“El editor debe estar comprometido con la literatura de su tiempo” Entrevista a Juan Casamayor | Letras Libres
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“El editor debe estar comprometido con la literatura de su tiempo” Entrevista a Juan Casamayor

Juan Casamayor (Zaragoza, 1968) ha ganado este año el premio FIL a la labor editorial por su trabajo al frente de Páginas de Espuma. “Ves la historia del premio, que es para toda la editorial, y te entra una especie de congoja”, me dice en su despacho, el día en que la editorial cumple dieciocho años.

¿Cómo ve ahora la trayectoria de Páginas de Espuma?

Si tuviera que resumir casi estas dos décadas sería en la coherencia y la militancia en torno a un catálogo que tiene un ideario en torno a dos orillas. Tenemos un trabajo consolidado no con la recuperación sino con la edición de cuentos completos de escritores universales que no estaban dentro de la bibliografía en español. No es tan importante que estén todos los cuentos de Chéjov, por ejemplo, como que estén ordenados cronológicamente. La otra orilla, que es con la que más me identifico, es la parte contemporánea y ahí se reproduce otra vez ese modelo de dos orillas: por un lado los autores consagrados y por otro los nuevos. El tiempo me ha permitido acompañar a mis autores, ser cómplice en el viaje de su obra.

Aunque también tiene ensayo, la gran apuesta es el cuento. ¿Por qué?

El editor ante todo es un lector. Yo soy muy lector de cuento. A finales de los noventa hay dos síntomas evidentes. Uno, que los grandes grupos quieren ser más grandes y hay una concentración de los monopolios editoriales que vivimos ahora en su máxima expresión. Pero también se produce la primera oleada de editoriales independientes más pequeñas que buscaron un resquicio en la mesa de novedades. Pienso en Lengua de Trapo, Minúscula, Acantilado, aunque Vallcorba venía de una trayectoria previa. Había editoriales de poesía y no había una de cuento. Se decía: “el cuento no vende”, pero pensamos que había un espacio. De pronto ciertos escritores nacidos en los sesenta estaban escribiendo libros de cuentos que trascendían y además reivindicaban ser cuentistas. Y ahí estaban Hipólito Navarro, Eloy Tizón, Mercedes Abad, Juan Bonilla, Carlos Castán, nombres que ahora son parte del canon y forman parte de una generación que ha hecho mucho por el cuento. Ha sido generosa al mirar hacia atrás a los escritores mayores y a los nuevos escritores que han venido.

¿Cómo ve el género del cuento ahora?

Hay un magnífico momento creativo. No solo en España sino en otros países. Hay varios factores. Uno es la entrada de editoriales más atentas al cuento, algunas muy especializadas como Páginas de Espuma o Menoscuarto. Hay editoriales independientes más sensibles a publicar libros de cuentos. Sería tonto no ver el trabajo que los grandes grupos están haciendo. Ven que un libro de cuentos puede venderse: que se lo digan a Alfaguara con Lucia Berlin. Otro factor es la eclosión de escuelas y talleres de escritura, y de la red y las nuevas tecnologías como intercambio de literatura de lo breve. Hay también fenómenos como el de escritoras españolas y latinoamericanas que a partir de una distorsión de la realidad crean un grado de lo fantástico. De Mariana Enriquez a Samanta Schweblin, de Vera Giaconi a Valeria Correa.

Hay muchos debutantes en el catálogo de Páginas de Espuma.

El editor debe estar comprometido con la literatura de su tiempo. En ese concepto de dos orillas que decía, hay una orilla muy extrema que se escenifica en publicar una vez al año a un autor que no ha publicado absolutamente nada. Fue el caso de Pablo Andrés Escapa, Javier Saénz de Ibarra, Mariana Torres, Valeria Correa Fiz. Otras escritoras son Inés Mendoza, Patricia Esteban o Isabel Mellado, que ahora va a publicar una novela en España en Alfaguara, lo que para mí es un sueño. La pasión que hay en un primer libro es maravillosa.

Hay autores importantes para la editorial, como Andrés Neuman o Clara Obligado.

La antología de Andrés, Pequeñas resistencias, fue fundamental, y también lo fue que decidiera darnos los cuentos a nosotros cuando era un escritor ya conocido. Muchos autores han sido muy cercanos: Clara Obligado, Fernando Iwasaki, Eloy Tizón o José María Merino, que siempre ha sido muy generoso con la editorial. O hay otros que han llegado más tarde pero son fundamentales, como Antonio Ortuño. El premio fue también una ocasión de ver el cariño de muchos autores, algunos de la editorial pero muchos no.

Hizo una apuesta por Latinoamérica cuando era poco común en editoriales de sus características.

El primer paso fue desde la ingenuidad absoluta y la lectura. Nos llegaban textos de autores latinoamericanos poco conocidos. Publicamos también a Guillermo Samperio, a Eduardo Berti, a Ana María Shua. Eso nos fue acercando a una realidad tan compleja como Latinoamérica. Descubrimos que además de esos escritores había lectores. Y detrás de los lectores había la posibilidad de contactar con librerias, distribuidores. Hay una palabra que es tópica pero útil: el puente. Los puentes se hacen desde dos orillas. No ha sido un enriquecimiento mío como editor sino como persona. Se lo debo a mis escritores latinoamericanos y especialmente a aquellos que viven aquí habiendo nacido allí. Se ha creado un compromiso latinoamericano que desde un punto de vista comercial supone una distribución en países grandes y pequeños en todos los diecinueve países, con presencia muy fuerte en México y en Argentina donde tenemos casa editorial.

Pensando en el taller del editor: ¿cómo es su relación con el texto? Tiene fama de intervenir en ese proceso.

El primer compromiso de un editor no pasa por vender y promocionar bien un libro. Eso lo tiene que hacer, para eso la editorial es una empresa. Pero la editorial también es un espacio lector. El autor debería exigir que un editor le lea muy bien el libro y que a partir de ahí se abra un espacio de diálogo, debate y sugerencias. Los autores no escriben libros, sino manuscritos. Y lo que lee el lector es un libro. Si los autores tienen a ese editor al lado que les puede hacer sugerencias, el libro acaba enriquecido. Ese espacio es muy necesario e, incluso para defender el libro, una editorial, sobre todo en el rango de una editorial de cuatro personas como la nuestra, debe haber alguien que viva el libro con tanta pasión como el autor.

¿Qué busca en un cuento y en un libro de cuentos?

Yo no publico cuentos ni libros con cuentos sino libros de cuentos. Cada texto debe funcionar de forma autónoma. Pero la autonomía se pierde cuando lo lees en forma de libros. Que un cuento sea el primero o el último es importante. Cuando leo tengo la mente más puesta en el libro de cuentos que en los cuentos. Me interesa la arquitectura, la estructura. Hay una sensación lectora casi indefinible: la conmoción, el deseo de participar, un contraste de emociones que me hace pensar que quiero publicar ese libro de cuentos. Luego hay apreciaciones técnicas cuentísticas y supracuentísticas.

¿Qué editores han sido sus referentes?

Lengua de Trapo, incluso en la estructura del nombre, aunque el nuestro viene de un verso de García Montero. Me gustaba el trabajo exquisito de Jacobo Siruela, aunque solo hemos podido hacer alguna cosa en esa línea al crecer y desarrollar músculo financiero. Alguna edición de Chéjov cuesta 40.000 euros: eso no podíamos hacerlo al principio. El mimo del libro lo aprendí con Delfín Seral en Clan Editorial: era un experto en la artesanía del libro. Jorge Herralde es un editor indispensable para entender la edición y una forma de mirar la literatura. Imagina una película de terror: de pronto desaparecen todos tus libros de Anagrama de tu biblioteca. Hay editores latinoamericanos que me han acompañado y ayudado mucho, como Gustavo Guerrero de Gallimard.

Si alguien de veinte o veinticinco años le dijera que quiere montar una editorial, ¿cuál sería su consejo?

Insistiría tres o cuatro veces para que no la montara, sobre todo para ver su estabilidad y seguridad emocional. La vida de un editor independiente es vocacional. La clave de este negocio es que en sí no es negocio. Si alguien viene a la edición a hacerse rico, mejor que se monte otra cosa. A veces te sientes al borde del abismo como editor, hasta en buenos momentos. Trabajas quince o dieciséis horas, haces labores sociales, hay un compromiso con tus escritores. Hay que sentirse cómodo en ese abismo. Enrique Redel, de Impedimenta, dice: sé dónde voy a estar el último viernes de mayo de 2025: en el Retiro, en la Feria del Libro. Por otro lado este es un trabajo apasionante y mucho más tranquilo que otras profesiones vocacionales.

Dígame tres libros de cuentos que no ha publicado pero le gustaría que estuvieran en Páginas de Espuma.

Me gustaría tener un título de Julio Cortázar. A veces se discute su magisterio, lo que me parece una auténtica estupidez. Me habría gustado publicar cualquier libro de Carlos Castán, un cuentista fundamental. Y, por decir una apuesta muy reciente, el libro de Vera Giaconi, Seres queridos. ~


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