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Entrevista con Laurence Rees: “Cuando hayan muerto todos los que vivieron el Holocausto habrá muchas más teorías enloquecidas”

El historiador británico, autor de libros y documentales sobre el Holocausto, reúne testimonios en El Holocausto. Las voces de las víctimas y los verdugos (Crítica).

Laurence Rees (1957) es autor de varios libros y documentales sobre los crímenes cometidos durante la Segunda Guerra Mundial, como El holocausto asiático, El oscuro carisma de Hitler y Auschwitz, los nazis y la solución final. Fue director creativo de los programas históricos de la BBC. Su libro más reciente es El Holocausto. Las voces de las víctimas y los verdugos (Crítica), un compendio de un trabajo de décadas, en buena medida construido a través de entrevistas con nazis que cometieron atrocidades y con judíos que las sobrevivieron.

Durante mucho tiempo en el Holocausto se hablaba del debate entre intencionalistas y funcionalistas. Usted, en su libro, muestra la improvisación, cómo los nazis van cambiando de estrategias.

Queremos pensar, como en las películas de atracos, que hay un genio criminal que intriga y planea. Queremos creer que este crimen terrible funcionó del mismo modo. Pero la vida no es así. En este caso tenemos una visión: Ya en 1921 Hitler dice que la cuestión judía es la cuestión esencial para el nacionalsocialismo y que solo se puede resolver mediante la fuerza bruta. Lo que formó la solución a este “problema”, de este problema que en realidad no era tal, cambia con el tiempo y las circunstancias y evoluciona de muchas maneras.

Había antisemitismo en muchos países. En Rusia se habían producido pogromos terribles. Alemania, en principio, no parecía el lugar más peligroso.

Uno de los peligros de la historia es que sabemos lo que pasó y lo leemos con una especie de inevitabilidad histórica. Pero en 1928 los nazis solo obtuvieron el 2,6 % del voto, Hitler había sido líder ya 7 años. Sin la catástrofe económica, sin el crack del 29, sin los nazis en el poder, no habría habido Holocausto, aunque la historia contrafáctica es peligrosa. Había gente que pensaba que los judíos no eran verdaderos alemanes, que eran responsables de todos los problemas de la industrialización. Luego estaban las ideas de la eugenesia y el concepto de que la sangre judía era peligrosa. Y también la idea del chivo expiatorio de la Primera Guerra Mundial. La derrota en la guerra y el miedo al comunismo hicieron que un grupo de gente todavía pequeño viera a los judíos como un problema. Pero no era en modo alguno inevitable.

Hay un momento en el que dice: Sin Hitler no hay Holocausto.

Es una frase de mi mentor, Ian Kershaw. Había precondiciones y amenazas, pero como individuo Hitler tiene un nivel de odio casi patológico (aunque deberíamos evitar esas caracterizaciones). Sin duda era un hombre que había sucumbido a la visión de que los judíos son peligrosos. Y es alguien excitado por lo radical. Hay un momento en el que dice: “Mis generales deben ser como bulldogs atados, que tiren de la cadena”. Un nazi me dijo: “La vida es muy aburrida. No haces nada y te mueres sin hacer nada ni épico. Pero en esa época sí que lo hacíamos”. Y no se refería al Holocausto necesariamente, sino a crear un imperio, revolucionar un país. Hay un empuje dinámico, radical, en todo esto que era muy atractivo para mucha gente.

Hitler es el último responsable, pero al mismo tiempo dejaba bastante libertad a sus subordinados.

No era un jefe que estuviera encima de las cosas. Como me dijo un historiador, hay que entender que era alguien preocupado por la big picture. Lo más significativo es su instrucción a los Gauletiers, los líderes de las zonas ocupadas: “Espero que en diez años los territorios estén germanizados, pero no os preguntaré cómo”. Esto es algo liberador para ellos, porque saben que todo vale, cualquier cosa está permitida. Nunca les dirá: “Habéis sido demasiado brutales”, a menos que haya una razón política. Pero su instinto, por otro lado, siempre va en esa dirección. Lo que no le gusta es que la gente quiera contenerlo.

En el libro, muestra la importancia de los experimentos de la eutanasia en el desarrollo de la tecnología en parte del Holocausto.

Es fundamental. La mayoría de la gente no se da cuenta de que los primeros en morir en Auschwitz por gas venenoso no fueron asesinados porque eran judíos. Se los llevaron en el verano del 41 en el programa de eutanasia, y fueron llevados y gaseados a un hospital mental, Sonnenstein. Eran prisioneros rusos. En la mentalidad nazi hay muchos enemigos. Los judíos siempre eran para ellos los más peligrosos, pero tenían varios objetivos.

Al principio, los nazis ocultaron el exterminio. Al final, lo utilizaron para implicar a otros países, para evitar que los aliados se fueran: si lo sabían, se convertían en cómplices del crimen.

Cuando Goebbels escribe sobre Horthy dice esto exactamente. Una vez están implicados tienen que continuar hasta el final, porque su crimen es horrible. Esto significa que los nazis saben que están cometiendo un crimen, saben que hacen algo horrible y que el mundo les hará responsables. De lo contrario, ¿por qué ocultarlo y luego diseminar la idea entre los líderes?

También parece que otros países podrían haber hecho más. En varias ocasiones, pero un momento clave es la conferencia de Évian sobre los refugiados judíos, en 1938, donde no se alcanzó ningún acuerdo.

Claro. Pero cuanto más sabes más complicado resulta. Con Évian, lo miras y piensas que es terrible que los países no admitieran grandes números de judíos. Pero nadie sabía lo que estaba pasando, necesariamente. Otros temían que países como Polonia dijeran: “Ah, ahora aceptad a nuestros judíos.” Había antisemitismo también en otros países. Era un problema increíblemente complejo.

También son complejas las razones por las que en algunos países se salvó un mayor porcentaje de la población judía. En Dinamarca, por ejemplo, se ha hablado del heroísmo de la población, aunque también hubo otros factores.

Un elemento crucial de los daneses es que para ellos los judíos eran daneses, estaban asimilados. En los años treinta los daneses no aceptaron muchos judíos. En la mayoría de los países había una diferencia entre los judíos naturales del país y los refugiados. Por ejemplo en Francia. También en Grecia. Muchos judíos griegos murieron aunque no había una gran tradición antisemita y los griegos intentaron ayudarlos. Por mucho que intentemos entender la cultura individual de estos países, uno de los elementos cruciales es cómo querían los alemanes echarlos del país. En Dinamarca, no quisieron perseguir a los judíos que escapaban. Pensaba que era una forma de librar al país de judíos. Improvisaban, dependiendo de cada situación individual. También es muy importante la facilidad. En Grecia uno de los factores es que muchos judíos estaban concentrados en Salónica. Y también el momento. Piensa en Bulgaria, por ejemplo. Me decían: ¿cómo no cuentas que salvamos a los judíos? Y es cierto: hubo protestas. Pero eso fue después de Stalingrado, cuando estaba claro que los alemanes estaban perdiendo la guerra. Y en áreas que ocuparon los búlgaros participaron en la persecución y deportación. Era una especie de truco. Si te fijas en la Gran Bulgaria, los búlgaros se comportaron muy mal con esos judíos de esas zonas. Y cuando el país perdió esos territorios y está claro qué va a pasar en la guerra, no deportan a grandes cantidades de judíos búlgaros y fingen después de la guerra que se han portado bien. Es reprochable. Pero ves por qué lo hacen. Horthy es otro personaje que no ha recibido la crítica que merece. Tras la guerra tuvo una vida estupenda, en Portugal, con sol y vino, y es alguien que tuvo una responsabilidad política. No lo movía la compasión, sino la política. Hitler era un fanático ideológico mientras que estos eran pragmáticos. En el caso de los húngaros, ves además que los nazis tenían la fantasía de que los judíos eran más peligrosos cuanto más cerca del frente estaban. Los noruegos más que los daneses, los griegos más que otros. Es muy difícil de entender. Hay que penetrar la mentalidad de los nazis, que es fantasiosa y corrupta, que busca siempre pruebas circulares. Es un círculo donde una falsedad confirma otra.

Auschwitz es el símbolo del Holocausto. Pensamos menos en las masacres con bala cometidas por las Einsatzengruppen o los campos de la operación Reinhard –Treblinka, Sobibor, Belzec–, donde se asesinó a muchísima gente, utilizando con un número muy pequeño de guardias.

Treblinka era un campo puro de muerte, Auschwitz tenía más funciones pero nunca fue solo un campo de exterminio. Treblinka es una pura factoría de la muerte. La idea de que tenías el 99% de posibilidades de estar muerto a las pocas horas de llegar es una de las cosas más horribles que el ser humano ha creado nunca. Treblinka encarna la idea de morir nada más llegar. Fue destruido por los nazis. No quería ser permanente: era montarlo, matar a la gente e irse. Y es un área muy pequeña. No sabemos cuánta gente murió. ¿Ochocientas mil personas? Otros dicen que novecientas. Se necesita muy poco espacio si matas tanto. Los que ocupan sitio son los vivos.

En el libro analiza documentos, pero sobre todo entrevista a mucha gente. Entre ellos hay víctimas y verdugos.

Fue la oportunidad de conocer a esta gente lo que me interesó. Nunca quise ser un académico. Cuando entré en la BBC pude hacer documentales y empecé a conocer a exnazis, sobre todo al principio gente que trabajaba con Goebbels. Era gente que no solo estaba en la historia sino que a menudo eran educados, encantadores y en la mayor parte de los casos no estaban arrepentidos. Esto me asombró, imaginaba algo muy diferente. Y tuve suerte, porque mi interés se produjo cuando estas personas eran mayores pero todavía estaban bien, jubilándose. Al caer el muro de Berlín se abrieron archivos con documentos y sobre todo la posibilidad de hablar con gente. La vida opera con el azar. Yo no podía haberlo planeado.

Una posición durísima es la del Sonderkommando, el prisionero obligado a trabajar en las cámaras de gas. También habla con varios de ellos.

Uno de ellos, Toivi Blatt, cambió mi vida. No puedo pensar en un ser humano que afrontara elecciones más difíciles. Trabajaba en Sobibor y afeitaba la cabeza a mujeres antes de que fueran gaseadas. Y vivía con eso. Me contó: “Era un adolescente y decía: me despertaba cada día y quería sobrevivir ese día. Y al día siguiente lo mismo”. También: “He aprendido que nadie se conoce a sí mismo. Conoces a alguien que puede ser amable y simpático, te sonríe en la calle, pero en otras circunstancias podría ser un sádico. Gente que creía que era fuerte moría deprisa y no podía, y otros que parecían débiles sobrevivían más. No podía predecir. No sabemos de lo que somos capaces.” Y creo que esto es un elemento central.

Frente al mito de la falta de resistencia, usted escribe sobre rebeliones e insurrecciones.

Esta idea la he oído sobre todo en Israel y a otros judíos. Una mujer que había estado en Auschwitz fue a un kibbutz en Israel y allí la gente le decía: “sois un mal ejemplo, no queremos judíos que vayan como corderos al matadero”. La injusticia de esa frase es increíble. En el caso de Blatt, pude hablar con él porque tomó parte en la rebelión en Sobibor, con Samuel Willenberg porque participó en la revuelta en Treblinka. Hubo otra rebelión en Auschwitz, por no hablar de la insurrección del gueto de Varsovia. Hay muchos ejemplos de judíos que lucharon. Pero tenemos la imagen de los que llegan y son gaseados. Estamos hablando también de gente mayor, de mujeres y niños pequeños, tras vallas electrificadas y con ametralladoras apuntando hacia ellos. Y están aturdidos y asustados. Quería desmontar en la medida de mis posibilidades ese mito.

¿Cómo encontró a los personajes que entrevista?

Nada habría sido posible si no hubiera trabajado para la BBC durante treinta años. Ninguna emisora comercial habría tenido los recursos. Es mucho más fácil y barato hacer concursos. Era una cuestión de servicio público, así pudimos pagar por el periodismo. No es que nos pagaran mucho sino que teníamos tiempo y dinero para hacer periodismo. Costó mucho tiempo encontrar a Oskar Gröning, uno de los guardias en Auschwitz, y convencerlo de que hablara. Todos sabían lo que hacíamos, no mentíamos, no decíamos: “Este es un programa de jardinería”. En la BBC trabajas con estrictas reglas y regulaciones éticas. No tiene sentido entrevistar a alguien si no está dispuesto a ser honesto. Y luego hay que comprobar que lo que dice es cierto. Te pueden llevar por mal camino, la historia es un campo de minas que requiere mucha investigación. Una vez alguien fingía haber sido un perpetrador pero en realidad había sido cocinero en el ejército. Hay mucha gente rara. Fue un trabajo enorme. Si hubiera sido solo un autor, no sé cómo lo habría hecho. Fue la gran bendición profesional de mi vida.

También escribe sobre el genocidio de los sinti y romaníes.

Desde un punto de vista analítico es muy importante. Cómo los trataron los nazis muestra su crueldad y también su locura. Creían que cuanto más pura fuera su sangre, menos peligrosos eran. Pensaban que podían ser arios, pero si tenían la sangre contaminada eran peligrosos. Era una búsqueda absurda de sangre gitana. No podían emplear una definición religiosa, que al final usaban con los judíos, aunque en principio fuera una cosa de raza. En su propio mundo vivían en una contradicción. Miden a los gitanos, les hacen cuestionarios. ¿Por qué deciden matar a todos los gitanos de Auschwitz? Me parece, viendo algunos documentos, que había más gente que quería “tratar con los gitanos” que con los judíos, porque había un prejuicio tradicional, había gente que no quería que estuvieran allí. Pero Hitler no menciona a los gitanos en Mi lucha. No tiene sentido ni en sus propios términos.

A veces no queda claro cuándo empiezan los aliados a saber lo que estaba pasando, o si no querían verlo.

En diciembre 1942 los aliados anuncian que se está exterminando a los judíos. Y dicen que perseguirán a los que lo hacen. Auschwitz no se conoce hasta el verano o la primavera del 44. La cuestión más amplia es qué se quiere hacer. Mi opinión es que la respuesta es no mucho, pero esa no es la razón por la que no lo hicieron. La razón por la que los aliados no bombardearon Auschwitz o las líneas que lo conectaban no es que pensaran que no serviría de nada sino porque no era una prioridad. Si hubieran matado a prisioneros de guerra aliados, quizá habrían actuado. La importancia de esa intervención que no se produjo está relacionada con el mito central: la idea de que necesitas cámaras de gas para matar a mucha gente. Eso simplemente es falso. Matan a más gente en un fin de semana en el Festival de la Cosecha en Majdanek, disparando, que en Auschwitz en cualquier fin de semana. Habrían fusilado a la gente. No es una cuestión de métodos. Si los aliados hubieran bombardeado Auschwitz, los nazis podrían haber asesinado de otra manera. Y esto en todo caso se produce cuando el Holocausto estaba ya muy avanzado. Es un falso argumento. Pero los documentos muestran, en el lado estadounidense, y también en los británicos, al menos una despreocupación a la hora de hacer algo práctico para impedir esto o intentar no hacerlo.

Ben Gurion les reprocha: ¿qué habrían hecho si hubieran sido sus conciudadanos?

Y tenía toda la razón. Ha cambiado mucho la actitud, incluso en mi propia vida, sobre razas y sexos. Pensábamos que solo los nazis eran así. Pero había antisemitismo en Gran Bretaña, existía un racismo horrible en países aliados. No lo equiparo, pero había una cultura muy distinta a la nuestra. Hitler admira el control británico de la India. ¿Cómo funcionaba, que un grupo relativamente pequeño de europeos controlara un país de tantos millones de personas? Y él dice: “es racial”.

Después de la Segunda Guerra Mundial hubo países donde se tardó mucho en hablar del Holocausto. El ejemplo paradigmático es Francia. Más tarde, se vio como el acontecimiento que definía el siglo XX. Cada vez quedan menos testigos. ¿Le preocupa cómo pueda afectar la memoria de la Shoah?

Me preocupa mucho. Trabajo con la Holocaust Education Trust, tienen supervivientes que van a escuelas. Es como tocar la historia, nadie puede negarlo. ¿Qué haremos cuando ya no estemos aquí? Cuando dirigía historia en la BBC hice muchos programas, pero también supervisaba otros como el de Cortés en México. Y la historia es muy diferente si puedes hablar con quienes lo vivieron. Cuando todos estén muertos habrá más teorías enloquecidas, será más difícil conservar la memoria, va a ser muy difícil. Hay un problema real. Y esta es una de las razones por las que quería escribir este libro.