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Así consiguió Roger Federer volver a ser el mejor del mundo

¿Cómo es posible que un hombre de 36 años, con cuatro hijos y el mejor palmarés de la historia del tenis, siga manteniendo esa ética de trabajo?

Del pasado de Roger Federer se ha hablado tanto en las últimas horas que incidir en cifras y récords sería absurdo. Incluso el debate sobre si es o no el mejor de la historia parece cada vez más vacío, aunque probablemente vuelva a animarse cuando Nadal gane Roland Garros por undécima ocasión... Es lo mismo: el reinado de Federer no tiene que ver con las cifras o, al menos, no tiene que ver solo con las cifras. Podría haberse quedado en aquel US Open de 2004 en el que le metió dos 6-0 al mejor Hewitt de su carrera y muchos seguiríamos pensando que nunca habrá un jugador a su altura.

Hablemos por tanto del presente, intentemos explicar su juego actual y las razones de su superioridad. De los últimos cuatro torneos de Grand Slam que ha disputado, ha ganado tres. Exactamente la misma proporción se da en los Masters 1000, la siguiente categoría en la jerarquía de la ATP. Desde septiembre de 2017, cuando Juan Martín del Potro se lo llevó por delante a golpe de derecha, Federer solo ha perdido un partido, ante David Goffin en las semifinales de las World Tour Finals. Por el camino, ha ganado hasta tres torneos diferentes: Shanghai, Basilea y ahora Australia por sexta vez.

¿De dónde viene este inesperado dominio? De entrada, lo más justo será analizar el contexto: no está nada claro que esta versión de Federer sea mejor que la de 2015, por ejemplo, cuando logró alcanzar la final de Wimbledon y del US Open de manera consecutiva. Es obvio que hubo un cambio de mentalidad a finales de 2014 y con el cambio de mentalidad llegó un cambio de táctica impulsado por Stefan Edberg y culminado por Ivan Ljubicic: jugar más adelantado, atreverse a algo parecido al ping-pong. No hay que olvidar que Federer ganó Cincinnati aquel 2015 y se plantó en la final de Nueva York con el llamado “SABR”, que consistía en devolver el segundo servicio del rival al bote pronto y tapar luego huecos en la red.

Ese prurito por acortar los puntos hasta lo temerario estaba ya ahí hace tres años, pero también estaba Novak Djokovic. Si Federer no ganó entonces tres grandes en doce meses fue porque el serbio le derrotó en las tres finales. Eran los tiempos de auténtica dominación de Novak, capaz de ganar los cuatro torneos del Grand Slam de manera consecutiva aunque no fueran en el mismo año natural, algo que solo había logrado con anterioridad Rod Laver en 1963 y 1969.

Teniendo en cuenta que 2016 lo pasó casi en blanco por distintas lesiones, era lógico pensar que Federer volvería en 2017 con un esquema parecido: sin llegar al delirio del bote pronto en el resto, el suizo decidió que nadie le iba a mover más atrás de la línea de fondo y que tenía que centrarse más en el control que en la potencia. Colocar la pelota donde el rival no pudiera golpear con comodidad. De nuevo, algo parecido al tenis de mesa. El principal perjudicado de esa táctica fue Nadal, cuyas bolas altas al revés ya no tenían tanto efecto porque Federer apenas las dejaba botar antes de colocarlas de nuevo en el campo contrario, a ser posible en alguna línea o alguna esquina.

Los éxitos de 2017 podrían hacer pensar en una continuidad dentro del cambio, pero el Federer de Australia, sobre todo el Federer que jugó contra Marin Cilic el único partido realmente serio del torneo, nos dejó otras cosas que merece la pena analizar. De entrada, es hora de que se reconozca al suizo como el enorme sacador que es. Puede que no acabe los partidos con 50 saques directos ni consiga conectar la bola a 230 kilómetros por hora, pero su variedad es desesperante. Con los años –y esto es muy raro, porque sus problemas de espalda deberían penalizar especialmente ese golpe- ha conseguido un dominio del saque que le permite engancharse a cualquier marcador. En cuanto falla el primer servicio, ya podemos apelar a la magia que el partido se va a complicar muchísimo.

La otra clave ha sido la defensa. Uno tiene la idea de que defender bien en tenis consiste en devolver todas las pelotas a base de correr como loco de lado a lado de la pista y como Roger no lo hace, ese aspecto de su juego pasa desapercibido. Sin embargo, defender es otra cosa: igual que en el resto de los deportes, suele pasar por estar bien colocado. La colocación de Federer en la pista es cada año mejor, tanto para atacar como para sobrevivir. Puede llegar a bolas imposibles solo dando los pasos justos y su resto de revés es prodigioso. No hablamos del típico resto directo de revés que tanto gusta a los comentaristas sino el agónico, ese en el que estira por completo el cuerpo para golpear in extremis el obús del contrario y dejar la pelota muerta, blandita... pero de nuevo en una esquina, donde resulta imposible para el contrario definir el punto.

Mientras el servicio funcione con esa eficacia y Federer consiga defenderse con tal precisión, el declive es impensable. No es casualidad, hay que insistir, que sus peores años coincidieran con los de más molestias en la espalda. Para los noticieros y los vídeos de YouTube quedan, por supuesto, los highlights: la volea mágica, la derecha invertida, el revés contundente, la dejada impensable... eso es lo que acaba marcando la diferencia definitiva y lo que engancha al público, pero para llegar a ese punto hay que dedicar horas y horas al trabajo más sucio y menos vistoso. Horas y horas sacando a la T y sacando al ángulo. Horas y horas ajustando los pasos y haciendo ejercicios de elasticidad en el gimnasio.

¿Cómo es posible que un hombre de 36 años para 37 con cuatro hijos y el mejor palmarés de la historia del tenis siga manteniendo esa ética de trabajo? Eso es lo milagroso y lo complicado de entender. Lo demás ni es magia ni es leyenda, es precisión. Suiza, para ser exactos.