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Un mural de Orozco en el campus de una universidad en New Hampshire

Las paredes de la biblioteca Baker de Dartmouth College tienen desde 1930 unos murales del jalisciense José Clemente Orozco

Es más probable toparse con el pájaro dodo en Chapultepec que hallar una sorpresa en un congreso académico, una de las actividades más civilizadas e inocuas que ha inventado el hombre. Cuando acepté la invitación a Dartmouth College unos meses atrás, me interesaba escuchar las ponencias de algunos colegas, me ilusionaba reunirme con viejos amigos; no recordaba que un poseído del color y del mito había pasado por esas latitudes hacia el año 1930.

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El valle de Hanover, en New Hampshire, a mediados de abril va saliendo como de puntitas de casi medio año de nieve. Aunque el esbozo de primavera es tímido y los botones verdes permanecen cerrados sobre las ramas de los árboles, en cuanto asoma el sol los estudiantes se ponen de pantalón corto y salen a patear la pelota, sin importar que la temperatura esté apenas unos grados arriba de cero.

Con los congresos nunca se sabe, pero éste resultó de los buenos. Hablamos sobre “el archivo”, con énfasis en documentos fotográficos y literarios. ¿A quién le pertenecen? ¿Cómo preservarlos y hacerlos accesibles? ¿Qué encarnaciones aguardan a los archivos en la era digital? La emoción —palabra que quizás nunca ha sido utilizada para referirse a una reunión académica— es de naturaleza puramente intelectual.

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De pronto uno necesita salir a tomar aire, estirar las piernas, caminar por el idílico college. La tarde de primavera es como una lira de Fray Luis, lejos del mundanal ruido, hasta que alguien se entera de que eres mexicano y te pregunta si ya fuiste a ver los murales de Orozco. Ahí comienza el sobresalto.

Entonces hay que apresurarse rumbo al edificio de la biblioteca Baker, con su torre y su reloj, y preguntar en el vestíbulo por los murales. Los estudiantes beben café, la luz cae sobre los pisos ajedrezados, la escalinata desciende con sobriedad, y todo se confabula para silenciar el golpe. Serán quizás unas pinturas no muy orozquianas, piensa uno, murales de tono serenamente ivy league. En el descanso de las escaleras que conducen al sótano cuelga el retrato de un prócer, algún benefactor que nunca imaginó que el inclementísimo Clemente vendría a pintarrajear el parto de los montes en los muros de su biblioteca.

Abres la puerta, das unos pasos y en un instante quedas frente al reparto completo de la épica americana: los constructores de pirámides, la piedra de obsidiana ejerciendo el oficio divino, un Moisés-Quetzalcóatl con aliento de William Blake, Cortés y los misioneros, generales asesinos y banqueros cómplices, el campesino traicionado, un libertador caído entre guirnaldas, Cristo refulgente empuñando el hacha, constructores de rascacielos y un obrero letrado que simboliza la utopía industrial.

Violenta y dramáticamente resumidos, tres mil años de historia americana se te echan encima. Dan ganas de soltar una carcajada maniaca como por contagio visual. La intemperancia pictórica de este loco, el movimiento de su imaginación mitológica plasmado en los muros, te sacude por dentro. Orozco no te habla, te toma por las solapas y te grita.

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Hacia la era industrial se dirigen sin saberlo los hombres cobrizos y azules, las tribus primigenias del continente. La piedra de sacrificios apura los años, las eras, y precipita no nada más la llegada del profeta civilizador sino también, irremediable como las lunas y las mareas, la aparición de navíos en el horizonte: espadas y cañones y crucifijos. Basta girar la cabeza para que la necesidad histórica arroje sus siguientes catástrofes: el imperio, el capitalismo, la revuelta.

Nada de disimulos: en esta pintura la ambición es corporal, la traición es espectacular y la liberación, a golpe de hacha, es mística y total.   

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Orozco a los cincuenta años, trabajando en un pueblo bicicletero que está más cerca de Groenlandia que de Zapotlán, se halla todo entero en los murales de Dartmouth College: el mismo pintor capaz de provocar admiración y repugnancia en un solo golpe de vista, el tremebundo Orozco, el que moja su brocha en terror pánico.

Las dos Américas se abrazan cruelmente en la pintura de Orozco. Para él no hay, como se ha dicho tantas veces, pastoral indígena precolombina. No hay, por supuesto, mestizaje vasconceliano ni dulce mirada de fraile. Ninguna guerra es gloriosa y los hombres se entregan al dinero como cerdos revolcándose en lodo. La educación institucional –esto lo pintó Orozco en una biblioteca académica– es un horripilante conciliábulo de calaveras.

Y si por un momento aturde la síntesis enfurecida del drama mural, si de pronto atosiga la sucesión de adanes y luzbeles, uno termina aceptándolo al darse cuenta de que es ésa y no otra la sinfonía que nació para interpretar José Clemente Orozco, y que lo hace con lujo y derroche de grandilocuencia, totalmente poseído por el mito.