Sergio Pitol (1933–2018) | Letras Libres
artículo no publicado

Sergio Pitol (1933–2018)

Ha muerto el más singular de nuestros narradores, el único capaz de entenderse, no sólo en ruso o en polaco, sino en todas las lenguas literarias y sus recovecos, con Gogol, Chéjov o Schultz.

No pertenecí al círculo de Pitol y nunca visité, por ejemplo, sus casas en Xalapa. Cuando lo llamé para felicitarlo por el Premio Cervantes, en 2005, a Sergio, exhausto al teléfono, ya se le notaban los prolegómenos de la afasia, pero charlamos un buen rato. Después lo saludé en casa de Juan Villoro, poco después en Bogotá en 2009, y más tarde, por última vez, en Xalapa en 2011 o 2012, cuando ya no era del todo claro que reconociese a las personas pero se resguardaba regalándonos a todos una amorosa sonrisa para esquivar ofensas y equívocos. Pero cuando Sergio regresó de su embajada en Checoslovaquia, en los años ochenta del siglo pasado, y se vino a vivir a La Conchita, no solo fuimos vecinos, sino también amigos. 

Me hablaba de lo indefensos que podemos estar ante el caos interior, y ante el mío me dio consejos prácticos invaluables. Además fue uno de los lectores, inclementes, del borrador de la única novela que me atreví a publicar, por fortuna. Me prefería leyendo a Goncharov que imitándolo y creyó en mí como crítico a pesar de no haber sido yo siempre del todo entusiasta ante sus primeros libros, que leí tarde, por razones de edad, para acabar cayendo rendido de admiración ante los últimos. Ha muerto el más singular de nuestros narradores, el único capaz de entenderse, no sólo en ruso o en polaco, sino en todas las lenguas literarias y sus recovecos, con Gogol, Chéjov o Schultz.

Recuerdo aquella época de mi vida, como lo escribí alguna vez, poblada de delirios y repeticiones, cuyo único orden, al menos en el tiempo, lo daban, a las seis de la tarde, Pitol y su perro Sacho. A esa hora salían a dar su paseo tomando la calle de la Higuera, que une la Plaza de la Conchita con el zócalo coyoacanense. La regularidad en el hábito recordaba, como es obvio, al Kant mistificado por Thomas De Quincey. Esa visión tranquilizadora me conducía hacia el bosque de Thomas Mann, pero también a Virginia Woolf y a Flush, su novela narrada por el perro de Elizabeth Barret Browning y a Evie, la perrita cuya aventura cuenta J.R. Ackerley en Vales tu peso en oro. Esa imagen cotidiana de señor y perro, al vivificarme, restauraba en mí una promesa de salvación, la ofrecida por un viaje alrededor del mundo en ochenta literaturas.