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Imagen: Hawthornden Castle, near Edinburgh, de Alexander Nasmyth

Shakespeare no estuvo en Hawthornden

En las afueras de Edimburgo, se localiza un castillo en el cual el conde William Drummond de Hawthornden, inventor y poeta, fue anfitrión de algunas de las grandes figuras de la cultura del siglo XVII.

En las afueras de Edimburgo, sobre las suaves lomas de Midlothian, se localiza un castillo del siglo XIII, adquirido en el siglo XVII por el conde William Drummond de Hawthornden. Inventor y poeta, llegó a ser conocido en el medio literario por su pluma educada y calidez como anfitrión en su magnífica propiedad, a pesar de haber sufrido una terrible pérdida amorosa que ensombreció su carácter. La zona tiene enorme valor arqueológico e histórico para los escoceses. Aquí se ocultaron a fines del siglo XIII junto con algunos seguidores William Wallace y Robert the Bruce, quienes luchaban contra el rey Eduardo I de Inglaterra.

Hawthornden no es sede de una enorme fortaleza, el bosque alrededor del peñasco donde se levanta el castillo es lo que captura nuestra atención por su belleza indescriptible. Se conserva el casco centenario, perteneciente en algún momento al rey Charles I, el mismo que sería decapitado por los Parlamentarios en 1649. Originalmente fue propiedad de un barón medieval y se halla montado sobre dicho peñasco, cuya pared cae setenta metros al pie del río Esk, la fuente acuífera que surte a Edimburgo desde tiempos inmemoriales.

En el acantilado de Hawthornden se detuvieron el 14 de septiembre de 1842 a contemplar esta región de sus dominios la joven reina Victoria y el príncipe Alberto, acompañados por una nutrida comitiva. Pero debido a que la familia Walker Drummond había salido del país, la visita fue breve. Un cuadro en la Galería Nacional de Escocia en Edimburgo recuerda la ocasión. El autor, Sir William Allan, prefirió tomar distancia del peñasco, así que las figuras humanas se ven muy pequeñas allá arriba, destacando la magnificencia del lugar. Hoy en día es un retiro consagrado a la creación y la reflexión literarias.

La fachada principal es de cantera rosa, así que la piedra se ilumina al atardecer. Hay árboles gigantescos, de troncos enormes, con trescientos o más años de edad. Uno de ellos es un sicomoro, el cual ofrece la última sombra antes de pisar el carnac que delata nuestra presencia frente a la puerta.

Nos detenemos aquí, pues hace 400 años, un día de invierno de 1618, el afamado escritor isabelino, Ben Johnson, se apersonó por estos lares. Venía de realizar una larga caminata de varias horas desde la ciudad de Edimburgo, a invitación expresa del dueño, quien se había encontrado con William Shakespeare y el mismo Johnson en Londres tiempo atrás, quizá en 1610, probablemente en la famosa taberna Mermaid de Cheapside, al noreste de la ciudad, sitio frecuentado por artistas y dramaturgos, entre ellos Johnson, Christopher Marlowe y, a veces, Shakespeare. Éste no se encontraba ahora con ellos porque había fallecido en 1616. En cambio el autor de El Alquimista finalmente se había animado a llevar a cabo el viaje.

Johnson caminó desde Londres a Edimburgo en una época en que los caminos eran infames, Además, tenía 46 años de edad, y llevaba una vida sedentaria. La razón era que el rey Jaime I, quien había visitado un año antes su natal Escocia, le había pedido escribir un libro sobre las antigüedades del reino al norte de Inglaterra, así que Johnson se acordó de William Drummond, cuyo padre había sido ujier-caballero de la corona inglesa y su madre, consorte de la reina.

Al pie de dicho árbol centenario se encontraba ya el anfitrión, esperándolo, expectante, mientras el autor de la nota introductoria que precede la primera edición de las obras de Shakespeare remontaba el sendero. Hacía frío, la escarcha cubría el pasto.

– ¡Welcome, welcome, royal Ben! –dijo William Drummond, al tiempo que estrechaba con efusividad su mano sin quitarse los guantes, pues la ventisca arreciaba.

Johnson respondió con una rima cortés, apelando a lo que los escoceses llaman su “denominación territorial”:

– ¡Thank ye, thank ye Hawthornden!

Enseguida entraron por el pequeño portón de grueso roble y remaches de hierro forjado que da acceso al castillo y conduce a una terraza, desde la cual se observa el fondo de la profunda cañada que la reina Victoria pudo gozar por unos instantes y se extiende por kilómetros hacia el norte de Escocia. Drummond de Hawthornden y Johnson se detuvieron junto al pozo, donde empezaron a disfrutar del placer de una conversación que se prolongaría durante varios días. La nieve comenzó a caer y prefirieron continuar en el interior del castillo, junto a la confortable chimenea del salón.

Un tema obligado fue la obra del finado Shakespeare, en particular sus golpes de timón, lo imprevisible que resultan las acciones de varios de sus personajes y las frases sin sentido que aparecen aquí y allá. Quizá era su manera de expresar lo que sucedía a su alrededor: no sólo registrar el pulso de una sociedad viva, transitoria, sino el de un mundo, de hecho, un universo cambiante.

Arqueólogos británicos encontraron restos de cannabis en el jardín de una propiedad del dramaturgo. Hubo quienes lo relacionaron con una referencia, en el soneto 76, a una “yerba notable”. ¿Quién fue Shakespeare?, ¿un cruel especulador, un astuto empresario, un prolífico dramaturgo y poeta, aficionado a los humos embelesantes? ¿Frecuentaba las casas de citas en Southwark, amaba a su familia? ¿Odiaba a Philippe Marlowe por haber escrito Doctor Fausto tan joven? ¿Sabría de su vida oculta como espía o de sus preferencias sexuales? ¿Habrá sentido compasión por su alma cuando fue apuñalado en 1593? ¿Compartió con él y con Ben Johnson la curiosidad por el demonio dispuesto a negociar con los mortales?