanto ha criticado por diseminar sus consejos favoritos. Pero se siente retado por la pregunta. ¿Hay verdades universales en economía? ¿Puede decir algo válido (y posiblemente útil)?

Entonces comienza. La eficiencia con la que los recursos están distribuidos es un determinante crítico del rendimiento de una economía, dice. La eficiencia requiere alinear los incentivos de la producción doméstica y las empresas con los costes sociales y las prestaciones. Los incentivos a los que se enfrentan los emprendedores, inversores y productores son particularmente importantes para el crecimiento económico. El crecimiento necesita un sistema de derechos de propiedad y ejecución de contratos que asegure a quienes invierten que pueden conservar el retorno de sus inversiones. Y la economía debe estar abierta a las ideas e innovaciones del resto del mundo.

Pero las economías pueden descarrilarse por inestabilidad macroeconómica, continúa. El gobierno debe aplicar una política monetaria sólida, lo que implica restringir el crecimiento de liquidez al incremento de la demanda del valor nominal del dinero con una inflación razonable.

Tiene que asegurar una sostenibilidad fiscal, para que el incremento de la deuda pública no supere el ritmo de ingresos nacionales. Y debe aplicar una regulación prudencial de los bancos y otras instituciones financieras para evitar que el sistema financiero corra riesgos excesivos.

Ahora se está calentando. La economía no trata solo de la eficiencia y el crecimiento, añade. Los principios económicos también conducen a la equidad y las políticas sociales. La economía tiene poco que decir sobre cuánta redistribución debería buscar una sociedad. Pero sí nos dice que la base tributaria debería ser tan amplia como sea posible y que los programas sociales deberían diseñarse de una manera que no motive a los trabajadores a quedar fuera del mercado de trabajo.

Cuando el economista termina, parece que ha desplegado una agenda neoliberal completa. Un crítico en la audiencia habrá oído todas las palabras clave: eficiencia, incentivos, derechos de propiedad, moneda estable, prudencia fiscal. Pero los principios universales que describe el economista son en realidad muy indefinidos. Suponen una economía capitalista –una en la que las decisiones de inversión las toman los individuos privados y las empresas– pero no mucho más. Admite –es más, requiere– una variedad sorprendente de organización institucional.

Entonces, ¿el economista acaba de ofrecer un mamotreto neoliberal? Estaríamos equivocados si pensáramos así y nuestro error sería asociar cada concepto abstracto –incentivos, derechos de propiedad, moneda estable– con una contrapartida institucional. Y ahí yacen la arrogancia central y el fallo fatal del neoliberalismo: la creencia de que los principios económicos de primer orden se traducen en un único paquete de políticas, basadas en la agenda de Thatcher y Reagan.

Veamos los derechos de propiedad. Importan siempre y cuando distribuyen retornos a la inversión. Un sistema óptimo distribuiría derechos de propiedad a aquellos que hagan el mejor uso de un activo y los protegería contra aquellos que con mayor probabilidad expropiarían los retornos. Los derechos de propiedad son buenos cuando protegen a los innovadores de los free riders o polizones, pero son malos cuando los resguardan de la competencia. Dependiendo del contexto, un régimen legal que proporciona los incentivos apropiados puede parecer muy diferente del régimen estándar de derechos de propiedad privada, al estilo de Estados Unidos.

Esto puede parecer una distinción semántica de poca importancia concreta, pero el impresionante éxito económico de China se debe en buena medida a su heterodoxa experimentación institucional. China se abrió a los mercados, pero no copió las prácticas occidentales de derechos de propiedad. Sus reformas crearon incentivos basados en el mercado a través de una serie de acuerdos institucionales inusuales que se adaptaban mejor al contexto local. En vez de pasar directamente de la propiedad del Estado a la propiedad privada –lo que habría encontrado muchos obstáculos por la debilidad de las estructuras legales ya existentes–, el país se basó en formas mixtas de propiedad que en la práctica facilitaron más derechos de propiedad efectivos para los emprendedores. Las Iniciativas Locales y Municipales (o TVES, de Township and Village Enterprises), que impulsaron el crecimiento económico chino en los años ochenta, eran de propiedad colectiva y estaban controladas por los gobiernos locales. A pesar de que su propiedad era pública, los emprendedores recibieron la protección que necesitaban contra las expropiaciones. Los gobiernos locales tenían un interés directo en los beneficios de las empresas y, por lo tanto, no querían matar a la gallina de los huevos de oro.

China recurrió a muchas de estas innovaciones. Todas cumplían los elevados principios de nuestro economista, pero las organizaciones institucionales eran desconocidas. El sistema dual de precios, que mantuvo las entregas de grano obligatorias al Estado, pero permitió a los agricultores vender los excedentes en mercados libres, proporcionó incentivos del lado de la oferta, a la vez que aisló a las finanzas públicas del efecto adverso de la liberalización total. El llamado Sistema de Responsabilidad de la Economía Doméstica dio a los agricultores el incentivo de invertir y mejorar la tierra que trabajaban, mientras obviaba la necesidad de una privatización explícita. Las zonas económicas especiales proporcionaron incentivos a la exportación y atrajeron inversores extranjeros sin eliminar la protección a las empresas estatales (y, por lo tanto, salvaguardando el empleo doméstico). A la luz de estas desviaciones del proyecto ortodoxo, considerar las reformas económicas de China como un giro neoliberal, como los críticos suelen hacer, distorsiona más de lo que revela. Si llamamos a esto neoliberalismo, entonces deberíamos mirar con mayor generosidad las ideas detrás de una de las reducciones de pobreza más dramáticas de la historia.

Uno podría protestar y decir que las innovaciones institucionales chinas eran exclusivamente transicionales. Quizá el país tiene que converger hacia instituciones de estilo occidental para sostener su crecimiento económico, pero esta línea de pensamiento olvida la diversidad de acuerdos capitalistas que todavía hay entre las economías avanzadas, a pesar de que el discurso sobre las políticas sea homogéneo.

¿Qué son, después de todo, las instituciones occidentales? La importancia del sector público, por ejemplo, en el club de los ricos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) varía desde un tercio de la economía en Corea a casi el 60% en Finlandia. En Islandia un 86% de los trabajadores son miembros de un sindicato; en Suiza, en cambio, solo un 16%. En Estados Unidos las empresas pueden despedir a los trabajadores casi cuando quieran; las leyes laborales de Francia requieren que los empresarios pasen primero por varios aros. Los mercados de valores han crecido en Estados Unidos hasta representar casi 1,5 veces la renta nacional; en Alemania, solo son un tercio de eso, lo que representa la mitad de la renta nacional.

La idea de que todos estos modelos de impuestos, relaciones de trabajo u organización financiera son inherentemente superiores a otros se contradice con la suerte variable que cada una de estas economías ha experimentado en décadas recientes. Estados Unidos ha atravesado periodos sucesivos de angustia en los que sus instituciones económicas han estado por debajo de las de Alemania, Japón, China, y ahora, posiblemente, Alemania otra vez. En realidad se pueden obtener niveles comparables de riqueza y productividad bajo muy diferentes tipos de capitalismo. Deberíamos ir incluso un paso más allá: es probable que los modelos hoy prevalecientes estén muy lejos de agotar el alcance de lo posible (y deseable) en el futuro.

El economista visitante de nuestro experimento mental sabe todo esto y reconoce que los principios que ha enunciado necesitan detalles institucionales antes de que puedan ser operativos. ¿Derechos de propiedad? Sí, pero ¿cómo? ¿Moneda estable? Claro, pero ¿cómo? Quizá sea más fácil criticar su lista de principios por ser vacua que denunciarla como un mamotreto neoliberal.

Aun así, estos principios no están por completo libres de contenido. China y, en realidad, todos los países que consiguieron desarrollarse rápido demuestran su utilidad una vez que están adaptados de forma adecuada al contexto local. En cambio, muchas economías han acabado en la ruina gracias a líderes políticos que eligen violarlos. No hay más que mirar a los populistas latinoamericanos o los regímenes comunistas de Europa del Este para apreciar el significado práctico de la moneda estable, la estabilidad fiscal y los incentivos fiscales.

Por supuesto que la economía es algo más que una lista de principios abstractos, y en buena medida de sentido común. Gran parte del trabajo de los economistas consiste en desarrollar modelos estilizados de cómo funcionan las economías para luego confrontarlos con la realidad. Los economistas tienden a pensar que lo que hacen es refinar de modo progresivo su conocimiento del mundo: se supone que sus modelos mejoran cuanto más los testan y revisan con el tiempo. Pero el progreso en la economía ocurre de otra manera.

Los economistas estudian una realidad social que no tiene nada que ver con el universo físico de los científicos naturales, sino que está construida completamente por el hombre, es muy maleable y opera siguiendo diferentes reglas en el tiempo y el espacio. La economía progresa no adaptándose a un modelo correcto o a una teoría que responde a esas preguntas, sino mejorando nuestra comprensión de la diversidad de las relaciones causales. El neoliberalismo y sus remedios habituales –siempre más mercados, siempre menos gobierno– son de hecho una perversión de la economía mainstream. Los buenos economistas saben que la respuesta correcta a cualquier pregunta en economía es: depende.

¿Un aumento del salario mínimo reduce el empleo? Sí, si el mercado laboral es muy competitivo y los empresarios no tienen control sobre la remuneración económica que pueden pagar para atraer a los trabajadores; pero no necesariamente. ¿La liberalización del comercio aumenta el crecimiento económico? Sí, si aumenta la rentabilidad de las industrias donde se produce el grueso de la inversión y la innovación; pero no lo hace si no es así. ¿El aumento del gasto público aumenta el empleo? Sí, si hay grasa en la economía y los salarios no crecen; pero no de otra manera. ¿Los monopolios amenazan la innovación? Sí y no, dependiendo de una multitud de circunstancias del mercado.

En economía los nuevos modelos rara vez suplantan a los viejos. El modelo básico de mercados competitivos, que puede remontarse hasta Adam Smith, ha sido modificado con el tiempo para incluir, en un orden histórico aproximado, los monopolios, las externalidades, las economías de escala, la información incompleta y asimétrica, el comportamiento irracional y otras características del mundo real. Sin embargo, los viejos modelos siguen siendo tan útiles como siempre. Entender cómo funcionan los mercados reales requiere de diferentes lentes en diferentes momentos.

Quizá los mapas son la mejor analogía. Al igual que los modelos económicos, los mapas son representaciones muy estilizadas de la realidad. Son útiles precisamente porque abstraen del mundo real detalles que nos molestan. Un mapa a escala real sería un artefacto desesperadamente inútil, como mostró Jorge Luis Borges en un relato que sigue siendo una de las mejores y más sucintas explicaciones del método científico. Pero la abstracción también implica que necesitamos un mapa diferente dependiendo de la naturaleza de nuestro viaje. Si viajamos en bici, requerimos un mapa de las rutas de bicicleta. Si vamos a pie, precisamos de un mapa con los caminos a pie. Si se construye una nueva estación de metro, necesitaremos un mapa del metro, pero no tendríamos que tirar los mapas viejos.

Los economistas suelen ser muy buenos haciendo mapas, pero no lo son lo suficiente a la hora de elegir el que se adapta mejor a una tarea concreta. Cuando se enfrentan a preguntas sobre políticas –similares a las que se enfrenta nuestro economista visitante–, muchos de ellos recurren a modelos de referencia que favorecen el laissez-faire. Las soluciones instintivas y la arrogancia sustituyen la riqueza y la humildad del debate en el seminario. John Maynard Keynes escribió que la economía es la “ciencia que piensa en modelos unida al arte de elegir los modelos relevantes.” Los economistas suelen tener problemas con la parte del “arte”.

He ilustrado esto también con una parábola. Un periodista llama a un profesor de economía para preguntarle si el comercio libre es una buena idea. El profesor responde con entusiasmo que sí. El periodista entonces se hace pasar por un estudiante en el seminario que imparte el profesor sobre comercio internacional. Le hace la misma pregunta: ¿Es el comercio libre bueno? En este caso el profesor se bloquea. “¿Qué quieres decir con ‘bueno’?”, responde. “¿Y bueno para quién?” El profesor entonces hace una extensa exégesis que culmina en una declaración evasiva: “Así que si esta larga lista de condiciones que acabo de describir se cumple, y suponiendo que podemos gravar a los beneficiarios para compensar a los perdedores, un comercio más libre tiene el potencial de incrementar el bienestar de todo el mundo.” Si está de un humor expansivo, el profesor quizá añada que el efecto del comercio libre sobre el crecimiento a largo plazo de una economía tampoco está claro y que, en realidad, depende de un conjunto de requisitos.

Este profesor es muy distinto del que conoció el periodista anteriormente. Cuando lo graban, demuestra confianza en sí mismo, y no reticencias, sobre las políticas apropiadas. Solo hay un único modelo, al menos tal y como se entiende en la conversación pública, y solo hay una respuesta correcta con independencia del contexto. Es extraño pero el profesor considera que el conocimiento que imparte a sus estudiantes avanzados es inapropiado (o peligroso) para el público general, ¿por qué lo hace?

Las raíces de este comportamiento están en las profundidades de la sociología y de la cultura de la profesión de la economía. Pero un motivo importante de ello es el celo de mostrar las joyas de la corona de la profesión sin lacras –eficiencia de mercado, la mano invisible, ventaja comparativa– y protegerlas del ataque de bárbaros y egoístas, llamados proteccionistas. Desafortunadamente, es común que estos economistas ignoren a los bárbaros del otro lado del debate, a los financieros y las empresas multinacionales, que no tienen motivos inocentes y están más que dispuestos a secuestrar estas ideas para su propio beneficio.

Como resultado, las contribuciones de los economistas al debate público suelen estar sesgadas en una dirección, en favor de mayor comercio, más finanzas y menos gobierno. Por eso los economistas han desarrollado una reputación de cheerleaders del neoliberalismo, a pesar de que la corriente principal de la economía está muy lejos del panegírico del laissez-faire. En suma, los economistas que dejan que su entusiasmo por los mercados libres se desboque en realidad no están siendo fieles a su propia disciplina.

¿Cómo deberíamos entonces pensar sobre la globalización para liberarla del yugo de las prácticas neoliberales? Tenemos que comenzar a entender el potencial positivo de los mercados globales. El acceso a los mercados del mundo de bienes, tecnologías y capital ha desempeñado un papel importante en prácticamente todos los milagros económicos de nuestro tiempo. China es el más reciente y un poderoso recordatorio de su verdad histórica, pero no es el único caso. Antes de China, Corea del Sur, Taiwán, Japón y otros cuantos países no asiáticos como Chile y Mauricio vivieron milagros similares. Todos ellos acogieron la globalización en vez de darle la espalda y se beneficiaron enormemente.

Los defensores del orden económico existente son rápidos para señalar estos ejemplos cuando se cuestiona la globalización. Lo que no consiguen decir es que casi todos se unieron a la economía global violando las restricciones neoliberales. China protegió su gran sector estatal de la competición global, estableciendo zonas económicas especiales donde las empresas extranjeras podían operar con reglas diferentes que en el resto de la economía. Corea del Sur y Taiwán subvencionaron en gran medida a sus exportadores; el primero a través del sistema financiero, y el segundo, de incentivos fiscales. Cada uno terminó por eliminar casi todas sus restricciones a las importaciones, mucho después de que el crecimiento económico se estabilizara. Pero ninguno, con la única excepción de Chile en los ochenta bajo Pinochet, siguió la recomendación neoliberal de una apertura rápida a las importaciones. El experimento neoliberal de Chile produjo a final de cuentas la peor crisis económica de toda América Latina. Aunque los detalles difieren según los países, en todos los casos los gobiernos desempeñaron un papel activo para reestructurar la economía y aislarla de un ambiente externo volátil. Las políticas industriales, las restricciones en flujos de capital y los controles de divisas –todos prohibidos según el manual neoliberal– fueron desenfrenados.

Por el contrario, los países atrapados en el modelo neoliberal de globalización quedaron muy decepcionados. México es un ejemplo particularmente triste. Después de una serie de crisis macroeconómicas en los años noventa, acogió la ortodoxia macroeconómica, liberalizó ampliamente su economía y su sistema financiero, redujo de forma drástica las restricciones a las importaciones y firmó el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN). Estas políticas produjeron estabilidad macroeconómica y aumentos significativos del comercio exterior y la inversión interna. Pero donde cuenta, en la productividad global y el crecimiento económico, el experimento falló. Desde que aplicó las reformas, la productividad global de México se ha estancado y la economía ha estado por debajo de su nivel, incluso para los estándares poco exigentes de América Latina.

Estos resultados no son una sorpresa desde la perspectiva de la economía estable, sino otra manifestación más de la necesidad de que las políticas económicas se ajusten a los fallos a los que son propensos los mercados y se adapten a las circunstancias específicas de cada país. No hay un manual que sirva para todo.

Antes de que la globalización girase hacia lo que llamamos hiperglobalización, las reglas eran flexibles y conscientes de lo anterior. Keynes y sus compañeros veían el comercio internacional y la inversión como un medio para obtener objetivos económicos y sociales domésticos –pleno empleo y una prosperidad amplia– cuando diseñaron la arquitectura global económica en Bretton Woods en 1944. A partir de los noventa, sin embargo, la globalización se convirtió en un fin en sí mismo. La organización económica mundial está ahora motivada por un terco enfoque que busca reducir los obstáculos al flujo de bienes, capital y dinero a través de las fronteras nacionales, aunque no de trabajadores –donde en realidad las ganancias económicas habrían sido mucho más grandes.

Esta perversión de las prioridades se hizo evidente en la manera en que los acuerdos comerciales comenzaron a ir más allá de las fronteras y a rehacer instituciones nacionales. Las regulaciones sobre inversión, sanidad y seguridad, políticas medioambientales y promoción industrial se convirtieron en objetivos potenciales para su abolición; se pensaba que obstaculizaban el comercio exterior y la inversión. Las grandes empresas internacionales, consideradas al margen de las nuevas reglas, obtuvieron nuevos privilegios. Había que reducir los impuestos de sociedades para atraer inversores (o evitar que se fueran). Las empresas e inversores extranjeros obtuvieron el derecho de demandar a los gobiernos nacionales en tribunales especiales de arbitraje cuando los cambios de regulaciones domésticas amenazaban con reducir sus beneficios. En ningún lugar fue el nuevo acuerdo más dañino que en la globalización financiera, que produjo no un mayor crecimiento e inversiones, como prometía, sino una crisis dolorosa tras otra.

Al igual que la economía ha de salvarse del neoliberalismo, la globalización debe hacerlo de la hiperglobalización. Una globalización alternativa, que conserve el espíritu de Bretton Woods, no es difícil de imaginar: una que reconozca la multiplicidad de modelos capitalistas y por lo tanto permita a los países moldear sus propios destinos económicos. En vez de maximizar el volumen de comercio e inversión extranjera y armonizar las diferencias regulatorias, se centraría en las reglas de tráfico que manejan la interfaz de sistemas económicos diferentes. Abriría el espacio de políticas para los países avanzados al igual que para los que están en desarrollo: los primeros podrían así reconstruir sus contratos sociales por medio de mejores políticas sociales, de impuestos y del mercado laboral, los segundos podrían perseguir la reestructuración que necesitan para el crecimiento económico. Requeriría más humildad por parte de los economistas y tecnócratas respecto a las prescripciones apropiadas, y por lo tanto una mayor disposición a experimentar.

Como muestra el temprano manifiesto de Peters, el significado del neoliberalismo ha cambiado de manera considerable con el tiempo, y la etiqueta ha adoptado connotaciones más duras con respecto a la desregulación, la financiarización y la globalización. Pero hay un hilo que conecta todas las versiones del neoliberalismo, y es el énfasis en el crecimiento económico. Peters escribió en 1982 que este énfasis estaba garantizado porque el crecimiento es esencial para todos nuestros fines sociales y políticos: comunidad, democracia, prosperidad. El emprendedurismo, la inversión privada y la eliminación de obstáculos que bloquean el camino (como una excesiva regulación) son todos instrumentos para conseguir el crecimiento económico. Si hoy se redactara un manifiesto neoliberal similar, diría sin duda lo mismo.

Los críticos señalan que este énfasis en la economía degrada y sacrifica otros valores importantes como la igualdad, la inclusión social, la deliberación democrática y la justicia. Esos objetivos políticos y sociales obviamente importan mucho, y en algunos contextos son los que más importan. No pueden siempre, o ni siquiera a menudo, conseguirse a través de políticas económicas tecnocráticas; la política tiene que jugar un papel central.

Pero los neoliberales no se equivocan cuando argumentan que es más probable alcanzar nuestros ideales más queridos cuando nuestra economía es vibrante, fuerte y creciente. Se equivocan cuando piensan que hay una receta única y universal para mejorar el comportamiento económico. El fallo fatal del neoliberalismo es que ni siquiera acierta en los aspectos económicos. Debe rechazarse en sus propios términos por la simple razón de que es mala economía. ~

Traducción del inglés de Ricardo Dudda.

Publicado originalmente en Boston Review.


Tags: