artículo no publicado
  • Ningún proyecto político es perfectamente coherente en su lógica interna. Todos exigen en algún momento, y en mayor o menor medida, una suspensión parcial de la razón y una dosis de fe.
  • Los debates pueden ser una sucesión de llaves bien aplicadas para desconcertar al rival y enardecer a los seguidores fieles, y también un escaparate de las mejores propuestas para quienes aún no deciden el sentido de su voto. Todos los espectadores deben tener un lugar.
  • Entre nosotros aún no se ha producido el colapso casi total del debate público como instrumento para contrastar ideas y dilucidar la realidad. Pero ya hay señales de una apuesta demagógica a nuestra credulidad.
  • Los supuestos y propuestas del ingreso básico universal son muy debatibles, pero la iniciativa abre un espacio de discusión en el que la izquierda mexicana puede intervenir no solo con sus viejas certezas, sino con las dudas que estas ideas generan.
  • Tras las alusiones felinas de Andrés Manuel López Obrador, la pregunta que viene a la mente no es qué pasará con el tigre si el candidato no gana, sino qué pasará con el mismo tigre si efectivamente gana.
  • La lucha por la libertad sindical incluye garantizar la autonomía, el respeto a las decisiones de los miembros de los sindicatos. Esta no se alcanza otorgándoles senadurías a los nuevos amigos, sino renunciando a la actuación discrecional desde el gobierno.
  • A primera vista, los dedazos en favor de Napoleón Gómez Urrutia o Germán Martínez parecen torpezas tácticas. Pero es probable que detrás de ellos haya un intento de AMLO por responder una pregunta: ¿hasta dónde están dispuestos a llegar sus seguidores en la negación de los principios que supuestamente dieron origen a Morena?
  • Morena no tiene el deseo ni la capacidad de obliterar la experiencia empírica, como lo hicieron los esbirros del Big Brother en 1984, pero sí tiene demasiados simpatizantes y voceros gradualmente acondicionados al doblepensar.

  • Steve Bannon, el estratega de la Casa Blanca caído en desgracia, no fue el primero en pensar que un movimiento identificado fuertemente con un liderazgo personal podía convertirse en un partido político. Tampoco fue el primero en pagar las consecuencias de su error de cálculo.