artículo no publicado

La vida entre libros

Un recuerdo familiar de José Luis Martínez, en el mes del centenario de su nacimiento.

Por muchos años, mantuvimos un diálogo franco y directo, mirándonos a los ojos, de persona a persona mucho más que de padre a hija. Recuerdo que esta relación seria, madura, comenzó cuando mi madre estaba ya muy enferma, y el ambiente en la casa era realmente angustioso para todos. Nuestra actividad principal era salir a caminar por las calles de la colonia Anzures, donde vivíamos, generalmente después de comer, cuando las buenas influencias lo conminaron a no seguir saliendo de noche, después de la cena. En esas caminatas conversábamos poco, pero con naturalidad. En general, con mi padre no podía uno lanzarse a platicar en desorden, y mucho menos exagerar en las opiniones o críticas, pero le divertían ciertas narraciones, en particular de películas. Decía que prefería que se las contáramos a verlas. La verdad es que en materia intelectual, en casa había un control estricto. Muchas palabras estaban desaconsejadas, y el rigor era grande en materia de redacción, aun oral, ¡no se diga si yo intentaba hablar de algún autor o libro!

Me enseñó a escribir correctamente, lo que significaba limpiar los textos de todas las palabras que sobraran, simplificar la sintaxis, buscar la limpieza del propósito y darle siempre un lugar al gusto por el detalle significativo y las historias “curiosas”. Había que buscar en todo lugar la precisión: cada palabra, cada mención, cada adjetivo debían estar justificados. A la fecha, aunque cada quien haya alcanzado su estilo propio, con sus cualidades y defectos, la buena redacción es asunto de honor en la familia. Logramos exitosamente erradicar algunos vicios, como comenzar una frase con “Fue así como”, “Fue entonces cuando...”; todavía peor, hablar de “evento” por decir acto, ceremonia; artista en vez de actor o actriz; el uso inapropiado de los gerundios (difícil, dada la escuela francesa de mi hermano Rodrigo y mía); decir “hubieron” en vez del invariable “hubo”. Ese rigor paterno, que alcanzaba todos los ámbitos vitales, a favor de un estilo personal refrenado, enemigo de la espontaneidad y la exuberancia, tuvo muy larga cola, pues a la fecha me corrige aún expresiones e intenciones, verbales y mentales. Me llega a la mente el dicho de Talleyrand que repetíamos siempre: Surtout, pas trop de zèle, que podría traducirse como “Evita ante todo el excesivo entusiasmo”.

Cuando tenía yo unos veinticinco años hice para él, como director de la Academia Mexicana de la Lengua, la edición de un manuscrito sobre hongos comestibles que dejó en la propia Academia el poeta José Juan Tablada y publicó el FCE. Yo había regresado a vivir a la casa y fueron muy buenos años para mí. Trabajaba en mi recámara, y él me guio a cada paso y corrigió la introducción numerosas veces: fue mi gran escuela.

Por muchos años me dio a leer todo lo que escribía, y me pedía que le señalara posibles errores o imprecisiones. Yo creo que ese fue el terreno en que mejor se expresó nuestro cariño. Él también leía mis escritos, era generoso en sus observaciones e incluso alguna vez citó unas líneas mías que le gustaron en una conferencia que dio en Tlaxcala, estado cuya historia indígena concentró mis trabajos por muchos años. Y trabajé con él cuando preparaba su edición de documentos cortesianos, leyéndole de corrido (¡y más de prisa, por favor!) la copia de las actas originales del proceso de Cortés.

En la casa, el rigor intelectual se combinaba con una absoluta libertad en materia de lecturas. Había algunos libros tenebrosos, aunque de interés literario, cuya existencia desde luego registramos. La sexualidad inherente a la literatura era aceptada con respeto. Incluso desviaciones acusadas, como el amor declarado de Paul Léautaud por su madre, eran vistas con indulgencia por el cariño que sentíamos hacia el autor. Otra cosa era la mala literatura. De niña tuve que sufrir el prolongado escarnio paterno por haber manifestado mi entusiasmo por las Memorias de un asno, de la Comtesse de Ségur, lectura juvenil francesa.

A lo largo de los años íbamos coleccionando expresiones favoritas, literarias o de los idiomas. Le gustaba a mi papá eso de la arabesque folle: el garabato que la nieta o nieto de Victor Hugo dejó en algún escrito del abuelo; le referí esa historia contada por el propio Hugo, para disculparme por haber dibujado alguna vez en sus propios manuscritos. Otra expresión que le gustaba era Grosse et grasse et bien gentille, que mi papá recogió cuando vivimos en Francia, y que corresponde más o menos a lo que yo recibía si me veía gordita: “¡La veo repuestita!” Y cuando era niña todavía, alguna vez me senté en la mesa y, al ver lo que tocaba para esa comida, exclamé: Maigre repas! (“¡Magra comida!”) –expresión de influencia literaria que también fue celebrada.

Lo acompañé a numerosos viajes, sobre todo a España. Era sumamente aguantador y estoico, y sabía gozar de las buenas comidas y la buena compañía. Compartíamos un humor sutil, con ese nacionalismo de las familias que describió Proust. Mis hermanos y nuestros hijos mayores aprendieron a apreciar sus expresiones: una mujer “piernuda”, “¡No sea lisa!” (expresión peruana que significa impertinente); “Nomás se peinó y se vino”, “una manita de gato”, “cuchillito de palo”; y actividades extrañas, como “separarnos las costillas” cuando éramos niños, muy necesario aunque poco recordado procedimiento.

En nuestra larga adolescencia y juventud, en las noches y los fines de semana, al circular por la casa escuchábamos la música de mi papá. Mucho Bach, los otros clásicos, cantos gregorianos, Radio UNAM y XELA, y los numerosos discos que le llevaba mi hermano José Luis. Mi papá había traído del Japón –país de nuestra predilección– discos maravillosos: ¡transparentes y rojos! de música clásica japonesa –koto y shakuhachi– que escuché infinitas veces.

Nos enseñó algunas canciones. En los viajes en coche cantábamos Pénjamo. Con paciencia, nos hacía entonar correctamente cada sílaba. Una de sus canciones favoritas era la Japonesita, que hacía cantar a Pegüa, Perpetua, la mujer de Max Aub:

Una geisha mimada fui
de un grandísimo emperador. […]

Era un príncipe heredero,
¡era un muchacho encantador!

 Una noche de claro azul
[…] le dijo así:
Japonesita ven,
que quiero yo libar,
los dulces ósculos de miel,
que tu boquita sabe dar.
Por conquistar tu amor
mi patria olvidaré.

Es la parte que me sé. Claro que discutimos al detalle eso de “los ósculos”, y aquello de “libarlos” nos parecía horrible y nos divertía mucho.

De niña, entraba a mi cuarto a desearme las buenas noches y me persignaba. También en la infancia visitamos iglesias, poco, sobre todo el día de año nuevo, pero me gustaba salir con él a caminar. El estilo consagrado era con las manos unidas en la espalda. Se creaba en torno a él orden y serenidad, no desprovistos de humor.

De regreso de París, donde permanecimos dos años, hacia 1966, vivimos por unos meses en una casa en medio de un auténtico parque en San Jerónimo, que nos prestaron nuestras amigas las Misrachi, Ana y sus hijas Ruth y Aline. De ahí caminábamos a la iglesia del barrio, lo mismo que más tarde en la colonia Anzures, o en el centro de la ciudad, cuando visitábamos las cenizas de mi madre en las criptas bajo la Catedral.

Era hombre de expediciones razonables, como la de ir a la Catedral y después a la fonda de don Chon o alguna otra visita culinaria semejante, que yo temía. Otra salida a pie que se produjo con regularidad a lo largo de décadas fue para votar. Le molestó mucho no poder hacerlo en las elecciones del 2 de julio del 2006, cuando estaba en el hospital.

Una época divertida en la casa de Rousseau 53 fue cuando tuvimos perro. La amiga de mis papás Maka tuvo a bien regalarnos uno ya crecido o mayor, de mal carácter, llamado Peter, de raza “pelo de alambre”. Nadie en la casa tenía la menor familiaridad con los perros. Después de la comida nos atrevíamos a salir al jardín, donde Peter nos enfrentaba gruñendo. Entonces mi papá se sentaba en una rotondita al pie de una jacaranda cercana y atrapaba no sin valentía las piernas delanteras de Peter, al que hacía entonces caminar hacia adelante y hacia atrás unas cuantas veces. ¡Peter gruñía, pero bien que se dejaba! Esa ceremonia fue el único vínculo que tuvimos con el “pelo de alambre”, que partió en algún momento.

Los domingos eran días de ordenar la biblioteca: los libros pesan mucho y los espacios de la amplia casa estaban en permanente redistribución. En una época remota tuvimos un mozo legendario, Daniel, antiguo seminarista, que debió ayudar. Pero por largos años éramos nada más nosotros ayudados por las empleadas domésticas, y claro, los jóvenes y luego no tan jóvenes huíamos de esa pesada tarea. Recuerdo una de las últimas que me tocaron: subir por la larga escalera redonda con JLM la serie completa de los libros del Colegio Nacional y ordenarlos (alfabéticamente, por autor) sin el menor error o indulgencia.

Los libros de la biblioteca de José Luis Martínez eran tantos que no cabían, por lo que en muchos estantes estaban demasiado apretados: sacar uno, meter otro era incómodo, y de hecho haciendo eso mi papá se lastimó el dedo índice, que le quedó ligeramente desviado. En esas tareas perdió también un músculo del brazo, le quedó contraído, fuera de lugar.

Cuando ya era bastante mayor y tenía una movilidad limitada, no quiso por largos años contratar a un ayudante, diurno o nocturno. Se quedaba solo hasta las dos, tres de la mañana, cada día en su biblioteca. Una vez se subió en una silla para acomodar algún libro, se cayó y se lastimó la cadera, por lo que regularmente le dolía la cintura. Años después, ya anciano, cayó en la madrugada de lado, sobre su mano derecha, y quedó con todo su peso sobre ella hasta que lo descubrieron al día siguiente. Hubo el peligro de que no pudiera escribir más. No ocurrió, pero su letra se fue haciendo indescifrable.

Siguió siendo callado, discreto y afable hasta sus últimos días. Guardó sus afectos, simpatías y antipatías definidas hasta el final. Nunca pudo ser manipulable, al menos por nosotros, aunque era abierto a lo nuevo que le sonara bien.

Se quedaba sentado mirando por la ventana del “invernadero” donde pasaba la mayor parte del día. En la transparencia del aire y los cristales veía ensoñaciones: un caballo con su jinete cabalgando. Yo le pregunté: “Cómo, ¿tipo ranchero o tipo cowboy?” Y me contestó que más bien lo primero.

 

Una versión de este texto fue publicada en Reforma en 2008.